"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


25 de marzo de 2017

Apuntes sobre el desarrollo socio-histórico del barroco

La célebre ventana del convento de Tomar, cerca de Lisboa, sintetiza muchas de las características que distinguen al barroco

Por Leonardo Venta

Las contradicciones, contraposiciones y singularidades del barroco en el arte, la arquitectura, la música y la literatura, cuya estética viene escoltada generalmente por ideas y presentaciones formales complejas, inquietan naturalmente un hondo ejercicio del intelecto. Notorio, sobre todo por su recargamiento, el barroco encierra en sí la paradoja de un abismal miedo a la falta o carencia. Emana una energía intensa en su proyección hacia un efecto y se libera al conseguirlo.
            Marcado por un afán histórico de desplazar al renacimiento, el barroco, con todo el desdén terminológico de los componentes que le aglutinan y enrarecen, arropa la cultura y el arte europeo de finales del siglo XVI y XVII –así como se espejea y dilata en su perfil americano– para tenderse en las matutinas playas del XVIII.
            Para Mariano Picón Salas, en “El Barroco de Indias.” De la conquista a la independencia; tres siglos de historia cultural hispanoamericana, el barroco “significa oscuridad y primor difícil, frente a la diafanidad y sencillez del opuesto estilo clásico”.  Según Severo Sarduy, en su texto Barroco, podríamos añadirle a su historia, “su represión moral, ley que, manifiesta o no, lo señala como desviación o anomalía de una forma precedente, equilibrada y pura, representada por lo clásico”.
            Los orígenes de la palabra barroco son imprecisos. Podría proceder del portugués 'barocco' o del castellano 'barrueco', que designa a un tipo de perlas de forma irregular.
A su vez, ‘baroco’, con una sola 'r', se refiere al nombre que recibe una figura del silogismo, razonamiento utilizado en lógica, el cual contrasta dos proposiciones o premisas para extraer una conclusión.  
            Caracterizado por su sentido de movimiento, energía y tensión, el barroco, a partir de una percepción de crisis del mundo, manifiesta en la honda desigualdad social, los conflictos bélicos y la miseria, evoluciona hacia la decepción y el desengaño. La sensibilidad del arte barroco, henchido de santos incongruentemente ceñidos a la naturaleza, es para el escritor, periodista y filósofo catalán Eugenio D’Ors “una especie de creencia en la naturalidad de lo sobrenatural, en la identificación entre la naturaleza y el espíritu”.
            La Iglesia católica, uno de los mecenas más significativos del llamado Siglo de Oro, y la Contrarreforma, que se origina para combatir la difusión del protestantismo, contribuyeron a la formación de un arte férvido y deslumbrante, que exalta los sentimientos entrañables con un claro sentido de propagación de la fe católica, en contraste con la austeridad adoptada por el protestantismo.
            D’Ors le atribuye al barroco –en su ambición de renovar la interpretación tradicional del término, como categoría estrictamente histórica y limitada a las artes plásticas, transfiriéndolo a una magnitud filosófica, espiritual, en oposición a lo clásico– el gusto por lo retorcido y fracturado, la dinamización de los contrastes, el movimiento que desafía a la armonía y la estabilidad, la pasión y la creatividad, así como el gusto por lo pintoresco y teatral.
            La descripción que D’Ors ofrece de la muy circulada fotografía de la célebre ventana del convento de Tomar, cerca de Lisboa, sintetiza muchas de las características que distinguen al barroco: "(...) una tendencia hacia lo pintoresco, reemplazando la exigencia constructiva, propia del clasicismo; el sentimiento de la profundidad, adquisición por la arquitectura de un a modo de tercera dimensión. Aquel síntoma, en fin, decisivo: el dinamismo con que se sustituía el gusto por la apariencia de esta estabilidad. Y las ‘formas que vuelan’. Y el empleo crudo de elementos morfológicos naturales. Y, por encima de todo, aquella propensión a lo teatral, lujoso, retorcido, enfático, que la sensibilidad menos ejercitada advierte inmediatamente en lo barroco”.
            El barroco español representa la negación de los valores de la conciencia moderna que el renacimiento europeo encarna para España. Dicho país, bajo la sombra de este estilo, aún cultivaba ciertas formas medievales: gestos y valores caballerescos, la muerte como exaltado consuelo, plebeyismo exuberante, o lo que llama Mariano Picón Salas, 'el preciosismo de la grosería', que ejemplifica a través de Quevedo, “empaque y ceremonia altisonante y burla cruel”. Los extremos son simplemente barrocos en una época que desconoce absolutamente lo módico. Implica, además, desaliento y desmayo, así como el distintivo desengaño español. La idea del “exceso” se cumple en el renacimiento a través de una agudeza reguladora, que ambiciona un excelso ideal estético y de conducta. Sin embargo, el barroco exalta la soledad existencial.
            Para catar lo trágico de dicha aplastante soledad, que implica todo un desvalimiento e impotencia ante lo efímero y transitorio del sino humano, basta escuchar o leer el célebre monólogo de Segismundo en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca. El hombre barroco es protagonista de una representación dramática llamada existencia; víctima de inapelables fuerzas superiores, desconsolada criatura del trágico implacable bullicio que termina por ensordecer su calma; se sabe débil marioneta de un gran espectáculo diseñado por incomprendidas voluntades superiores. El dolor y el placer son las dos fases de la fuerza discrepante y aglutinadora que le ciñe.
            La consolidación de la Inquisición en Europa como elemento represivo constituye un factor determinante que da fin al renacimiento, originando la necesidad de instauración de un nuevo arte de la alegoría, mediante el cual se intentan encubrir las ideas potencialmente punibles del ingenioso aparato censurador. Se hace tan común el ejercicio de lo figurativo que Juan de Orozco y Covarrubias publica para servir a la gran demanda su Arte nuevo de propagar ideas por la imagen.
            Lo barroco es una especie de actitud intemporal del ser humano ante la vida, que puede manifestarse en el espíritu de cualquier etapa de la historia de la humanidad, pues está implícito en el instinto propio de la naturaleza en oposición a lo clásico, que procura someter tales impulsos a una especie de racionalización. En ese sentido, es libre y liberador en su esencia general y sus propiedades trascendentales. 

21 de febrero de 2017

Libros de Silvia González Escritora: La Bernejena Gigante

Por qué su padre parece odiarlo desde que creció?



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17 de febrero de 2017

La 'mujer faltal' en la novela Beltenebros de Antonio Muñoz Molina

Escena de la adaptación al cine de la novela Beltenebros por Pilar Miró
Por Leonardo Venta 

            En el análisis del discurso literario es conveniente tener en consideración la importancia del género, que influye en las variantes y matices lingüísticos culturales que el hombre o la mujer imparten a la obra, afectando el contexto y la forma de lo expresado. Es decir, un tema según sea quién lo escriba tiende a ser marcado por diferencias en su forma y contenido. Por otra parte, la ideología del género afecta la manera en que los textos son leídos, así como los cánones de excelencia establecidos.
             Socioculturalmente, el género, apartándonos del punto de vista exclusivamente biológico, es el resultado de una categorización que ha sido falseada (aprendida) con intereses muy palpables en la jerarquización del poder masculino. Un  ejemplo ostensible es el cuestionamiento que  Antonio Muñoz Molina ofrece a la representación tradicional de la 'femme fatale' en Beltenebros (1989), una obra de la posmodernidad confeccionada con hebras de la novela policíaca, la novela de espía, la novela rosa y el llamado "film noir".
             "Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca". Con esa expresión se inicia esta obra que, según el consenso de la crítica literaria, no tiene parangón en la novelística contemporánea española. El sicario Darman, otrora capitán del ejército republicano exiliado en Inglaterra, bajo ordenes de una organización subversiva comunista, regresa clandestinamente al Madrid de los años sesenta para ejecutar a Andrade, un inocente acusado de traición. En ese empeño sanguinario de ángel sentenciador, se relaciona con Rebeca Osorio, amante del hombre a quien debe liquidar, en un complejo proceso que lo llevará a reconstruir su pasado a través de lugares y acciones en un simbólico desplazamiento que devela magistralmente, entre otros elementos, el pedregoso proceso hacia la verdad.
            La susodicha mujer sufre en sí todo el aglutinamiento del abuso masculino, mental y físico, a través del voyerista Valdivia, que la hostiga y oprime tanto desde la oscuridad literal –es nictálope – como la emocional. La obliga cada noche a bailar y a cantar para él, vestida de Rita Hayworth, ante un grupo de sicalípticos espectadores que se reúnen en la Boite Tabú. Él la disfruta desde la oscuridad de su palco, mientras ella se va desnudando poco a poco. "Aunque tú no me veas yo te estaré viendo", le expresa. Ella no se librará de esta opresión hasta el desenlace de la trama.
            La mujer abusada es idéntica a otra que Darmar conociera 20 años atrás. Es la hija de Rebeca Osorio (madre), con quien experimentara una fracasada experiencia amorosa, especie de doble que aúna el presente con el pasado. "La exaltación y la vergüenza se estaban consumando ante mí al ritmo hirviente del bongó, que parecía golpear a la muchacha como a un boxeador débil, descoyuntándola, arrojándola de rodillas al suelo, imponiéndole metódicamente los movimientos sincopados de una danza en la que se iba desnudando como si se desgarrara a sí misma", así describe Darmar el degradante espectáculo que le ha sido impuesto a la joven.
            Para la escritora y pensadora Simone de Beauvoir, la mujer sólo puede lidiar con la inferioridad con que ha sido marcada por el hombre, vengándose, mutilando la supremacía masculina, contradiciéndola, y negando su verdad y valores. La 'mujer fatal' desdobla una connotación ambivalente que origina un desbalance en el devenir del hombre. “Los temores del hombre de perder su estabilidad o su 'yo' frente a la mujer son reflejados en la mujer fatal: las dos Rebecas van minando la figura del detective, Darman, hasta el punto de producir la confusión del protagonista y de oscurecer su habilidad observadora en las últimas páginas de la novela", expresa Chung-Ying Yang, catedrático en la Universidad Nacional Chengchi de Taipei. En este caso, la mujer es “la imagen amenazadora de lo ilegible, lo imprevisible y lo inalcanzable (…) la antítesis de lo maternal, de lo productivo”, agrega.
             De Beauvoir asevera en su libro El Segundo Sexo algo similar a lo establecido por el académico taiwanés: “(…) el hombre siente hostilidad hacia la mujer porque le teme, siente temor de su imagen con la que él mismo se identifica”. Percibe su caída bajo el influjo pernicioso de la mujer que lo arrastra. Es en gran sentido una caída al estilo adámico. “Todos los Padres de la Iglesia insisten en la idea de que ella [Eva] condujo a Adán al pecado”, agrega la intelectual gala.
            Al escudriñar, encontramos en Beltenebros argumentos suficientes para demostrar que la mujer no sólo representa esa “otredad” que complementa al hombre, "sacada de la costilla de Adán", sino también es ese objeto sexual que despierta pasión animal en él. Es un elemento más de la Naturaleza que estimula y satisface los apetitos masculinos. “Las miradas y las manos y las respiraciones de los hombres habían gastado su piel [la de Rebeca Osorio hija] pulimentando su blancura y volviendo todo su cuerpo tan dúctil como una seda muy usada (…)”, leemos en el texto de Muñoz Molina.
            Por otro lado, la descripción de Rebeca Osorio (hija) se desliza a través de ciertas características que implican debilidad y, por consiguiente, traslucen la histórica inferioridad atribuida a la mujer con respecto al hombre, a pesar del ambivalente poder nocivo que sustenta como 'femme fatale': “Había en ella una obediencia sonámbula a los designios de otros”, expresa Darmar. Luego la identifica por “la infinita y cálida pasividad de sus muslos".
            Darman es una especie de antihéroe de la literatura posmoderna; reconoce sus errores e intenta rectificarlos, no se rinde en su afán de encontrar la usualmente paradójica, cuestionable e inaccesible verdad. El doctor valenciano Pasqual Mas, autor de numerosos estudios y ediciones críticas, expresa: “Casi la totalidad de la literatura de Muñoz Molina sigue un proyecto ético. Los héroes de sus novelas actúan movidos por la necesidad de rectificar conductas a situaciones marcadas por el mal”.
            Valdivia, el supuesto Beltenebros de nuestra historia, se desliza entre la oscuridad de los balcones de un centro nocturno y la de un cine clausurado. Sus ocultas ocupaciones y un defecto en un ojo  lo constriñen a resguardase de la mirada ajena.  
            En el desenlace, Rebeca Osorio (hija) consigue vengarse. Ciega a Valdivia con la luz de una linterna, precipitándolo a la planta baja del cine en ruinas, en su desesperación por huir de ella. “Arriba, en las últimas gradas, más alta que nosotros, la muchacha pálida y desnuda mantenía inmóvil la linterna y su círculo de incandescencia trazaba una fría y blanca línea de luz que iba a romperse en la cara de Valdivia, y siguió persiguiéndolo cuando cayó hacia atrás empujado por ella”, leemos en el texto.
            Muñoz Molina rompe esquemas tradicionales con este final, al igual que lo hace con el resto de la obra. Darmar no es quien mata al villano ni rescata a la heroína. Ella se salva por sí sola. Si bien, la catarsis se consuma en la transformación interior de Darmar, como manifestación de una honda implicación alegórica, que bien puede encaminarnos a múltiples interpretaciones, timbradas por la ambigüedad posmoderna que prevalece en una narrativas de esta índole.
            La novela –que toma el título del sobrenombre del célebre Amadís de Gaula cuando pierde la razón y es forzado a vivir en una cueva– emplaza a la mujer en un ambiente de erotismo y violencia, de fluctuantes relaciones de género: poder de seducción y manipulación, exhibicionismo y voyerismo, así como rechazo y desvelamiento dentro de una atmósfera matizada por el palpitar contradictorio, complejo, desestabilizador y constituidor del ideario político e ideológico y la identidad en el proceso evolutivo del protagonista y los mensajes implícitos en la trama.

29 de enero de 2017

En el 164 aniversario del natalicio de José Martí

“Retrato de José Martí”, óleo sobre lienzo a tamaño real, obra de Raúl García Huerta y sus alumnos, donado al Centro Histórico Cultural Cubano de Tampa, el 19 de mayo de 1991


Por Leonardo Venta

No hay nada que complazca más a la virtud que pronunciar, con imperiosa insistencia, el nombre de José Martí. Cada año, alrededor de esta fecha, lo proclama asida al anhelo de "admirar y hacer admirar" su humilde grandeza. Este 28 de enero de 2017 en el 164 aniversario de su natalicio no será la excepción.
            Todo lo que se diga sobre Martí corre el riesgo de convertirse en expresión repetida, pues por más de un siglo un holgado inventario de publicaciones y merecidos elogios acicalan su memoria. Si bien, para aquellos que saben atesorar el recto modo de proceder y la genialidad en su esencia más universal, el sentir martiano se renueva de día en día.
            En marzo de 1870, con sólo 17 años de edad, fue condenado a seis años de trabajos forzados por haber escrito una carta reprobando la conducta anticubana de un compañero de estudios. Este hecho definió su vía crucis hasta la muerte en Dos Ríos, a la edad de 42 años.
            “Cuando muere lo hace en una batalla para despedirse con misterio y hoy que le celebramos la aparición, rindiéndole las gracias, seguimos tocándolo y reconociéndolo despacio para justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”, afirma el otro José cubano: Lezama Lima.
            Sacrificó su bienestar y el de su familia, así como la continuidad y atención de su carrera literaria por amor a la libertad. No obstante, su prosa diáfana, aguda, y su verso elfo asidos a la justicia, a la verdad y al amor trazaron la brecha del movimiento modernista en la América española.
            No fue un escritor de torre de marfil sino un sagrario de abnegación. La estética de su obra no responde a una voluntad de estilo planeada, tal como lo confiesa en el prólogo a su Ismaelillo, dedicado a su hijo José Francisco: “Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte”.
            Sus dotes de oratoria –como certifica su coterráneo Manuel de la Cruz: “… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”– hinchieron el patriótico espacio del Liceo Cubano en su primera visita a Tampa, el 26 de noviembre de 1891, al pronunciar el discurso “Con todos y para el bien de todos”. 
            Allí propone “la fórmula del amor triunfante, alrededor de la estrella de la bandera nueva”, y enardece el ánimo de sus compatriotas hasta el arrebato cuando proclama: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra [cubano], ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza!”.
            En el mismo Liceo, pronuncia al siguiente día otro ferviente discurso, "Los Pinos Nuevos”, en una velada en memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana colonial, el 27 de noviembre de 1871. “Lo que anhelamos es decir aquí con qué amor entrañable, un amor como purificado y angélico, queremos a aquellas criaturas que el decoro levantó de un rayo hasta la sublimidad, y cayeron, por la ley del sacrificio”, afirma en su panegírico.
            Clareó y cortejó, aun tratándose de los siempre apremiantes artículos periodísticos, la sensible elegancia del lenguaje en su espiración más pura. Desde sus primeros bostezos hasta la carta inconclusa a Manuel Mercado, que precediera su desaparición física, toda su obra es un derroche de lirismo, humilde franca probidad y primoroso desbordamiento de talento.
             Evocar a Martí es palpar el costado más sublime de las entrañas humanas, la entereza y la excelencia; saciar –trémulo hasta las lágrimas– "el hambre y sed de justicia" presentes en el espíritu del sermón de las bienaventuranzas, paradigma de una existencia consagrada al mejoramiento humano, al extremo de inmolarse por esa causa.

25 de enero de 2017

Yo vivía sin dueño: poesía ecológica


http://comohacerpara.com/conservar-las-flores-en-un-florero_6685h.html

Yo vivía sin dueño:

Yo vivía en  la hoja de un  tallo  que era hermana de un tiempo
cuando era una  flor de varios pétalos
menos que la flor  de la modernidad  que  no huele a pétalos
mientras los científicos pensaban encontrar a las abejas.
Yo vivía en el polen que es el néctar de los pétalos
con otro tallo  que hoy florece en centésimas por los fertilizantes
 en otra hoja      sin tallo y sin  pétalos
para  ser víctima del jardinero que comercia con plásticos.
Yo vivía en  la tierra cuando fui arrancada y trasplantada a jardineras
donde dejé de oler a flor y me manché con los aromas de las casas
olvidando el  aroma de la selva.
Yo vivía de la lluvia en otra época
 para vivir del agua con cloro en la selva de cemento.
Yo vivía sin dueño y era autor del libro de la jungla.
Ahora soy  el autor de unos gritos que se ahogan en un florero.