"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


24 de octubre de 2011

22 de octubre de 2011

El fugitivo (cuento) de Armando de Armas



bo2-guada.com



El fugitivo
(epílogo en la postmodernidad)
            Yo era el Hombre del Neolítico, y había caminado ahora por el sendero de polvo barrido por el viento y permanecido tres días bajo aquel cobertizo de zinc. Había bebido aguardiente, en la noche para calentarme y en el día para refrescarme; tres días borracho sobre el polvo acumulado en el piso de tierra hasta la mitad de mis botas militares. El olor a polvo y a excrementos y a un trasunto de sangre, una presunción más bien, ha dominado el local atestado de trastos cubiertos por una espesa nata de telarañas; el asma ha sido una puta pegajosa empeñada en silbar una canción por un caño tupido con tumoraciones de óxido; condilomas cebados en la humedad.

El cuño (novela) de Pedro Merino


Apasionante thriller donde dos jóvenes se reencuentran  después de muchos años. Uno es criminalista; el otro un asesino en series que acuña a sus víctimas en la frente y les dispara a los genitales. El capitán Veitía y su ayudante Rodríguez se encargarán de descifrar las letras del cuño así como sus inclinaciones en la frente hasta "retratar" al asesino mediante entrevistas a testigos. Un narrador personaje, amigo del asesino del cuño, le irá narrando y describiendo al lector hasta mostrarle al autor de los crímenes seriales.

Disponible en Smashwords y en Amazón. Que disfruten de su lectura.
98 pag.



No recuerda quién es. Del día..., de Carlos Barbarito



www.maderaspeteiro.com


No recuerda quién es. Del día...


No recuerda quién es. Del día
las horas se apilan
como maderas húmedas
en un depósito oscuro e ignoto.
Del ave perduran sólo el espolón,
una tibia. Del cincel,
el desleído eco, lo fijo e inefable.
No recuerda si ayer
ardió el carbón, si el aire
registró una mínima oscilación,
si la aguja se movió
un poco más allá del cieno,
el artificio. ¿Qué
pudo engendrar la noche de anoche,
papel de seda contra el metal inmutable?
¿Qué pudo traer el alba,
siquiera un reflejo,
un fermento, un perfil a contraluz?
Se esfumaron, de repente,
ante sus ojos, el diseño,
las caras, los lugares vistos
y entrevistos, la huella hacia el número,
el puerto, el giro de la peonza,
la espera por el rayo, el metrónomo.
¿Habrá perdón, hoja de limón
o cerezo al borde de la cama,
en el futuro, improbable despertar?
¿Por qué el despojo,
el clavo en el alma del péndulo,
la súbita elevación
de lo que carece de porvenir, de oficio?

El pescador y la cámara (cuento) de Pedro Merino


Apasionantes historias que  evocan el submundillo de los marginados, gentes de escasos horizontes, corazones con deseos de vivir,  a través de un estilo coloquial o lenguaje informal mediante crudas sobrevivencias, aventuras, riesgos sin límites,  en una ciudad de grandes miserias y pequeñas grandezas, en la bulliciosa y sórdida Habana de los años noventas.
(LITERATURA de FICCIÓN)




EL PESCADOR Y LA CÁMARA.

Desperté antes que el reloj. Cambié el atuendo de médico por el de pescador. Tomé un desayuno ligero y bajé la escalera sin saber a qué hora de la tarde la volvería a pisar. No tenía otra alternativa: la escasez prolongada es hambre.
Llegué a pie hasta el Malecón y en la ponchera de Prado inflé la cámara para lanzarme a la contaminación de la bahía.
 La mayoría de los pescadores se tiran de noche y no soy la excepción. Sin embargo, decidí hacerlo una vez por la mañana.
Comprobé que la cámara me soportaba y remé más allá del Morro, a tal distancia que divisé el lado de la salida del túnel.
 Dije que por la mañana me tiré. Pero el día se fue oscureciendo. Se hacía menos visible y, en un descuido, dejé caer el remo. No importa, me animé, regreso de manos.
 Encarné el anzuelo y lo lancé. Inexplicablemente perdí el conocimiento. Por la noche abrí los ojos y las olas me presionaron hacia las profundidades. No veía sino tinta negra que me manchaba y el gusto salado hizo empinarme de una botella de agua.  El sonido de las olas me habló en otro dialecto, como si me dijera que viajaría lejos.
Fue como sentarse en un ómnibus al revés: quería regresar y me alejaba. Vi la pista marítima que se le hacían huecos, pequeños, grandes, muchos más grandes, mayores y mayores. Las ondas que abrían, me podían tragar. Desde arriba escupían y me mojaban. Empapado y segado, perdí la ubicación de donde estaba.
 Cuando uno está perdido le pregunta a un transeúnte la parada o las señas del lugar adonde va. Sin embargo, me vi solo y comprendí que la soledad absoluta es como esperar la muerte.
Recordé los retratos de mi esposa,  de mi hija, me vi yo. Pero era otro. Seco, vestido, de pie. Aquí estaba agachado, mojado, me movía de posición, cuando la circulación me obligaba a estirar las piernas y darle patadas a la noche.
Ya dije que me tiré de día y olvidé llevar una vela. No podía ver nada.
 Sentí sacudidas. Me pregunté qué sería o quiénes lo harían. Mi cámara era mi salvavidas. Me aferré a la malla como si me esposara a ella. Acurrucado, descansé la espalda y observé con el sexto sentido que una fuerza me viraba.
Los vaivenes empezaron a darme náuseas, vomité el pan sin grasa y la leche de cerelac. El estómago brincaba como si quisiera salirse por la boca y los demás órganos se empujaban. Los latidos como punzadas perennes saltaban de miedo ante el desconocimiento de las vibraciones.
Me hundí en el agua. El desliz me hizo tragarla. Sentía la sal envenenada, el colapso de los pulmones. Sabía que los glóbulos blancos se tornaban de otro color, mientras los rojos reventaban. Me vi en mi consultorio. Buscaba medicinas.
No podía gritar. Debía hacerlo si viera a un barco. Nadie me escucharía “envuelto en la noche; tapado con las sábanas del vendaval, con la humedad”, como lo leí en una novela. Volví a la superficie y las primeras respiraciones me devolvieron la visión, en la cual aparecía una lechuza rojiza. Encima de mí, como un helicóptero, quería posar sus garras y escarbar con su pico en mi cabeza. ¿No estaría cansada también? Sacarme las circunvalaciones de mi cerebro, y con ese hueco me hundiría.
Equilibré la vista y pude ver con claridad que muy cerca flotaba algo extraño. La lechuza voló al ver que vivía. Nadé hacia lo ignoto que me devolvió el a-be-cé de la vida. Descansé encima.
De pronto, sentí otro cuerpo. Rocé otra existencia. Contemplé en el fondo luces fosforescentes: eran los ojos de los tiburones que, desordenados, nadaban a diestra y siniestra, subían  hacia mí y volvían.
Mi piel se parecía a la de un gallo desplumado, los poros a punto de reventar por los escalofríos. Mis sufrimientos sobrepasaban a los condenados a la horca. O la guillotina que bajaba su filo. En esos momentos la fuerza de gravedad se imponía peligrosamente.
Mas yo estaba vivo, sin derecho a un abogado, sin más dios que la  Realidad de la vida con la esperanza de la muerte por mi educación atea. No estaba dormido, cuando vi a la estrella polar que se parecía al ojo tuerto de la noche.
Deseaba que me hicieran una broma: que me amarraran desnudo en una plaza pública y desatarme y marcharme con la vergüenza de mi cuerpo en medio de las risas.
Para colmo sentía sed. Supe que había perdido todo. El hambre en medio de un desierto se podía aguantar. Sin embargo, no podía escupir. Pensé orinar en mis manos y lograr un circuito fisiológico. Al menos en la tierra podía avanzar, explotar las extremidades inferiores, pero aquí era inválido. Quedé a merced de la Casualidad.
Juré que si sobrevivía, iba a ser útil a la sociedad. Inclusive, trabajaría gratis. Ojalá fueran mi mal y quien sufriera la  inflamación... no... que no padeciera mi desgracia.
Ya expresé que estaba encima de algo flotante: era mi cámara. Volví a mirar hacia abajo. Los bruscos movimientos de los depredadores me sorprendían. Cuando los veía a cinco metros, iban a diez. Miré a los lados. No tenía con qué defenderme. Podía tirarle varios objetos y entretenerlos de un lado a otro, como lo vi en una película; pero no encontré nada.
 Los escualos poseen  un mecanismo biológico, pensé, creo que por encima de la cabeza, con el cual “raspan” las presas para probarlas, y si les gustan, las atacan. Por los cascos de los barcos suelen friccionarse. Mas yo estaba encima de una cámara de ómnibus. La base era una más débil malla por la humedad de varias  n o c h e s. No tenía noción del amanecer. Perdí el cuchillo, la escopeta, el bichero. Ni siquiera podía suicidarme.
Observé unas luces fosforescentes que emergían. Pasaron debajo de mí y me tambaleé. Desesperado di vueltas. Las dimos de verdad mi cámara y yo. Giramos. Noté como si la marea hubiera subido un poco. Por unos segundos escuché silbidos monótonos... psssss... y burbujas. Abrí más los ojos y quedé bizco para siempre, mientras una mano enmudaba el canto.
Si antes quería suicidarme, ¿por qué ahora no la quitaba de ahí? En minutos mis huesos se quebrarían. Leí que los dientes de los tiburones funcionaban como dagas. Pero quería grabar en mi memoria, no sé, tal vez con el objetivo de que los científicos o los psicólogos, qué sé yo, constataran que hasta en los últimos momentos yo quería salvarme.
 Mas no lo sabría aún. Los restos de mi esqueleto formarían parte de un museo internacional. Lloré como mi hija y abracé a mi esposa antes del final. Los tiburones llevan a las víctimas hasta el fondo, imaginé, lo demás lo dejo a la ocurrencia.
Al cansarme, cambié de mano. En el intervalo un “psss” se hizo  eco como una música sin letra. Subió más el nivel del agua, cuando un ruido de motor, iluminado, me parecía que tenía el Mal de Parkinson. Quité y puse la mano. Me equivoqué de sitio. Ya no sabía por dónde fue y me gritaron en otro idioma, al lanzarme una soga asida a un salvavidas, mientras los ojos fosforescentes se acercaban en zig-zag ascendentes, organizados, y mi cámara y yo quedábamos sin aire. Nos hundíamos.
Ahora sabré qué  ocurrirá.

Nota: publicado por la revista Extramuros, La Habana 2005


Disponible en Smashwords y en Amazón el volumen de cuentos
126 p.



El caso jimaguas (novela) de Pedro Merino



Después de atrapar al asesino del cuño, el capitán Veitía y su ayudante Rodríguez viajarán hacia una intrincada escuela rural en busca de dos hermanas, Katia y Kenia Hernández y su amiguita, Sandra Suárez, de la misma aula, desaparecidas del recinto educacional. Mediante giros inesperados, entrevistas a los alumnos y profesores, se desentrañará una historia de amor, una familia separada, y unos criminalistas perplejos en la que fuera una Escuela Secundaria Básica en el Campo (ESBEC) "Mártires de Sijú".

Disponible en Smashwords y en Amazón. Que disfruten de su lectura.

18 de octubre de 2011

Carga de la caballería (cuento) de Armando de Armas



Carga de la caballería
            Era una pareja de sobrevivientes. Había sobrevivido durante los primeros tiempos  de la relación a las presiones de la Seguridad del Estado en la isla para que los padres de Ella la obligaran a romper con ese antisocial; a los chismes de la gente que le aseguraba ese tipo no le convenía por su afición a las mujeres, el alcohol, la pendencia y la tortilla; a los mismos cuadros de tortilla cuando Él le comió el cerebro hasta el punto de acoplarla en despelote con la primera puta linda que apareciera; a un herpes genital simple que Él padecía como penitencia, suponía, por los excesos en la entrepierna y como recordatorio en llagas, decía filosófico, de que a una dosis de placer correspondía una de dolor en el negociado de la existencia; a la persecución policial; a los tiros; al mar; a las depresiones y al carácter a veces ácido de ella; a la violencia contenida de Él; a las discusiones tontas; al exilio; al desarraigo; a la adaptación a una lengua y cultura ajenas; a la resistencia de Él para no adaptarse a esa lengua y cultura; a las exigencias de Ella para que adquiriera al menos unos usos y costumbres mínimos que permitieran el avance; a la entrega de Él a una obra literaria que lo absorbía y por la que en Cuba sólo pudo aspirar al premio de la cárcel y en el exterior al premio de la indiferencia; a los enredos conspirativos de Él en parafernalia de logias anticomunistas; a los naufragios e intentos de desembarco en las costas de la más fermosa; a la falta de tiempo de Él por andar enfrascado en lo que llamaba grandes proyectos; a los sueños truncos o dilatados; a la sicótica superstición de Él que se daba a interpretar la realidad en clave de símbolos providenciales; a las deudas en tarjetas de crédito con intereses leoninos; a la pérdida del crédito; a una economía de subsistencia; a períodos en que casi ni se veían porque Él laboraba durante las noches y regresaba a casa de su trabajo cuando Ella partía para el suyo; a diez años de vida en común; a la rutina; al trópico; a una ciudad chata y desparramada en una planicie donde la vida se iba a velocidades de espanto sobre una intrincada red de autopistas; a viviendas como cajas refrigeradas; a la fantasía de que algún día vivirían y morirían en París con aguacero; a la sorpresa de amanecer un día en sus calles y comprobar que el París al que cantaron César Vallejo, Anaïs Nin y Henry Miller ya no existía, si es que alguna vez existió; a las llamadas con proposiciones de seguros de vida y confortables sepulturas en cementerios católicos; a la intercepción del teléfono desde la base espía de Lourdes en Bejucal, según el FBI; a los celulares, la celulitis, la internet, la computadora y la televisión mexicana; al acecho en manada de las Testigos de Jehová que los sábados y domingos tocaban en la puerta al amanecer prometiendo el paraíso; a su respuesta al abrir desnudo y con la pinga tiesa mientras las sayas largas huían, ¡mirando hacía atrás!, y haciendo el signo del detente; pero, sobre todo; era una pareja que había sobrevivido a la familia, a la del uno y a la del otro, y a la que ambos habían constituido juntos.

9 de octubre de 2011

No sé si me llevará a la roca, de Francisco Muñoz


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NO SÉ SI ME LLEVARÁ A LA ROCA
“De nuevo Amor, bajo sus párpados oscuros
fijando en mí las tiernas miradas de sus ojos”
ÍBICO
No sé si me llevará a la roca
para en mi ignominioso desespero
precipitarme en las gélidas engullidoras
voraces acólitas de Afrodita encantadora
nutricio magma de vencidos por hechizos
que diestros se creían de engaños,
deseo no divisar jamás Leucadia
que ya tuve ración de brebaje
por Cipris extendido en mis entrañas
con temerosa prudencia cedo a las miradas
que fulgen con haces de ternura inextricable
en el íntimo recinto de mi alma,
no sé si me llevará a la escarpada
la hermosa luz que bulle bajo los oscuros
pero no quiero perecer en la hondonada
que fija la monótona cerviz de la indiferencia
no seguiré sentado cual Penélope sin Ulises
y la gran fealdad espante las miradas.

Puerto Rico: Politic and Economic Situation (essay) by Pedro Merino


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Puerto Rico: Politic and Economic  Situation (essay)

   Latin American nations have dreamed of doing business with American administrations. Not all Latin Americans have been able to have that privilege. Through military bases, Americans have influenced the political and the economic life around the world. Puerto Rico is an example.  For that reason, I will argue on three elements: should Puerto Rico be a free associated state, become a state of the US, or be independent?
   The Free Associated State was established in 1952, and Puerto Ricans were given the privilege to enter and leave the U.S. without a visa or passport. They also enjoy the rights of U.S. citizens; except Puerto Ricans who are living on the island cannot vote in presidential elections, but they do not pay federal taxes.
   With respect to the Statehood, the political landscape is entering a major dispute. The advantages of Puerto Ricans will be to become the largest Hispanic group in the U.S. power. There are also disadvantages: they will pay federal taxes, the U.S. Government will eliminate the Spanish language, and Puerto Ricans may not be able to preserve their traditions. In addition, many companies are going to leave the island to avoid paying federal taxes, which would increase unemployment.

La curva del cielo se asemeja..., de Carlos Barbarito


La curva del cielo se asemeja
a la curva de su muslo, cuando atardece.
Hay momentos para esa comparación,
asi como los hay para contemplar,
desde el árbol más alto,
como se esconde la bestia
entre los pastizales, para matar o dormir,
a través del vidrio de una ventana,
en lo oscuro, como cae el pájaro
que, al golpear contra la tierra,
emite un último, indecible sonido, y sangra.


Fotografía: Edward Weston, Nude 1927.

Cultura Indígena: Perú (essay) por Pedro Merino

Foto tomada de Wikipedia

Cultura Indígena: Perú (essay)

    Através de los siglos muchos pueblos han dejado su legado. Varios documentos escritos por historiadores son testigos  de esa época. La civilización de los Incas es la que siempre me ha motivado a escudriñar. Sobre esa cultura me basaré  en tres elementos: comunicaciones, cultura, y la gastronomía.

1 de octubre de 2011

Nothing grows except the grass..., de Carlos Barbarito



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Nothing grows except the grass.
Nothing leaps into sight except some stone
and what the stone contains and protects.
Here, far from the beach,
far from the place where the water
returns every so often
rusted metal, mouldy wood,
the corpse of a dolphin or a turtle.
The wind does not blow with the force
to propel us as far as the promised then.
The minutes that pass become hours
but never days, they become nights
that never agree to be years,
and centuries in which somebody dies
and someone else, who does not know it, yawns.

Trans. Brian Cole

Un viaje imaginario de Don Quijote (fragmentos del cuento), de Pedro Merino


misfondos.com.es  


...Tanto insistió don Quijote que ni apenas  atinó, más cerca que su escudero Sancho Panza que sí veía 40-20, a ver las aspas de los molinos de vientos. Al intentar clavarle  la lanza en uno de los brazos del gigante, cayó a tierra y rodó. La lanza se le jorobó y el escudo se abolló, mientras su escudero se acercaba a él.
¿Aún vive, mi señor?
Eso me parece, hijo mío. Le rezo a Dios que haya sobrevivido a esta infernal batalla. El hombre puede ser derrotado, pero jamás destruido. Ayudadme, pues, a tomar mi zafarrancho de combate.
Pero, mi amo, ya no hay viento, no se mueven las aspas del molino. Cesó la batalla.
Está bien, querido amigo.
El día se fue apagando y no tuvieron más remedio que pasar la noche debajo del molino de viento.  Al caballero andante le dolían los huesos. No quiso dormir. Toda la madrugada se la pasó en busca de una próxima aventura. Recostado al muro de carga del molino, creyó haber tenido una pelea con un religioso. Había huido el muy cobarde, sin ofrecerle una revancha, y vio cómo  se marchaba hacia Málaga. Entrecruzando ideas, rememoró todos los libros de caballería que leyó en la adolescencia y la juventud y siguió a la luz verde de su imaginación. Al amanecer le confió a Sancho Panza todo lo que  había absorbido su cerebro a través de la telepatía. En verdad, para él, eran ideas más allá de lo creíble sin llegar a lo increíble. Así se las transmitió a su escudero:

Corpórea sonoridad de silencio, de Francisco Muñoz


www.panoramio.com

CORPÓREA SONORIDAD DE SILENCIO

Corpórea sonoridad de silencio
anegada
por mis acuíferas lágrimas
y por tu mirada
anunciadora de un hueco
tan presente e invisible
como la desnudez
de mis anhelos
esos que crepitan
en la inexistencia de los secretos
que nunca
nos tendremos.

La eternidad (cuento) de Miguel Angel Fraga


tustrucos.com

  


La eternidad

Cuando lo supo experimentó el regocijo de los triunfadores, se exaltó su ego y la ambición celosamente guardada: era superior al género humano. Viviría eternamente. Como mortal había temido el tránsito a otra dimensión; ahora podía burlarse de cualquier amenaza. Tenía ante sí la eternidad para realizar cuanta cosa se le antojara; todo el tiempo del mundo a sus pies.