"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


17 de febrero de 2017

La 'mujer faltal' en la novela Beltenebros de Antonio Muñoz Molina

Escena de la adaptación al cine de la novela Beltenebros por Pilar Miró
Por Leonardo Venta 

            En el análisis del discurso literario es conveniente tener en consideración la importancia del género, que influye en las variantes y matices lingüísticos culturales que el hombre o la mujer imparten a la obra, afectando el contexto y la forma de lo expresado. Es decir, un tema según sea quién lo escriba tiende a ser marcado por diferencias en su forma y contenido. Por otra parte, la ideología del género afecta la manera en que los textos son leídos, así como los cánones de excelencia establecidos.
             Socioculturalmente, el género, apartándonos del punto de vista exclusivamente biológico, es el resultado de una categorización que ha sido falseada (aprendida) con intereses muy palpables en la jerarquización del poder masculino. Un  ejemplo ostensible es el cuestionamiento que  Antonio Muñoz Molina ofrece a la representación tradicional de la 'femme fatale' en Beltenebros (1989), una obra de la posmodernidad confeccionada con hebras de la novela policíaca, la novela de espía, la novela rosa y el llamado "film noir".
             "Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca". Con esa expresión se inicia esta obra que, según el consenso de la crítica literaria, no tiene parangón en la novelística contemporánea española. El sicario Darman, otrora capitán del ejército republicano exiliado en Inglaterra, bajo ordenes de una organización subversiva comunista, regresa clandestinamente al Madrid de los años sesenta para ejecutar a Andrade, un inocente acusado de traición. En ese empeño sanguinario de ángel sentenciador, se relaciona con Rebeca Osorio, amante del hombre a quien debe liquidar, en un complejo proceso que lo llevará a reconstruir su pasado a través de lugares y acciones en un simbólico desplazamiento que devela magistralmente, entre otros elementos, el pedregoso proceso hacia la verdad.
            La susodicha mujer sufre en sí todo el aglutinamiento del abuso masculino, mental y físico, a través del voyerista Valdivia, que la hostiga y oprime tanto desde la oscuridad literal –es nictálope – como la emocional. La obliga cada noche a bailar y a cantar para él, vestida de Rita Hayworth, ante un grupo de sicalípticos espectadores que se reúnen en la Boite Tabú. Él la disfruta desde la oscuridad de su palco, mientras ella se va desnudando poco a poco. "Aunque tú no me veas yo te estaré viendo", le expresa. Ella no se librará de esta opresión hasta el desenlace de la trama.
            La mujer abusada es idéntica a otra que Darmar conociera 20 años atrás. Es la hija de Rebeca Osorio (madre), con quien experimentara una fracasada experiencia amorosa, especie de doble que aúna el presente con el pasado. "La exaltación y la vergüenza se estaban consumando ante mí al ritmo hirviente del bongó, que parecía golpear a la muchacha como a un boxeador débil, descoyuntándola, arrojándola de rodillas al suelo, imponiéndole metódicamente los movimientos sincopados de una danza en la que se iba desnudando como si se desgarrara a sí misma", así describe Darmar el degradante espectáculo que le ha sido impuesto a la joven.
            Para la escritora y pensadora Simone de Beauvoir, la mujer sólo puede lidiar con la inferioridad con que ha sido marcada por el hombre, vengándose, mutilando la supremacía masculina, contradiciéndola, y negando su verdad y valores. La 'mujer fatal' desdobla una connotación ambivalente que origina un desbalance en el devenir del hombre. “Los temores del hombre de perder su estabilidad o su 'yo' frente a la mujer son reflejados en la mujer fatal: las dos Rebecas van minando la figura del detective, Darman, hasta el punto de producir la confusión del protagonista y de oscurecer su habilidad observadora en las últimas páginas de la novela", expresa Chung-Ying Yang, catedrático en la Universidad Nacional Chengchi de Taipei. En este caso, la mujer es “la imagen amenazadora de lo ilegible, lo imprevisible y lo inalcanzable (…) la antítesis de lo maternal, de lo productivo”, agrega.
             De Beauvoir asevera en su libro El Segundo Sexo algo similar a lo establecido por el académico taiwanés: “(…) el hombre siente hostilidad hacia la mujer porque le teme, siente temor de su imagen con la que él mismo se identifica”. Percibe su caída bajo el influjo pernicioso de la mujer que lo arrastra. Es en gran sentido una caída al estilo adámico. “Todos los Padres de la Iglesia insisten en la idea de que ella [Eva] condujo a Adán al pecado”, agrega la intelectual gala.
            Al escudriñar, encontramos en Beltenebros argumentos suficientes para demostrar que la mujer no sólo representa esa “otredad” que complementa al hombre, "sacada de la costilla de Adán", sino también es ese objeto sexual que despierta pasión animal en él. Es un elemento más de la Naturaleza que estimula y satisface los apetitos masculinos. “Las miradas y las manos y las respiraciones de los hombres habían gastado su piel [la de Rebeca Osorio hija] pulimentando su blancura y volviendo todo su cuerpo tan dúctil como una seda muy usada (…)”, leemos en el texto de Muñoz Molina.
            Por otro lado, la descripción de Rebeca Osorio (hija) se desliza a través de ciertas características que implican debilidad y, por consiguiente, traslucen la histórica inferioridad atribuida a la mujer con respecto al hombre, a pesar del ambivalente poder nocivo que sustenta como 'femme fatale': “Había en ella una obediencia sonámbula a los designios de otros”, expresa Darmar. Luego la identifica por “la infinita y cálida pasividad de sus muslos".
            Darman es una especie de antihéroe de la literatura posmoderna; reconoce sus errores e intenta rectificarlos, no se rinde en su afán de encontrar la usualmente paradójica, cuestionable e inaccesible verdad. El doctor valenciano Pasqual Mas, autor de numerosos estudios y ediciones críticas, expresa: “Casi la totalidad de la literatura de Muñoz Molina sigue un proyecto ético. Los héroes de sus novelas actúan movidos por la necesidad de rectificar conductas a situaciones marcadas por el mal”.
            Valdivia, el supuesto Beltenebros de nuestra historia, se desliza entre la oscuridad de los balcones de un centro nocturno y la de un cine clausurado. Sus ocultas ocupaciones y un defecto en un ojo  lo constriñen a resguardase de la mirada ajena.  
            En el desenlace, Rebeca Osorio (hija) consigue vengarse. Ciega a Valdivia con la luz de una linterna, precipitándolo a la planta baja del cine en ruinas, en su desesperación por huir de ella. “Arriba, en las últimas gradas, más alta que nosotros, la muchacha pálida y desnuda mantenía inmóvil la linterna y su círculo de incandescencia trazaba una fría y blanca línea de luz que iba a romperse en la cara de Valdivia, y siguió persiguiéndolo cuando cayó hacia atrás empujado por ella”, leemos en el texto.
            Muñoz Molina rompe esquemas tradicionales con este final, al igual que lo hace con el resto de la obra. Darmar no es quien mata al villano ni rescata a la heroína. Ella se salva por sí sola. Si bien, la catarsis se consuma en la transformación interior de Darmar, como manifestación de una honda implicación alegórica, que bien puede encaminarnos a múltiples interpretaciones, timbradas por la ambigüedad posmoderna que prevalece en una narrativas de esta índole.
            La novela –que toma el título del sobrenombre del célebre Amadís de Gaula cuando pierde la razón y es forzado a vivir en una cueva– emplaza a la mujer en un ambiente de erotismo y violencia, de fluctuantes relaciones de género: poder de seducción y manipulación, exhibicionismo y voyerismo, así como rechazo y desvelamiento dentro de una atmósfera matizada por el palpitar contradictorio, complejo, desestabilizador y constituidor del ideario político e ideológico y la identidad en el proceso evolutivo del protagonista y los mensajes implícitos en la trama.

29 de enero de 2017

En el 164 aniversario del natalicio de José Martí

“Retrato de José Martí”, óleo sobre lienzo a tamaño real, obra de Raúl García Huerta y sus alumnos, donado al Centro Histórico Cultural Cubano de Tampa, el 19 de mayo de 1991


Por Leonardo Venta

No hay nada que complazca más a la virtud que pronunciar, con imperiosa insistencia, el nombre de José Martí. Cada año, alrededor de esta fecha, lo proclama asida al anhelo de "admirar y hacer admirar" su humilde grandeza. Este 28 de enero de 2017 en el 164 aniversario de su natalicio no será la excepción.
            Todo lo que se diga sobre Martí corre el riesgo de convertirse en expresión repetida, pues por más de un siglo un holgado inventario de publicaciones y merecidos elogios acicalan su memoria. Si bien, para aquellos que saben atesorar el recto modo de proceder y la genialidad en su esencia más universal, el sentir martiano se renueva de día en día.
            En marzo de 1870, con sólo 17 años de edad, fue condenado a seis años de trabajos forzados por haber escrito una carta reprobando la conducta anticubana de un compañero de estudios. Este hecho definió su vía crucis hasta la muerte en Dos Ríos, a la edad de 42 años.
            “Cuando muere lo hace en una batalla para despedirse con misterio y hoy que le celebramos la aparición, rindiéndole las gracias, seguimos tocándolo y reconociéndolo despacio para justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”, afirma el otro José cubano: Lezama Lima.
            Sacrificó su bienestar y el de su familia, así como la continuidad y atención de su carrera literaria por amor a la libertad. No obstante, su prosa diáfana, aguda, y su verso elfo asidos a la justicia, a la verdad y al amor trazaron la brecha del movimiento modernista en la América española.
            No fue un escritor de torre de marfil sino un sagrario de abnegación. La estética de su obra no responde a una voluntad de estilo planeada, tal como lo confiesa en el prólogo a su Ismaelillo, dedicado a su hijo José Francisco: “Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte”.
            Sus dotes de oratoria –como certifica su coterráneo Manuel de la Cruz: “… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”– hinchieron el patriótico espacio del Liceo Cubano en su primera visita a Tampa, el 26 de noviembre de 1891, al pronunciar el discurso “Con todos y para el bien de todos”. 
            Allí propone “la fórmula del amor triunfante, alrededor de la estrella de la bandera nueva”, y enardece el ánimo de sus compatriotas hasta el arrebato cuando proclama: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra [cubano], ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza!”.
            En el mismo Liceo, pronuncia al siguiente día otro ferviente discurso, "Los Pinos Nuevos”, en una velada en memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana colonial, el 27 de noviembre de 1871. “Lo que anhelamos es decir aquí con qué amor entrañable, un amor como purificado y angélico, queremos a aquellas criaturas que el decoro levantó de un rayo hasta la sublimidad, y cayeron, por la ley del sacrificio”, afirma en su panegírico.
            Clareó y cortejó, aun tratándose de los siempre apremiantes artículos periodísticos, la sensible elegancia del lenguaje en su espiración más pura. Desde sus primeros bostezos hasta la carta inconclusa a Manuel Mercado, que precediera su desaparición física, toda su obra es un derroche de lirismo, humilde franca probidad y primoroso desbordamiento de talento.
             Evocar a Martí es palpar el costado más sublime de las entrañas humanas, la entereza y la excelencia; saciar –trémulo hasta las lágrimas– "el hambre y sed de justicia" presentes en el espíritu del sermón de las bienaventuranzas, paradigma de una existencia consagrada al mejoramiento humano, al extremo de inmolarse por esa causa.

25 de enero de 2017

Yo vivía sin dueño: poesía ecológica


http://comohacerpara.com/conservar-las-flores-en-un-florero_6685h.html

Yo vivía sin dueño:

Yo vivía en  la hoja de un  tallo  que era hermana de un tiempo
cuando era una  flor de varios pétalos
menos que la flor  de la modernidad  que  no huele a pétalos
mientras los científicos pensaban encontrar a las abejas.
Yo vivía en el polen que es el néctar de los pétalos
con otro tallo  que hoy florece en centésimas por los fertilizantes
 en otra hoja      sin tallo y sin  pétalos
para  ser víctima del jardinero que comercia con plásticos.
Yo vivía en  la tierra cuando fui arrancada y trasplantada a jardineras
donde dejé de oler a flor y me manché con los aromas de las casas
olvidando el  aroma de la selva.
Yo vivía de la lluvia en otra época
 para vivir del agua con cloro en la selva de cemento.
Yo vivía sin dueño y era autor del libro de la jungla.
Ahora soy  el autor de unos gritos que se ahogan en un florero.

23 de enero de 2017

Yo juego a ser otro: poesía ecológica

http://carmenotaku.blogspot.com/2015/10/ecologia.html

Yo juego a ser otro:

Yo juego a ser otro con plumas y órganos
Del muerto caparazón salido de la vida
Y llegué tan hondo y ahogado que vomité el agua de la sangre.
 Ella me había hecho una promesa.
Después hallé a otro en mi lugar con mi voz pero sin el aliento
 De cuando fui hecho de reales sabores.
Yo juego a ser otro
De una planta desaparecida de los libros.
Pero las fotos dan muestras de que ella alimentó a los de antes.
Yo juego a ser otro

Sin saber que  fui único.

21 de enero de 2017

Un Enviado de Nietzsche

Un Enviado de Nietzsche.
Carlos Alberto.



I

Todavía recuerdo aquel día como si fuera hoy. Cursaba el último año de la carrera y el Dr. Roberto Bocaza ― al que burlonamente lo apodábamos  “Nietzsche” por sus constantes referencias al filósofo alemán ― comenzaba a impartir su magistral conferencia. ― Hoy vamos a hablar de la teoría del Retorno Eterno. ― dijo carraspeando la garganta como era característico en él. Todos nos miramos esperando lo que siempre venía después del carraspeo. El enigmático doctor señalaba a un alumno al azar y lo paraba frente a los demás estudiantes. Ese día me tocó a mí. ― Usted, póngase de píe. ― me ordenó en un tono poco amigable. ― He oído que eres de esos estudiantes que le gusta poner apodos a sus profesores. Espero que su brillantez no sea sólo para reírse de los demás y conteste usted a mi pregunta comportándose a la altura de un verdadero estudiante de física. Mis compañeros estallaron en una risa tan contagiosa que hasta el propio doctor tuvo que sonreír. Luego volvió a carraspear la garganta y en tono retador y con ganas de humillarme ante todos, volvió a la carga: ― ¿Puede usted explicarme en qué se basa la teoría del Retorno Eterno? Para sorpresa de los presentes, contesté con extrema seguridad, cosa poco característica en mí por aquellos años, aunque sin poder ocultar el miedo que Bocaza provocaba en mí.
― Doctor, el Retorno Eterno es algo complicado, Usted… ¿Me entiende? Es una forma de concebir el tiempo de manera circular… no sé si me explico bien, pero.., es decir… ― hice una pausa algo asustado cuando vi que en el rostro de el Dr. Bocaza se dibujaba una mueca de contrariedad al ver que yo lo estaba haciendo como él no se lo esperaba.―… es algo así como que todo se repetirá de igual forma a como ya ocurrió, en el mismo orden, en la misma sucesión... ¿Si me explico? Y usted, yo, y toda esta bola de incrédulos que están aquí a mi alrededor, estaremos una y otra vez y hasta ese mismísimo hoyo que tiene usted en su pantalón... ¿Usted me entiende?― Me detuve creyendo que me iba a regañar, pero para mi sorpresa, su rostro iluminó toda la sala de conferencias con un gesto de satisfacción.
― Claro que lo entiendo… y no salgo de mi sorpresa. Tengo que confesar  que ni por un segundo imaginé que supiera usted algo acerca de esta complicada teoría del Retorno Eterno… Lo felicito, pero… ¿Me puede decir donde ha leído sobre esto? ― inquirió volviendo a su tono inquisidor.
― Yo, yo no he leído nada al respecto ― le respondí tembloroso ― yo simplemente lo recuerdo como si fuera hoy… Hace millones de años, después del Big Bang anterior, mientras el universo todavía se expandía estábamos justamente aquí. Usted daba esta misma conferencia y como lo ha hecho ahora, me seleccionó a mí para que hablara… como siempre,  quería usted  humillarme y restregarnos en la cara que no sabemos nada. Pero por segunda vez se ha llevado una gran sorpresa.
El doctor Roberto Bocaza se puso como vil olla exprés. Contrajo el rostro y su piel cuarteada y llena de pecas, cambió a un color rojizo oscuro. Parecía que del coraje, su presión arterial había sobrepasado los límites permisibles.
― Estimado alumno, sin dudas, su negro sentido del humor sobrepasa mi tolerancia y mi escasa paciencia parece llegar al umbral de lo permisible. Pero voy a demostrarle que ni su eterna falta de respeto, ni su insolencia, harán flaquear mi inteligencia y le prometo ante todos, que si usted no demuestra con hechos lo que acaba decir, dese por reprobado en mi materia y créame que no le será fácil graduarse en esta universidad. ― Mostró una sonrisa sarcástica y carraspeando su garganta, atacó con todas las fuerzas posibles para hacerme quedar en ridículo. ― En el supuesto caso de que todo lo que dices sea cierto, ¿Me puede decir que va a suceder ahora?
Sus palabras no me impresionaron y creo que internamente eso le molestaba más que mi insolencia.
― Ahora… ― cerré los ojos y mi mente voló a velocidades inigualables. Moví mi cabeza y después de sentir una sacudida que recorrió todo mi cuerpo abrí mis ojos y lo miré fijamente. ― Creo que trae usted un fragmento de un texto que si mal no recuerdo se llama “La carga más pesada” en donde Nietzsche en un diálogo consigo mismo, se auto declama algo que pone al descubierto su eterno capricho al retorno.
Como un autómata, Bocaza sacó de entre sus tantos papeles el escrito que yo le había mencionado y empezó a leer…― «"Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: Esta vida tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces; y se te repetirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de la vida".» ― se detuvo bruscamente y abrió su enorme boca en señal de asombro, pero haciendo gala de su gran inteligencia reaccionó apaciblemente.
― Esto tampoco me convence. Usted pudo haber visto mis apuntes y saber que yo leería esta cita.
― Es cierto, pero no pude haber planeado… ― miré mi reloj y con gran serenidad señalé ―… que dentro de treinta segundos, se asomará por esa puerta su esposa, saludará y le pedirá que salga un momento porque necesita hablarle. Usted regresará preocupado y dirá que debe retirase porque tiene un problema en la familia. ― Todos mis compañeros e incluso el Dr. Bocaza quedaron perplejos y boquiabiertos. Pero lo más sorprendente fue, cuando al mirarnos a los ojos, ambos exclamamos a coro: «Si lo que usted dice es verdad, entonces me comprometo a que no entre más a mi curso y dese ya por aprobado en Filosofía.»
Nadie chistó. La espera pareció eterna. Llegado el tiempo señalado, la puerta de la sala de conferencias se entreabrió dejando asomar el rostro de una mujer, quien por su hermosura no merecía ser la esposa de tan horrendo personaje. Todo lo que había predicho estaba reproduciéndose al pie de la letra e inexplicablemente.
Un murmullo rompió el profundo silencio en el que nos habíamos sumergidos. En breve el Dr. Bocaza regresó y todos, como esperando una hecatombe, volvimos a quedar petrificados. Yo no pude aguantar la extraña sensación que volvió a sacudirme por segunda vez. Mi osamenta perdió toda la resistencia para soportar el peso de mi cuerpo y esta vez caí desplomado.
Unos días más tardes me contaron lo que sucedió cuando perdí el sentido. El Dr. Bocaza después de ayudar a unos compañeros de clases a trasladarme hasta el auto que me llevó al hospital, regresó con el resto del grupo y dijo en un tono muy solemne… « ― Les pido que me disculpen, debo retirarme porque tengo un problema en la familia.»
Todavía hay muchas cosas que aún no puedo explicarme, salvo que en mi boleta de calificaciones aparece un flamante “10” en la carrera de filosofía. Lo único que sé, es que desde ese día ― hace ya más de treinta años ― me convertí en un pulcro estudioso de Nietzsche y me aferré a la firme convicción de que su increíble teoría es totalmente cierta.
Con frecuencia se me han repetido hechos parecidos, pero después que suceden, nunca me acuerdo de nada y siempre, antes de desmayarme, aparece la misma voz, que estoy seguro es la de Nietzsche, quien, convencido de que su teoría del Retorno Eterno tendría un día, un gran amanecer, me repite al oído «Lo que puede ser pensado, tiene que ser con seguridad, una ficción.»

II

Hace unos días vino a verme a mi casa en México el Dr. Bocaza. Vino desde Cuba invitado por la Universidad Nacional Autónoma de México a dar un ciclo de conferencias sobre el Eterno Retorno. Ya muy entrado en años, completamente canoso y ayudado por un equipo de enfermeras que lo acompaña a todas partes. Su aspecto ya no era el de un inquisidor que demostraba al resto de los mortales que su mente había sido perfectamente diseñada para no dar cabida a la más ínfima estupidez humana.
Después de un rato de plática donde sacamos a flote un sinfín de anécdotas del pasado, Bocaza pidió a su equipo que nos dejaran solos.
― Voy a ir al grano, porque bien sabes que no me gusta darle muchas vueltas a las cosas.
― ¿En qué puedo servirle Doctor? ― pregunté con cierta dulzura al ver que de aquel hombre fuerte y testarudo no quedaba ya más que el asomo de algún gesto perdido.
― No tienes que servirme en nada. Este viejo está ya cansado y listo para cuando llegue el momento del viaje sin regreso. Sólo quiero que me escuches porque no quiero irme sin haber hablado con la única persona que puede entender lo que siento. ¿Cómo puedo explicarle al mundo que llevo mi vida consagrada a la enseñanza y que entre las tantas cosas que enseño, hay una en la que realmente no creo?
―Entiendo. Usted no creé en el Retorno Eterno… ― balbuceé en un tono muy bajo.
― En efecto. No has perdido ese don de leerme la mente… pero contéstame algo que eternamente me ha dado vueltas en mi cabeza. ¿Por qué tenemos que irnos, si el hombre eternamente regresa? ¿No es mejor quedarnos de una vez?
― Entiendo sus dudas Doctor, y eso me hace tener que desmentir su flamante terquedad. Usted ha venido a verme, no porque no crea en el Eterno Retorno, sino porque tiene miedo,  porque no se acuerda que pasó en realidad la otra vez que vino a mí y que saliendo de esta misma casa se subiría a lo que usted llama “Su viaje sin regreso”. Pero permítame decirle que Dios no quiere que una mente tan brillante como la suya deje de ser un ornato para el género humano. No. Usted vivirá muchos años más. Todavía tiene que cumplir su encomienda en este mundo; Convencer a la gente que piensa, que esta teoría es a largo plazo y que el destino del hombre está regido por el perpetuo oscilar del Eterno Retorno. Y créame Doctor que hoy usted lo va a comprobar.
Bocaza se puso de pie e hizo señas a una de sus enfermeras para que lo ayudaran a levantarse del sillón. Esta a su vez le indicó al chofer que acercara la Suburban. Su caminar era lento, pero firme. Antes de subirse al auto me lanzó una suplicante mirada. Yo sólo le regalé una sonrisa…

…Y justo en el momento cuando el chofer iba a arrancar la Suburban, un policía de transito le indicó que no lo hiciera.
― Me muestra sus documentos por favor. Está usted mal estacionado.― Dijo el emblemático policía mientras saludaba con un ademán de manos al resto de los presentes.
Treinta segundos era el tiempo que necesitaban para llegar al semáforo de la esquina, que nos mostraba su luz verde. Tiempo justo que empleó un coche naranja que pasaba al momento en que el policía los detuvo.
Sólo Bocaza entendió el porqué salí corriendo a abrazar al policía mientras le gritaba:
― ¡¡Usted es un enviado de Nietzsche!!
Un estrepitoso ruido desvió la vista de todos hacía la esquina. Un tráiler que circulaba por la avenida perpendicular a la que nosotros estábamos y a exceso de velocidad violó el alto indicado por la luz roja del semáforo, impactándose contra un auto naranja y haciendo que este volara por los aires. Ningún pasajero sobrevivió.
Bocaza se bajó de la Suburban, esta vez sin la ayuda de sus enfermeras. Sonrió y me preguntó:

― Creo que me quedo un rato más... ¿Tendrás un buen Tequila?


MI BLOG.

19 de enero de 2017

ADN del revivido: poesía ecológica

https://todosobreelmedioambiente.jimdo.com/ecolog%C3%ADa/


ADN del revivido:

Hace el rasguño de la ira en la  corteza
en la silueta semejante del monte
que una vez acompañó el banquete del alba
desbordando la copa de los ríos.
Provoca el espanto del ave gemela que emigra de la risa
para encontrarse el eslabón perdido    así
después en los laboratorios    
donde el juego a ser Dios con ADN del vecino
de una especie que le quita la “especia”      y el
 sabor de la Madre Natura en un nicho rasgado por pesuñas
que convierten a unas hostias en alas de mariposas.

17 de enero de 2017

Melancólico bostezo



Ante todo en Amanecía parto de aspectos humanos que son innegables: voluntad, sentimiento, vivencias. Pero lo que sucede es que estos aspectos no  son sino eso; aspectos de mi vida. De lo cual resulta que la realidad  que presento es solamente parcial; no soy yo sino tan solo una parte de mí. En estas condiciones, aquellos aspectos tomados para construir la historia no son propiamente hablando constitutivos de mi humanidad sino momentos más o menos fragmentados de una única realidad que es mi vida. Ahora bien, esta realidad es la que no aparece en la cotidianidad. Y en cuanto tal es misteriosa. En efecto, aun tomando cada uno de esos momentos en sí y por sí, ellos no constituyen, es más no justifican mi vida.

Nada me distingue de los demás, salvo esos momentos en que, siendo yo mismo, contemplo el mundo ensimismado. ¿Posesión de fuerzas y poderes extraños, irrupción de un fondo o enterrado en lo más íntimo de mi ser, o peregrina facultad para asociar palabras, imágenes, sonidos, formas? No es fácil responder a estas preguntas. Sin embargo, no creo que sólo sea una facultad. Pero si lo fuese: ¿de dónde viene? En fin, sea una cosa o la otra, lo cierto es que la radical extrañeza del fenómeno hace pensar en una dolencia que  el buen doctor no supo diagnosticar.

Y fue en ese acto de aprehensión las cosas al construir la historia desde el recuerdo que  no sólo se me actualizaron sino que además se me impusieron con una fuerza tal que me sentí esencialmente vinculado a esa realidad y a la verdad que ellas manifestaban. Esa realidad que construía en mi mente y que con el acto de la escritura traía al presente era más que cualquier cosa en concreto y se presentaba como el horizonte último que fundamentaba mi vida y me obligaba a ponerme en marcha. Esto es un poder que me ligaba a la realidad estableciendo con ella un vínculo, apoderándose de mi humanidad, Plenitud y vacío, vuelo y caída, entusiasmo y melancolía; “melancólico bostezo” que decía Calderón.

Mi singularidad se acentúa apenas se repara en mi origen social. Pertenezco a la clase media acomodada. Tuve una educación universitaria; unos refinados modales y gustos caros. En suma, soy un producto de esa burguesía. Y por eso mismo he sido, sin excepción, enemigo de la mediocridad y la cultura de la postración. Enemigo y víctima. Así, como una paradoja, se revela que solo puedo vivir como uno más, sin llamar mucho la atención para no  atraer las iras de los amos de la ortodoxia que no son más que mediocres como yo pero que ignoran su medianía.

Y por todo ello, heterodoxo cuando bendigo la rebeldía en contra del orden establecido, o como cuando me santiguo para provocar a la progresía, o como cuando ensalzo a La Gloriosa Unión Soviética para hacer tiritar a los bien pensantes.

Es decir agito la bandera libertaria para desenmascarar a los demagogos disfrazados de salvadores. Todos pretenden unifórmanos; unos de trajes de marca, los otros con  harapos. Y ahí es donde me revelo como nómada; como vagabundo por los cuatro confines y que siempre regresa a su ciudad, a su barrio, para seguir oyendo su adentro como un trueno que le revela la otra voz. Nunca la voz de “aquí y ahora”, ni tampoco la de allá; la otra, es la del que sufre y llora,

Mi singularidad no viene de las ideas o de las actitudes: viene de mi voz interna. Mejor dicho: del tono de mi voz. Es una voz indefinible e inconfundible y que se alza ante las consignas de lo políticamente correcto, de la cultura de lo ameno, de las presentaciones en PowerPoint – que lástima, tantos años de educación universitaria para terminar haciendo diapositivas ramplonas-. Es la marca de la diferencia. Del grito desgarrado entre los mudos por conveniencia o por temor; vacilante, a veces, por no tener ya certezas, pero siempre entre el llanto y la risa. Es pues, mi singularidad, una verdadera transgresión. Pero una transgresión casi siempre involuntaria y que aparece sin que me lo proponga. La transgresión brota, de no sentir indiferencia; no es un agregado ni un elemento postizo sino mi manera propia de ser. La razón de esta singularidad es poder reconocerme.

Mis escritos pueden ser  manidos por sus temas, su lenguaje y su forma, pero por su naturaleza profunda son singulares. Expreso en ellos realidades que trascienden la cotidianidad; mundos y estados íntimos que no sólo son míos sino impermeables a los cambios de perspectivas que pueda aplicar el lector. Desde mi interior he convivido con diferentes sociedades y sus anhelos, y aunque mi visión sea parcial, está siempre impregnada de mis vivencias.

Ahora bien, aunque mi historia está atada a un suelo y a unos acontecimientos, siempre está abierta, en cada una de sus manifestaciones, a un más allá que es lo que hago cuando lo empapo de emociones. No aludo a un más allá mágico: hablo de la percepción del otro lado de la realidad; que es una experiencia común a todos y que me parece anterior a todo razonamiento lógico.

Y es que en un mundo regido por la lógica del mercado, por la eficacia, mi vida es una historia de rendimiento nulo y algunos hasta me llamaron parasito- ya me gustaría a mí parasitarme a un banquero, como una sanguijuela, para devolver a la vida lo que ellos antes robaron.

Y no tengo más remedio que reconocer que mis productos son escasamente vendibles y poco útiles (salvo como laxante para expulsar certezas). Para esas mentes, aunque no lo reconozcan, mis relatos les dan energía, tiempo perdido (conmigo) y el talento de mofarse de tanta dignidad. Porque lo reconozco, soy de poca utilidad y lo peor de todo es que me enorgullezco de ello.

Mi valía y mi utilidad no son mensurables; soy un hombre rico en vida aunque tenga menos riqueza que un mendigo. Tampoco siento la necesidad de atesorar: tengo  la necesidad de gastar esa vida. O sea: vivirla. Gran misterio: mi vida contiene riquezas a condición de no guardarla. #Amanecía






16 de enero de 2017

De lo efímero a lo sublime



En esta época de  “incierto presente”, la mayor parte de las personas comenzamos a albergar “deseos de anticipación”, suerte de sentimiento de espera, confiada y paciente, para que, tarde o temprano, se materialice, se transforme en realidad, el deseo que se porta  en lo más íntimo con todas las fuerzas del alma. Tal vez, sea este el modo más indicado y concreto de definir el sentimiento de la esperanza. Se trata, en efecto, de una actitud viva y confiada en  un futuro mejor y de eso trata Amanecía.


Al escribir estas reflexiones he recordado una y otra vez, no sin cierta furia, las luchas que durante estos años y en distintos países sostuve contra todo pronóstico por mantener la esperanza. En una época donde, una doctrina pretende someter nuestro destino a los dictados del mercado, en nombre de una liberación que no es más que postración a los poderes económicos sin más supervisión que la que quiere fijar ellos.


Frente al desencanto que esto provoca, marcados por el imperio del mercado, me siento llamado a escuchar “la otra voz”, que es, en primer lugar, la del propio yo, la de la interioridad, en segundo lugar, la de los demás, a través del encuentro y, en tercer lugar, la conciencia de la finitud.


Más allá de la suerte que el porvenir me reserve, algo me parece evidente: la institución del mercado, ahora en su apogeo, está condenada a cambiar. No es eterna. Ninguna creación humana lo es. Ignoro si será modificada por la sabiduría de los hombres, substituida por otra más perfecta, o si será destruida por sus excesos y contradicciones. En este último caso podría arrastrar en su ruina a las instituciones democráticas. Posibilidad que me estremece pues entonces entraríamos en una edad obscura, como ocurrió hace unas décadas en la historia de Europa No necesitamos recordar el imperio de barbarie que asolo Europa. Ahora bien, ocurra lo que ocurra, es claro que el estúpido desprecio hacia el talento humano tiene que cesar pronto, si es que queremos sobrevivir como sociedad. La causa de este gigantesco disparate es reducir todo a los costes de producción. ¿Y qué tiene que ver esto con la literatura?


Pues bien, estamos inmersos en una actividad de alta eficacia pero sin dirección y cuyo único fin es producir más y más para consumir más y más. Esa obtusa política de la mayoría de los gobiernos de los países europeos, ha contribuido a la creencia  y contaminación de las mentes de que todo el entramado social se reduce a una cuenta de resultados. ¿¿¿Ay Antxon, quien te ha visto y quién te ve??? De pequeño burgués a poeta revolucionario.


Pero alguien debe decir que ninguna sociedad ha sobrevivido, con esa fatalidad tan ciega, excluyente y destructiva. Y a esa pregunta: ¿Qué debo hacer? Nace mi necesidad de escribir, de relatar lo  que ocurre. Y es que, la coyuntura que acabo de evocar se está manifestando, cualesquiera que sea nuestras instituciones políticas y sociales e independientemente de nuestras creencias y opiniones, en forma de desigualdad y exclusión. De hecho, ya se ha presentado y en términos más y más perentorios y amenazantes. Incluso puede decirse sin exagerar que el tema central de este mi relato no es el de una historia personal, más o menos interesante. Lo urgente que plantea Amanecía, es saber cómo vamos a asegurar la supervivencia de los ciudadanos. Sí la supervivencia, pues cada vez son más los analistas que alertan que en esta revolución digital no se va a parar día tras día de destruir empleo y lo que es peor la empleabilidad de miles de personas que quedarán al margen.


Ante esa realidad, ¿cuál puede ser la postura que debo tomar? ¿Qué puedo decir desde la escritura? La gente suele encontrar ridículo e incluso terrorífico todo lo que pueda trastocar su cotidianidad. Lo perciben como una trasgresión de su óptica, ven trastocada la esencia de todo aquello con lo que han ido construyendo su mundo, incluso ven cuestionado el futuro a donde quieren ir. Y mis palabras surgen tan solo de haberme encontrado al otro lado de la puerta y por ello, mi conciencia anestesiada despertó a una pesadilla.  Y es que en estos tiempos de crisis pocos son los que hablan de equidad y colaboración. Único medio de llegar a una sociedad nueva. Como mucho, un pequeño apunte en la memoria de actividades.


Ya he indicado que nací a  la influencia de ciertas realidades enterradas, y mi vocación por contarlas, resucitarlas y presentarlas. Ante la cuestión de la supervivencia de nuestra sociedad  asolada, mi respuesta no puede ser otra. Mi influencia aunque sea indirecta: sugerir, inspirar e insinuar. No demostrar sino mostrar. El modo de operar este pensamiento es a través de la imaginación y ésta, esencialmente, me ha servido para poner en relación realidades contrarias o diferentes. Todas las formas que utilizo, todas las figuras del lenguaje, de esa forma adquieren un rasgo en común: buscan y, con frecuencia, descubren verdades ocultas en nuestra existencia En los casos más extremos, unen a los opuestos. Comparaciones, analogías, metáforas y los demás recursos usados: todos tienden a producir imágenes en las que pactan el esto y el aquello, lo uno y lo otro, los muchos y el uno. Esa operación concibe al lenguaje como un universo animado, recorrido por una doble corriente de atracción y de repulsión. En el lenguaje se reproducen las luchas y las uniones, los amores y las separaciones. Cada párrafo en Amanecía, cualquiera que sea su tema, su forma y las ideas que lo informan, es sobre todo un pequeño cosmos animado. El párrafo refleja la solidaridad de las ideas que a lo largo de toda la novela se expresan. Espejo del alma Amanecía es un modelo de lo que podría ser nuestra sociedad. Frente a la destrucción del tejido de la sociedad civil Amanecía ejercita nuestra imaginación y así nos enseña a reconocer las diferencias y a descubrir las semejanzas. Puesto que nuestra existencia es un tejido vivo de afinidades y oposiciones. Prueba viviente de las implicaciones de nuestras vidas; cada vida es una lección práctica de armonía y de concordia, aunque sea desde la discordia, la soledad del hombre abandonado a su suerte; el hundimiento de la conciencia en el fango de la utilidad. La escritura es el antídoto a la sinrazón. A eso se reduce lo que podría ser, en mi tiempo y en el que llega, la función de mi escritura.
¡¡¡Casi nada!!!

La cuestión de principio, se enlaza naturalmente con la de mi propia supervivencia en un mundo desquiciado. A su vez, esas preguntas que me surgen con urgencia y gravedad, las voy dando respuesta. Los primero es contemplar atónito, durante un instante inacabable, mi propia estupidez. Desde entonces, no he cesado de verme en ese espejo de la vida. Y me he visto, simultáneamente, como creador de imágenes y como imagen de mis creaciones. Por esto, puedo decir con un poco de seguridad que, mientras tenga vida, necesitaré de la escritura para expresarla, o celebrarla si viene al caso. Pero la relación puede romperse. Nació como una necesidad pero puede quebrarse si la imaginación la pongo al servicio de otras cosas. Si olvidara el fin último de mi escritura, me olvidaría de mí mismo. Regresaría al caos de mi vida.

Y es que la literatura parece ocuparse sólo de fantasías pero quizá diga la verdad. Más todavía, el lenguaje se convierte en un verdadero incendio para las mentes despiertas. Y este lenguaje se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de angustia.


Es el caso, que la esperanza se ha manifestado en Amanecía como referencia obligada de mi  ser social, incluso más allá de lo estrictamente personal; dado que tanto en lo uno como en lo otro sirve de fundamento; la esperanza ya es, pues, parte  constitutivo del universo que habita la novela Amanecía; justamente porque, como afirma Walter Benjamin: “Solo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza”. Y que como él, pretendiendo vivir de acuerdo a mis ideas, me condujo a vivir situaciones muy difíciles. Y no puedo ocultar el temor que me produce esa espera.


Y es por ello, como en  Ángelus Novus, de Paul Klee” - motivo que sirvió de inspiración a Benjamin -, que es inevitable una visión pesimista del devenir histórico como un ciclo incesante de desesperación. Quizá sea por eso que toda época que muere, que llega a su ocaso, cobija su agonía en la esperanza. Y fue justo ahí, en ese inagotable manantial de las enseñanzas de la vida, que Antxon aprendió a concebir la esperanza y el temor como dos caras de una misma moneda. Quien espera abriga el temor de que lo que espera no llegue a producirse. Quien teme guarda de continuo la esperanza de que no se produzca lo que teme. Con estos caracteres fue escrita la historia de Amanecías, como signo de revocación y muerte.


Y al hablar del desencuentro como experiencia  que se revela al protagonista, es pertinente hablar de la figura de Antxon como del sujeto que experimenta un contacto sui generis con esa realidad,  y que aprende a interpretarla desde la otra voz. Así, experimenta y vive la realidad mediante Ellas. Ahora bien, estas experiencias las pueden tener todos ustedes, en cuanto a su condición humana y su naturaleza, sin que ello signifique que todos sean de facto protagonistas; esas experiencias tendrán ese carácter único al darse en un momento especial, cuando la inspiración me visito, cuando el lenguaje, o la palabra, tomo mi mano y escribió por mí la historia. Por ello, aunque la historia no tenga una connotación especial, al ser la mía, la importancia la adquiere, no solo por ello, sino  justamente por componer un relato que incendia el corazón humano, al traer a mi experiencia la visita de esa otra voz, de esa otra cara de la realidad, la experiencia se expande no sólo pata el protagonista sino al lector y, así, participa del mismo acto de encarnación de la palabra y de la inspiración. Es decir, la experiencia del que narra se incorpora a la experiencia de todo el que lo lee en cuanto tocado por la vida. Pero hay más; la noción de narrador abarca no sólo a quien relata esta historias sino a quien, en general, usa el lenguaje como vía para acceder a la palabra, a su fuego e inspiración, y aquí uso el término para designar a los escritores y novelistas, que necesitan del genio y de la inspiración. Leamos lo que escribo sobre la dialéctica del escribir:

“He escrito Amanecía movido por impulsos encontrados: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y por miedo a ella, por ansia de comunión, para preservar la memoria y para escapar de ella y para poder echar a volar. En suma, para vivir y para perdurar.”

Vivo pues, entre la revolución y la pasión, saliendo al encuentro de la otra voz. La voz es otra porque es la voz de las pasiones y las visiones; es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es del  hoy sin fechas.

#Amanecía