"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


19 de enero de 2017

ADN del revivido: poesía ecológica

https://todosobreelmedioambiente.jimdo.com/ecolog%C3%ADa/


ADN del revivido:

Hace el rasguño de la ira en la  corteza
en la silueta semejante del monte
que una vez acompañó el banquete del alba
desbordando la copa de los ríos.
Provoca el espanto del ave gemela que emigra de la risa
para encontrarse el eslabón perdido    así
después en los laboratorios    
donde el juego a ser Dios con ADN del vecino
de una especie que le quita la “especia”      y el
 sabor de la Madre Natura en un nicho rasgado por pesuñas
que convierten a unas hostias en alas de mariposas.

17 de enero de 2017

Melancólico bostezo



Ante todo en Amanecía parto de aspectos humanos que son innegables: voluntad, sentimiento, vivencias. Pero lo que sucede es que estos aspectos no  son sino eso; aspectos de mi vida. De lo cual resulta que la realidad  que presento es solamente parcial; no soy yo sino tan solo una parte de mí. En estas condiciones, aquellos aspectos tomados para construir la historia no son propiamente hablando constitutivos de mi humanidad sino momentos más o menos fragmentados de una única realidad que es mi vida. Ahora bien, esta realidad es la que no aparece en la cotidianidad. Y en cuanto tal es misteriosa. En efecto, aun tomando cada uno de esos momentos en sí y por sí, ellos no constituyen, es más no justifican mi vida.

Nada me distingue de los demás, salvo esos momentos en que, siendo yo mismo, contemplo el mundo ensimismado. ¿Posesión de fuerzas y poderes extraños, irrupción de un fondo o enterrado en lo más íntimo de mi ser, o peregrina facultad para asociar palabras, imágenes, sonidos, formas? No es fácil responder a estas preguntas. Sin embargo, no creo que sólo sea una facultad. Pero si lo fuese: ¿de dónde viene? En fin, sea una cosa o la otra, lo cierto es que la radical extrañeza del fenómeno hace pensar en una dolencia que  el buen doctor no supo diagnosticar.

Y fue en ese acto de aprehensión las cosas al construir la historia desde el recuerdo que  no sólo se me actualizaron sino que además se me impusieron con una fuerza tal que me sentí esencialmente vinculado a esa realidad y a la verdad que ellas manifestaban. Esa realidad que construía en mi mente y que con el acto de la escritura traía al presente era más que cualquier cosa en concreto y se presentaba como el horizonte último que fundamentaba mi vida y me obligaba a ponerme en marcha. Esto es un poder que me ligaba a la realidad estableciendo con ella un vínculo, apoderándose de mi humanidad, Plenitud y vacío, vuelo y caída, entusiasmo y melancolía; “melancólico bostezo” que decía Calderón.

Mi singularidad se acentúa apenas se repara en mi origen social. Pertenezco a la clase media acomodada. Tuve una educación universitaria; unos refinados modales y gustos caros. En suma, soy un producto de esa burguesía. Y por eso mismo he sido, sin excepción, enemigo de la mediocridad y la cultura de la postración. Enemigo y víctima. Así, como una paradoja, se revela que solo puedo vivir como uno más, sin llamar mucho la atención para no  atraer las iras de los amos de la ortodoxia que no son más que mediocres como yo pero que ignoran su medianía.

Y por todo ello, heterodoxo cuando bendigo la rebeldía en contra del orden establecido, o como cuando me santiguo para provocar a la progresía, o como cuando ensalzo a La Gloriosa Unión Soviética para hacer tiritar a los bien pensantes.

Es decir agito la bandera libertaria para desenmascarar a los demagogos disfrazados de salvadores. Todos pretenden unifórmanos; unos de trajes de marca, los otros con  harapos. Y ahí es donde me revelo como nómada; como vagabundo por los cuatro confines y que siempre regresa a su ciudad, a su barrio, para seguir oyendo su adentro como un trueno que le revela la otra voz. Nunca la voz de “aquí y ahora”, ni tampoco la de allá; la otra, es la del que sufre y llora,

Mi singularidad no viene de las ideas o de las actitudes: viene de mi voz interna. Mejor dicho: del tono de mi voz. Es una voz indefinible e inconfundible y que se alza ante las consignas de lo políticamente correcto, de la cultura de lo ameno, de las presentaciones en PowerPoint – que lástima, tantos años de educación universitaria para terminar haciendo diapositivas ramplonas-. Es la marca de la diferencia. Del grito desgarrado entre los mudos por conveniencia o por temor; vacilante, a veces, por no tener ya certezas, pero siempre entre el llanto y la risa. Es pues, mi singularidad, una verdadera transgresión. Pero una transgresión casi siempre involuntaria y que aparece sin que me lo proponga. La transgresión brota, de no sentir indiferencia; no es un agregado ni un elemento postizo sino mi manera propia de ser. La razón de esta singularidad es poder reconocerme.

Mis escritos pueden ser  manidos por sus temas, su lenguaje y su forma, pero por su naturaleza profunda son singulares. Expreso en ellos realidades que trascienden la cotidianidad; mundos y estados íntimos que no sólo son míos sino impermeables a los cambios de perspectivas que pueda aplicar el lector. Desde mi interior he convivido con diferentes sociedades y sus anhelos, y aunque mi visión sea parcial, está siempre impregnada de mis vivencias.

Ahora bien, aunque mi historia está atada a un suelo y a unos acontecimientos, siempre está abierta, en cada una de sus manifestaciones, a un más allá que es lo que hago cuando lo empapo de emociones. No aludo a un más allá mágico: hablo de la percepción del otro lado de la realidad; que es una experiencia común a todos y que me parece anterior a todo razonamiento lógico.

Y es que en un mundo regido por la lógica del mercado, por la eficacia, mi vida es una historia de rendimiento nulo y algunos hasta me llamaron parasito- ya me gustaría a mí parasitarme a un banquero, como una sanguijuela, para devolver a la vida lo que ellos antes robaron.

Y no tengo más remedio que reconocer que mis productos son escasamente vendibles y poco útiles (salvo como laxante para expulsar certezas). Para esas mentes, aunque no lo reconozcan, mis relatos les dan energía, tiempo perdido (conmigo) y el talento de mofarse de tanta dignidad. Porque lo reconozco, soy de poca utilidad y lo peor de todo es que me enorgullezco de ello.

Mi valía y mi utilidad no son mensurables; soy un hombre rico en vida aunque tenga menos riqueza que un mendigo. Tampoco siento la necesidad de atesorar: tengo  la necesidad de gastar esa vida. O sea: vivirla. Gran misterio: mi vida contiene riquezas a condición de no guardarla. #Amanecía






16 de enero de 2017

De lo efímero a lo sublime



En esta época de  “incierto presente”, la mayor parte de las personas comenzamos a albergar “deseos de anticipación”, suerte de sentimiento de espera, confiada y paciente, para que, tarde o temprano, se materialice, se transforme en realidad, el deseo que se porta  en lo más íntimo con todas las fuerzas del alma. Tal vez, sea este el modo más indicado y concreto de definir el sentimiento de la esperanza. Se trata, en efecto, de una actitud viva y confiada en  un futuro mejor y de eso trata Amanecía.


Al escribir estas reflexiones he recordado una y otra vez, no sin cierta furia, las luchas que durante estos años y en distintos países sostuve contra todo pronóstico por mantener la esperanza. En una época donde, una doctrina pretende someter nuestro destino a los dictados del mercado, en nombre de una liberación que no es más que postración a los poderes económicos sin más supervisión que la que quiere fijar ellos.


Frente al desencanto que esto provoca, marcados por el imperio del mercado, me siento llamado a escuchar “la otra voz”, que es, en primer lugar, la del propio yo, la de la interioridad, en segundo lugar, la de los demás, a través del encuentro y, en tercer lugar, la conciencia de la finitud.


Más allá de la suerte que el porvenir me reserve, algo me parece evidente: la institución del mercado, ahora en su apogeo, está condenada a cambiar. No es eterna. Ninguna creación humana lo es. Ignoro si será modificada por la sabiduría de los hombres, substituida por otra más perfecta, o si será destruida por sus excesos y contradicciones. En este último caso podría arrastrar en su ruina a las instituciones democráticas. Posibilidad que me estremece pues entonces entraríamos en una edad obscura, como ocurrió hace unas décadas en la historia de Europa No necesitamos recordar el imperio de barbarie que asolo Europa. Ahora bien, ocurra lo que ocurra, es claro que el estúpido desprecio hacia el talento humano tiene que cesar pronto, si es que queremos sobrevivir como sociedad. La causa de este gigantesco disparate es reducir todo a los costes de producción. ¿Y qué tiene que ver esto con la literatura?


Pues bien, estamos inmersos en una actividad de alta eficacia pero sin dirección y cuyo único fin es producir más y más para consumir más y más. Esa obtusa política de la mayoría de los gobiernos de los países europeos, ha contribuido a la creencia  y contaminación de las mentes de que todo el entramado social se reduce a una cuenta de resultados. ¿¿¿Ay Antxon, quien te ha visto y quién te ve??? De pequeño burgués a poeta revolucionario.


Pero alguien debe decir que ninguna sociedad ha sobrevivido, con esa fatalidad tan ciega, excluyente y destructiva. Y a esa pregunta: ¿Qué debo hacer? Nace mi necesidad de escribir, de relatar lo  que ocurre. Y es que, la coyuntura que acabo de evocar se está manifestando, cualesquiera que sea nuestras instituciones políticas y sociales e independientemente de nuestras creencias y opiniones, en forma de desigualdad y exclusión. De hecho, ya se ha presentado y en términos más y más perentorios y amenazantes. Incluso puede decirse sin exagerar que el tema central de este mi relato no es el de una historia personal, más o menos interesante. Lo urgente que plantea Amanecía, es saber cómo vamos a asegurar la supervivencia de los ciudadanos. Sí la supervivencia, pues cada vez son más los analistas que alertan que en esta revolución digital no se va a parar día tras día de destruir empleo y lo que es peor la empleabilidad de miles de personas que quedarán al margen.


Ante esa realidad, ¿cuál puede ser la postura que debo tomar? ¿Qué puedo decir desde la escritura? La gente suele encontrar ridículo e incluso terrorífico todo lo que pueda trastocar su cotidianidad. Lo perciben como una trasgresión de su óptica, ven trastocada la esencia de todo aquello con lo que han ido construyendo su mundo, incluso ven cuestionado el futuro a donde quieren ir. Y mis palabras surgen tan solo de haberme encontrado al otro lado de la puerta y por ello, mi conciencia anestesiada despertó a una pesadilla.  Y es que en estos tiempos de crisis pocos son los que hablan de equidad y colaboración. Único medio de llegar a una sociedad nueva. Como mucho, un pequeño apunte en la memoria de actividades.


Ya he indicado que nací a  la influencia de ciertas realidades enterradas, y mi vocación por contarlas, resucitarlas y presentarlas. Ante la cuestión de la supervivencia de nuestra sociedad  asolada, mi respuesta no puede ser otra. Mi influencia aunque sea indirecta: sugerir, inspirar e insinuar. No demostrar sino mostrar. El modo de operar este pensamiento es a través de la imaginación y ésta, esencialmente, me ha servido para poner en relación realidades contrarias o diferentes. Todas las formas que utilizo, todas las figuras del lenguaje, de esa forma adquieren un rasgo en común: buscan y, con frecuencia, descubren verdades ocultas en nuestra existencia En los casos más extremos, unen a los opuestos. Comparaciones, analogías, metáforas y los demás recursos usados: todos tienden a producir imágenes en las que pactan el esto y el aquello, lo uno y lo otro, los muchos y el uno. Esa operación concibe al lenguaje como un universo animado, recorrido por una doble corriente de atracción y de repulsión. En el lenguaje se reproducen las luchas y las uniones, los amores y las separaciones. Cada párrafo en Amanecía, cualquiera que sea su tema, su forma y las ideas que lo informan, es sobre todo un pequeño cosmos animado. El párrafo refleja la solidaridad de las ideas que a lo largo de toda la novela se expresan. Espejo del alma Amanecía es un modelo de lo que podría ser nuestra sociedad. Frente a la destrucción del tejido de la sociedad civil Amanecía ejercita nuestra imaginación y así nos enseña a reconocer las diferencias y a descubrir las semejanzas. Puesto que nuestra existencia es un tejido vivo de afinidades y oposiciones. Prueba viviente de las implicaciones de nuestras vidas; cada vida es una lección práctica de armonía y de concordia, aunque sea desde la discordia, la soledad del hombre abandonado a su suerte; el hundimiento de la conciencia en el fango de la utilidad. La escritura es el antídoto a la sinrazón. A eso se reduce lo que podría ser, en mi tiempo y en el que llega, la función de mi escritura.
¡¡¡Casi nada!!!

La cuestión de principio, se enlaza naturalmente con la de mi propia supervivencia en un mundo desquiciado. A su vez, esas preguntas que me surgen con urgencia y gravedad, las voy dando respuesta. Los primero es contemplar atónito, durante un instante inacabable, mi propia estupidez. Desde entonces, no he cesado de verme en ese espejo de la vida. Y me he visto, simultáneamente, como creador de imágenes y como imagen de mis creaciones. Por esto, puedo decir con un poco de seguridad que, mientras tenga vida, necesitaré de la escritura para expresarla, o celebrarla si viene al caso. Pero la relación puede romperse. Nació como una necesidad pero puede quebrarse si la imaginación la pongo al servicio de otras cosas. Si olvidara el fin último de mi escritura, me olvidaría de mí mismo. Regresaría al caos de mi vida.

Y es que la literatura parece ocuparse sólo de fantasías pero quizá diga la verdad. Más todavía, el lenguaje se convierte en un verdadero incendio para las mentes despiertas. Y este lenguaje se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de angustia.


Es el caso, que la esperanza se ha manifestado en Amanecía como referencia obligada de mi  ser social, incluso más allá de lo estrictamente personal; dado que tanto en lo uno como en lo otro sirve de fundamento; la esperanza ya es, pues, parte  constitutivo del universo que habita la novela Amanecía; justamente porque, como afirma Walter Benjamin: “Solo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza”. Y que como él, pretendiendo vivir de acuerdo a mis ideas, me condujo a vivir situaciones muy difíciles. Y no puedo ocultar el temor que me produce esa espera.


Y es por ello, como en  Ángelus Novus, de Paul Klee” - motivo que sirvió de inspiración a Benjamin -, que es inevitable una visión pesimista del devenir histórico como un ciclo incesante de desesperación. Quizá sea por eso que toda época que muere, que llega a su ocaso, cobija su agonía en la esperanza. Y fue justo ahí, en ese inagotable manantial de las enseñanzas de la vida, que Antxon aprendió a concebir la esperanza y el temor como dos caras de una misma moneda. Quien espera abriga el temor de que lo que espera no llegue a producirse. Quien teme guarda de continuo la esperanza de que no se produzca lo que teme. Con estos caracteres fue escrita la historia de Amanecías, como signo de revocación y muerte.


Y al hablar del desencuentro como experiencia  que se revela al protagonista, es pertinente hablar de la figura de Antxon como del sujeto que experimenta un contacto sui generis con esa realidad,  y que aprende a interpretarla desde la otra voz. Así, experimenta y vive la realidad mediante Ellas. Ahora bien, estas experiencias las pueden tener todos ustedes, en cuanto a su condición humana y su naturaleza, sin que ello signifique que todos sean de facto protagonistas; esas experiencias tendrán ese carácter único al darse en un momento especial, cuando la inspiración me visito, cuando el lenguaje, o la palabra, tomo mi mano y escribió por mí la historia. Por ello, aunque la historia no tenga una connotación especial, al ser la mía, la importancia la adquiere, no solo por ello, sino  justamente por componer un relato que incendia el corazón humano, al traer a mi experiencia la visita de esa otra voz, de esa otra cara de la realidad, la experiencia se expande no sólo pata el protagonista sino al lector y, así, participa del mismo acto de encarnación de la palabra y de la inspiración. Es decir, la experiencia del que narra se incorpora a la experiencia de todo el que lo lee en cuanto tocado por la vida. Pero hay más; la noción de narrador abarca no sólo a quien relata esta historias sino a quien, en general, usa el lenguaje como vía para acceder a la palabra, a su fuego e inspiración, y aquí uso el término para designar a los escritores y novelistas, que necesitan del genio y de la inspiración. Leamos lo que escribo sobre la dialéctica del escribir:

“He escrito Amanecía movido por impulsos encontrados: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y por miedo a ella, por ansia de comunión, para preservar la memoria y para escapar de ella y para poder echar a volar. En suma, para vivir y para perdurar.”

Vivo pues, entre la revolución y la pasión, saliendo al encuentro de la otra voz. La voz es otra porque es la voz de las pasiones y las visiones; es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es del  hoy sin fechas.

#Amanecía









14 de enero de 2017

Presentación de la Novela 2x2 no siempre es 4 por ...


Cuentos y algo más: Presentación de la Novela 2x2 no siempre es 4 por ...Entre las tantas complacencias que nos legaron los griegos, al amparo del saber y de ese hedonismo que ejercían con tanto refinamiento, está la literatura en su forma expresamente impúdica. Los primeros escritos sobre erotismo se remontan a esa Grecia lúcida y sensual, donde dioses y mortales se deleitaban con los placeres de la existencia terrenal y etérea, a nivel de cuerpo y mente, con vigor e ilustración. Está Aristófanes, por ejemplo, el más conocido autor, con su obra Lisístrata, junto a Sótades -suerte de padre de la literatura sotádica, como igual se nombra a la literatura erótica-, con sus poemas apocalípticos, satíricos, por los que, incluso, hubo de ir a la prisión al criticar el incesto de Ptolomeo con su hermana Arsínoe; y Luciano, a quien se le atribuye la hechura del libro pornográfico más antiguo: Los diálogos de las cortesanas... SEGUIR LEYENDO

12 de enero de 2017

Instintos básicos

 

Quiero adentrarme en un tema complejo y conflictivo,  la sexualidad, y para hacerlo me gustaría recordar que somos seres sexuados y que vivir esa faceta con plenitud nos humaniza. Son algunos los que me han acusado de tratar el tema en Amanecía de manera frívola, incluso alguno me ha tachado de exhibicionista, y ante ello me gustaría escribir alguna línea.

Es muy torcido decir que me abandono al  instinto sexual pues eso sugiere algo degradado, en tanto que cuando escribo sobre el sexo –el mío, no el de cualquiera de ustedes- su base está en el origen mismo de mi humanidad. Entonces eso ya abre otra dimensión para pensar el tema.

En distintas escenas del libro, recreo a mis personajes teniendo relaciones sexuales. En esos pasajes podemos sentir los movimientos de los cuerpos, las respiraciones entrecortadas, los jadeos, hasta que, en esos momentos álgidos, el bramido se adueña de todo, hasta que llegaba el abandono.  Y eso no es exhibicionismo.

Pues bien, no hay ligereza en mi novela. En Amanecía esas escenas íntimas que viven los protagonistas, se describen de manera explícita, entrando en la mente de lo que están sintiendo los personajes, sin embargo va más allá, intento dibujar el simbolismo que hay en el trasfondo.

Lo que quise transmitir en esas descripciones, y espero haberlo logrado, es que en esa intimidad se revela otras muchas cosas de nuestras vidas. Pero a pesar de lo que pueda elucubrar, lo cierto es que no hay un saber universal acerca de la intimidad, porque cada quien la encuentra de manera única y particular.

Además, no  creo que este mal lo que digo. A mi manera, lo que reclamo es el derecho a que se me permita experimentar de manera  personal el disfrute. Y quizá por ese convencimiento cada amanecer salía al encuentro.

 ¿Y eso por qué? Porque aprendimos a quedarnos a solas en ese momento en el que se fundían cuerpo y alma, el placer con el dolor. Por eso no debe sorprender que sea tan explícito, porque si las mismas escenas la relataran Adaya o Elina, estoy seguro que como resultado saldría otra escena, personal, de ellas, y que haría referencia a su momento íntimo.

Y no ahondare más sobre esto porque sería algo que no pretendía abordar en este artículo. Es decir, quiero empezar a acotar el tema y que no sería otro que hablar del encuentro.

Es por ello que, en nombre de ese encuentro, sea necesario decir que compartíamos ese carácter inédito e inesperado de aquel acontecimiento íntimo, de suyo impredecible y excepcional; de gratuito, aún para el recipiente del don. Muchas cosas ocurrían al rededor nuestro. De varias teníamos noticia y nos las contábamos cuando nos contábamos nuestras historias en nuestros silencios. Algunas, aunque no necesariamente tuviéramos noticia de ellas, también las celebrábamos. Y sin duda eran los acontecimientos de nuestras vidas los que, reconociéndolos o no, iban forjado nuestros encuentros, ensanchando nuestras vidas hacia los horizontes de nuestras finitas existencias, cuyo desarrollo podían llegar a desarrollarse en destino nuestro. La vida de cada uno de nosotros se convertía en un acontecimiento tan desbordante e incalculable como la misma creación del universo.

De sus gemidos, mis oídos recibían los cantos más bellos y las mejores inspiraciones alrededor de las cuales ponía un pie en este mundo que habitaba llevado por un soplo de esperanza.

Y era sabido por nosotros que considerar el asombro como el inicio del encuentro era fundamental. Pero podría pensarse que ya, repetido tantas veces, no quedaba nada de qué asombrarse, que no había nada nuevo en la penumbra de la alcoba, por lo menos, nada que pudiéramos integrar como algo radicalmente nuevo. Podría parecer que el asombro está muy bien para los jóvenes, pero que las personas maduras ya no tienen lugar para asombrarse. Precisamente la “perspectiva de la extrañeza” que  defiendo consiste en una propuesta de habitualizar el asombro. El asombro no es algo que nos acontece sin más. Podríamos evitar el asombro. Depende de nosotros hacerle lugar o eliminarlo. Ahora bien, si lo extraño es lo inaudito, lo inesperado que nos sorprende y nos obliga a interrumpirnos ¿¿¿No puede ser esto bastante estimulante???

¿Cuál es la alternativa al aburrimiento? Unas vidas “porosas”, permeables, que se atreven a los cambios de perspectiva a pesar de la  experiencia de vértigo. ¿Y eso que tiene que ver con el sexo? Pues todo. En el retrato de la naturaleza de nuestros encuentros se va  descubriendo la trama de nuestras vidas. Y son estas vidas porosas, permeables a los estímulos más diversos, el marco de una intimidad intensa. Y esto supone dejar atrás algunas concepciones que circunscribiría  algunas vivencias íntimas a un espacio periférico de la vida: “Llego tan cansado a casa que no me apetece hacer nada…”

Ya sé que es imposible luchar contra el deseo o negar su función y sus beneficios. Sin embargo, ahora  quisiera seguir haciendo hincapié en el encuentro. Resurrección de realidades enterradas, reaparición de lo olvidado y lo reprimido que, como otras veces en mi vida, desemboco en el éxtasis. Y es que en esos momentos, oyes la voz otra. Que es mía y que es ajena, que es de nadie y que es de todos. Son esos momentos en que, siendo yo mismo, estoy en el otro.

El sexo expresa realidades ajenas a nosotros mismos, mundos y estados íntimos que no sólo son misteriosos sino impenetrables a los juicios de la razón. Gran misterio el sexo, que contiene resurgimiento a condición de no guardarlo; está hecho para esparcirse y derramarse, como la jarra que vierte el vino.

El sexo es muy poca cosa: está hecho de palabras, de gestos, de espasmos, una bocanada de aire que no ocupa lugar en el espacio. A la inversa de la mayoría de las actividades humanas, el sexo no muestra una realidad eficaz (no hablo de procreación): es un conjuro de actos que provoca la revelación de un misterio.  Los jadeos que provoca se oyen con los oídos pero se sienten con el entendimiento. Las imágenes que desvela son criaturas íntimas: son ideas y son formas, son sonidos y son silencio.

El sexo en Amanecía ha sido una de las manifestaciones más enérgicas y vivaces de esa crítica social en la que participo. Pero mi crítica no ha sido ni racional ni filosófica sino pasional y en nombre de realidades ignoradas o negadas. Ha sido la réplica y el antídoto. Al llegar a este punto, vuelvo al comienzo de mi reflexión. Hoy somos testigos, según todos los signos, de otro gran cambio. No sé si vivimos el fin o la renovación, lo que sí es cierto es que la sociedad se está volviendo mucho más represora, censurando y arrinconando al ámbito de lo privado algo que es consustancial a nuestra existencia. En este punto tal vez no podríamos estar más lejos de la verdad. Y es por ello que, en esta vuelta de los tiempos, ¿cuál podrá ser la función de la escritura? Si, como creo y espero, nace un nuevo pensamiento de ella, sus creadores tendríamos que desvelar esa naturaleza que nos humaniza. Y concluyo, pero, antes, debo repetir lo que he dicho. La discordia nace  de no aceptar nuestra naturaleza.


#Amanecía