"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


30 de agosto de 2016

Los juicios literarios en el Quijote

Mediante "El escrutinio de la biblioteca", el propio Cervantes emite juicios sobre las obras literarias de su época


Por Leonardo Venta

La primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha  es precedida por un prólogo, escrito por el propio autor, matizado por destellos mordaces que, entre otros elementos, se mofa de la afectación erudita de la literatura de su época: “- Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá (…) cuando vea que (…) salgo ahora, con todos mis años a cuesta, con una leyenda (…) sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros (…) tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes?”.
              En las valiosas notas preparadas por Francisco Rico Manrique para la Edición del IV Centenario del Quijote, 2004, realizada por la Real Academia, apunta el filólogo y académico catalán: “Al publicarse el Quijote , la literatura romance de mayor prestigio era la que se presentaba como inspirada por la alta cultura clásica y formulada en un lenguaje sólo accesible a los más doctos (…) ‘Turba lega’ llamaba Góngora a quienes no exhibían ‘ático estilo, erudición romana’; y como ‘ingenio lego’ se definía Cervantes a sí mismo en el Viaje del Parnaso”.
            Hay quienes opinan que la universalidad y prestigio del Quijote se debe a un zarpazo de suerte de Cervantes, con lo que no estamos de acuerdo; ya que al adentrarnos en la novela, y descubrir el vasto conocimiento que Cervantes tenía de los escritores de su época, nos convencemos cada vez más de que no hubo tal lúcida estrella, sino la elaboración de una obra monumental que refleja y analiza el profundo caudal literario que le precedió.
            El prefacio está poblado por hilarantes poemas: décimas de cabo roto, sonetos,  que encomian la propia obra del autor, a la usanza de aquel tiempo, para tutearse con piezas como el Amadís de Gaula de Garci Rodríguez, que tuvo un éxito sólo comparable al de las superventas contemporáneas.         
            En el prólogo a la segunda edición que la Editorial Porrúa realizó del  Amadís de Gaula, en 1971, el profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Arturo  Souto Alabarce expresa:

“Quizá sea exagerado pensar que sin el Amadís no se hubiera escrito el Quijote, pero lo cierto es que Cervantes hace más que imitar la estructura, la trama de la obra. En este aspecto lo sigue casi a paso a paso, pero es en cosas más profundas, esenciales, donde Cervantes encuentra una fuente de inspiración: la fidelidad amorosa del Amadís; el hecho de que declare, más de una vez,  no necesitar la presencia física de Oriana, pues la tiene siempre en su corazón, en su fe; y queda por subrayar todavía el hecho de que Garci Rodríguez, en Las sergas de Espladián, inicia el juego cervantino de la intromisión del autor en las andanzas de sus personajes, el juego de la nivola que aprovecharían mucho más tarde Unamuno y Pirandello y que es uno de los elementos cruciales en el desarrollo de la novela moderna".

            Ser caballero era el anhelo del tal Alonso Quijano, que enloquece leyendo libros de caballerías, y en su noble saludable locura, enfrentándose a la hostilidad burda de la existencia, contra toda lógica, se hace caballero medieval, para desarmarnos de nuestra rígida sensatez de “leyente”. Para estar a tono con Cervantes me valgo del arcaísmo “leyente”, empleado en el Quijote, y no el de lector, como corresponde al castellano actual.
            Un cura y un barbero revisan los libros que han enloquecido a nuestro caballero andante, y lanzan a la hoguera aquellos que encuentran responsables de su mal. No sin antes el sacerdote, que representa la fuerza inquisitorial y la ilustración en manos de pocos, y el barbero, que, en contraste, simboliza el vulgo, en su función iletrada de obedecer ordenes, emiten juicios que obviamente provienen del mismo Cervantes sobre las obras de su época.
            Asimismo, en su primera gran y más célebre aventura junto a su escudero Sancho, don Quijote se enfrenta a molinos que cree gigantes, y después de caer ante el primero de ellos, totalmente lastimado, al su escudero señalarle su grave error, con insuperable maestría imaginativa el Quijote insiste en que el sabio Frestón, el mismo que le había robado los libros, había transformado a los gigantes en molinos al momento de encimarse sobre ellos para robarle la gloria de su hazaña.
            Con respecto a la excusa que le da su sobrina al Quijote sobre la desaparición de los libros que le causaban su locura, confiscados por el cura y el barbero, leemos en el capítulo VII de la Primera Parte de Don Quijote: “(…) un encantador que vino sobre una nube una noche (…) entró en el aposento , y no sé lo que se hizo dentro , que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno (…) – No sé –respondió el ama– si se llamaba Frestón o Fritón (...)”. A quien se refiere el texto es a Fritón, el mago y supuesto autor de Don Belianís de Grecia.
            Por otra parte, Cervantes no cesa la crítica literaria que había iniciado en “El escrutinio de la biblioteca”, capítulo VI.  En los capítulos XLVII  y XLVIII  –si convenimos en que el autor se vale del canónigo de Toledo para emitir sus juicios literarios–  concluiremos que desfavorecía las “fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar”, mientras pondera las “fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente”; además, opina que el elemento fantástico (que el canónigo llama ‘mentira’) en la literatura resulta más aprovechable “cuanto más parece verdadera y tanto más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible...", lo que se acerca al concepto que tenemos hoy de suspenso.
             En el capítulo XLVIII de la Primera parte, constatamos la manera en que al curan le exasperan los anacronismos, la desfiguración de lo histórico y las invenciones de milagros: “Pues ¿qué si venimos a las comedias divinas?  ¡Que de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros del otro!”. Incluso, divisamos abiertos ataques a su archienemigo Lope de Vega, cuando el canónigo señala: “(…) véase por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio de estos reinos con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama; y por querer acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfección que requieren”.
            En tanto, en el capítulo III de la Segunda parte se nos presenta a través del bachiller Sansón Carrasco la reflexión sobre el texto en sí. Carrasco es lector de la obra del historiador moro Cide Hamete Benengeli, que en la ficción, aparece como primer autor del Quijote, y al que se refiere expresando que “hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos”, para luego, entre otras observaciones, esgrimir un juicio sobre la Poética de Aristóteles: “(…) pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”.
            Isaías Lerner, en su estudio sobre ‘la parodia e invención’ en la Segunda parte del libro, sugiere la necesidad del autor en legitimar la obra, a través del auto examen, como comprobamos en los juicios sobre la novela emitidos por Carrasco en el capítulo III.  “Pero de 1605 a 1615, Cervantes debió enfrentar el desafío de la creciente popularidad de su libro, la necesaria atracción de otros lectores y la aparición de un apócrifo en 1614, cuando más de la mitad de su Segunda parte estaba ya escrita”, afirma Lerner. En el capítulo V, aparece “la intervención del traductor inventando en la Primera parte para parodiar la fórmula de los libros de caballería que proponía el encuentro de un misterioso manuscrito en lengua ignota”, agrega Lerner. En la Segunda Parte el lector descubre que el traductor es igualmente censor: “(…) venían tres labradoras sobre tres pollinos, que el autor no lo declara”.
            En el capítulo LIX, Cervantes arremete contra la segunda parte apócrifa de Don Quijote, escrita por Alonso Fernández de Avellaneda. En una venta se habla sobre dicha versión: “– ¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?". Don Quijote la llama falsa: “(…) es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia”.
            Desde el mismo primer párrafo del prólogo al Segundo Libro, el de 1615, Cervantes arremete contra el apócrifo publicado por Avellaneda, con pie de imprenta en Tarragona, en 1614. Además, en el mismísimo vasto párrafo final de su inmortal novela, Sancho expresa: “(…) solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero”.
            El tema de Avellaneda y su tan odiada por Cervantes novela apócrifa, vuelve a resurgir en el capítulo LXX. Aquí, Cervantes lo sitúa en el preámbulo del Infierno, así como emplea la técnica de alejamiento del autor de los juicios emitidos en el texto, mediante el empleo de un narrador ambiguo: “Dijo un diablo a otro: ‘Mirad qué libro es ése’. Y el diablo le respondió: “Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas". Sonreímos, inmediatamente, gracias al espléndido ingenio cervantino, al leer: “Quitádmele de ahí, –respondió el otro diablo– y metedle en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos".
            Al llegar el final del amado libro, su fantasioso protagonista yace en el lecho de muerte. Recibe al cura, al bachiller, al barbero y a su entrañable amigo escudero. Recobra el juicio, lo que constituye la anagnórisis del teatro griego: vuelve a ser Alonso Quijano y reniega de los libros de caballerías. Pulsando los latidos demoledores de la muerte, se confiesa y realiza su testamento. Después de tres días de agonía, muere.

            En el largo párrafo que baja el telón de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes arremete nuevamente contra Avellaneda, y pone en tela de juicio las historias de los libros de caballerías; “(…) a quien advertirás [Avellaneda], si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa, donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuyas noticias llegaron, así en éstos como en los extraños reinos".

20 de agosto de 2016

Literatura para niños, de Pedro Merino


Hola, amigos: les quiero anunciar en este blog donde confluyen varios autores latinoamericanos, la disponibilidad en Amazon y CreateSpace de mi libro sobre cuentos infantiles-juveniles, sobre todo para niños de entre 8 y 12 años. Aquí la sinopsis de CUENTOS PARA NIÑOS. También están seis partes del libro, con dos y tres cuentos, para hacer más asequible su adquisición y su lectura.

12 cuentos para niños desde 8 hasta 12 años, especialmente, donde cada historia hace soñar y razonar en esa edad más temprana respecto al cuidado de los animales, su alimentación, el medio ambiente, la interacción con otras mascotas de su especie y de otras especies en un mundo cada vez más hostil para el entorno animal que ve reducirse, año tras año, su espacio en la convivencia con el hombre.
CONTIENE cerca de 100 ilustraciones a color que explican cada cuento.

Más cubiertas del libro que está divido en seis partes. Si desea adquirir el volumen completo, la mejor opción sería Cuentos para niños.

Adorables mascotas                                         La cigarra muda & Foki  el gozque                                                          

Gata amarilla                                                     Miquito &     Susel

 

Tita y Tato & El pájaro gris                             Pupy & Pancha

     
                                    
                         NOTA: haga clic encima de los títulos para leer la reseña. Gracias.


29 de julio de 2016

Yo no sé del amor.


Yo no sé del amor. 

Yo no sé de esas cosas del corazón donde se duermen todos los sentidos y el invierno se derrite como una vela, no sé de esas alturas que parecen ser cosas de adultos donde  sin importarles caer sobre la cuesta, se lanzan tapándose los ojos.  

No sé de aventuras y conquistas, de pañuelos perfumados o  pasiones y besos de una noche, menos de melancolías o eternos recuerdos, de músicas llenas de historias  azules. 

No hay nada más bello eso creo, que creer en un cuello y unos labios, quedarse con los recuerdos más dulces de la oscuridad como un gesto generoso sobre tu pecho. 

Pero hay quienes creen que los sueños y el amor se parecen, que se balancean con la misma satisfacción, que son la misma costumbre y los mismos juegos. 

Hay quienes  creen que el amor persigue pintarse en una pared o en el calor de un poema,  que pasea por buenas manos cuando se toman un café o se fuman unos puros, otros creen que se ofrece como una noche descalza y desnuda, o como un día de primavera en domingo. 

Después de tanto indagar, puede  que si te acuerdas de mí mujer y del instante aquel donde sobre las uvas como un ladrón te robé toda tu  sonrisa para quedármela mía, entonces el amor se le ocurrirá  seriamente plantarse  bajo el cielo, y creer en nosotros sin distraerse.

Tony Pichs. 
Poeta Cubano 
Copyright@2016  

4 de marzo de 2015

A propósito de Escribiendo un ensayo

A guisa de prefacio
Muchas son las dudas sobre escribir un ensayo. Ese género literario pertenece a la no ficción. O sea, es verificable. No tiene historia. No puedes mentir.
Me centraré en detallarles dos grupos de ensayos: el de nivel medio o secundario (principiantes) y el de nivel superior o profesional (expertos). Primeramente, el ensayo consta de tres partes: introducción, desarrollo, y conclusiones. Y puede tener  cinco (5) o seis (6) párrafos. Vamos  a escribirlo en cinco solamente. ¡No te compliques!
Ahora bien, antes de comenzar a escribir un ensayo, usted tiene que pensar primero en las palabras claves que vas a seleccionar y que guarden relación con el tema a investigar.
Primero que todo, tienes que escribir esas palabras en una hoja aparte. Dichas palabras van a formar un brainstorm cuya traducción del inglés al español es “tormenta de ideas”,  las cuales vas a profundizar más adelante en el ensayo.
Supón que entre los varios temas que te dieron a escoger aparece LA TELEVISIÓN.
En seguida vas a escribir en esa hoja aparte diferentes términos relacionados con la televisión. O sea, tienes que pensar rápido porque el tiempo apremia en un examen.
A continuación esas palabras o términos que escribiste en esa hoja aparte son: educativo, costo, informativo, periodistas, promocional, empleados, medio, etc. Sin embargo, solo tres términos serán suficientes para la ¨declaración  de la tesis¨, o thesis statement, en la INTRODUCCIÓN. Dichos términos son: educativo, informativo, y promocional. O sea, escogiste solo 3 (tres) términos o vocablos, no cuatro ni cinco. ¡Solo tres!

El autor del Blog Quinta de la Caridad


NOTA: si deseas recibir gratuitamente una copia de Escribiendo un ensayo, favor de escribir a pmerino67@yahoo.com

28 de febrero de 2015

2 poemas (Leandro Murciego) y 2 reportajes

Aquí dejo dos poemas que forman parte de mi blog Poesía a Mano Alzada (para leerlos y escucharlos)

Hay días en los que uno se despierta
con la boca reseca y con un sabor amargo
y áspero parecido a la nostalgia,
repleto de faltas; muerto de sed...
Sed de viejos amigos, de empedrados
que susurran tangos y rezongos,
del recuerdo de todos mis otros...
Y de ese uno que quedo allá
y que no siguió a este otro.
Leandro Murciego
(Ida y vuelta)

Aquí el recitado en mi voz (Leandro Murciego), este audio forma parte de la 2da Parte del Reportaje que me realizó Nelson Jiménez Vivero de la emisión del 7/12/2014 de hoy 31/11   IDA Y VUELTA (Audio en Sound Cloud)

 
 
Hay días que como por demás para tapar las faltas,
me lleno de imágenes que no entiendo ni concibo,
me aturdo de palabras hasta quedar sordo,
me retuerzo en el techo buscando la paz
que sólo sabe dar tu pecho;
me sumerjo de un salto en todos, y cada uno,
de los recuerdos, que sin querer concebimos.
Y una y otra vez caigo dentro mio
y te encuentro, siempre te encuentro,
ocupando mi vacío.
Leandro Murciego
(Lleno de vacío)
 
Para escuchar el poema en la voz de Nelson Jimenez Vivero Hacer clic aquí
 
Para leer más TEXTOS MÍOS Hacer clic aquí



Debajo del sombrero, programa que conduce Nelson Jiménez Vivero que se emite por Punto y Seguido Radio Dos de los grandes placeres que me propuso 2014 fueron los programas radiales que me dedicó el poeta y cantautor cubano Nelson Jiménez Vivero en su programa Debajo del sombrero).

El reportaje sirvió para armar dos programas de una hora de duración que aquí se los dejo para los que quieran escucharlo y saber un poco más sobre este servidor (Leandro Murciego).




 

Los programas están ON LINE (tanto para Escuchar como para Descargar)
Debajo del sombrero
  


 
 

Final de boca (Leandro Murciego)

ESte poema fue publicado en el Poemario Erotius de Amanda Reverón.
Valga este posteo para invitarlos a visitar su espacio literario "La casa que soy"
 
pintura erótica
Obra de Camil Giralt (Barcelona - España) www.camilgiralt.com (Ilustración de Final de Boca, de Leandro Murciego)


Te recorro en silencio, casi sin parpadear,
me entrego a la sombra de tu cuerpo desnudo;
me despojo de todos mis prejuicios,
los tiro bien lejos con la clara intensión de olvidarlos
cuando por la mañana me vaya masticando sueños.
 
Y te busco,
desesperadamente te busco,
con la punta de mis dedos,
con la yema de mi lengua;
con mis ojos que repentinamente
se enamoraron de los tuyos...
Y te recorro, milimétricamente,
con la sed del conquistador,
con la fe del peregrino,
y cuando creo que ya todo está perdido
encuentro tu nombre y apellido
en el final de mi boca,
entre delicadas notas
de flores y roble.
Te encuentro justo allí,
donde los buenos vinos
se gozan.
 
Leandro Murciego
(Final de boca)
 
 
Para leer TEXTOS del autor de este blog (Leandro Murciego)  Hacer clic aquí







Rafael Alberti vs. Jorge Guillén

Duelo literario Rafael Alberti – Jorge Guillén,
en Poesía a Mano Alzada

(para ver los otros rounds y votar hacer clic aquí)

Dibujo

Estes es uno de los 5 asaltos del duelo que sostienen en Poesía a Mano Alzada (www.poesiaamanoalzada.com.ar) Rafael Alberti y Jorgue Guillén. Dos de los grandes artistas de la Generación del 27. Este juego literario propone a los lectores votar, round a round, el poema que más le gusta en una encuesta que se extiende a lo largo de 7 confrontaciones. A falta de tres rounds para el final está liderando el duelo Alberti, sólo por un par de votos.

Les propongo formar parte del duelo con sus votos. Para votar hagan clic en las palabras naranjas que se encuentran en este posteo... Este quinto asalto propone dos poemas La sangre al río (Guillén) y Desahucio (Guillén).

Llegó la sangre al río.
Todos los ríos eran una sangre,
Y por las carreteras
De soleado polvo
—O de luna olivácea—
Corría en río sangre ya fangosa
Y en las alcantarillas invisibles
El sangriento caudal era humillado
Por las heces de todos.
Entre las sangres todos siempre juntos,
Juntos formaban una red de miedo.
También demacra el miedo al que asesina,
Y el aterrado rostro palidece,
Frente a la cal de la pared postrera,
Como el semblante de quien es tan puro
Que mata.
Encrespándose en viento el crimen sopla.
Lo sienten las espigas de los trigos,
Lo barruntan los pájaros,
No deja respirar al transeúnte
Ni al todavía oculto,
No hay pecho que no ahogue:
Blanco posible de posible bala.
Innúmeros, los muertos,
Crujen triunfantes odios
De los aún, aún supervivientes.
A través de las llamas
Se ven fulgir quimeras,
Y hacia un mortal vacío
Clamando van dolores tras dolores.
Convencidos, solemnes si son jueces
Según terror con cara de justicia,
En baraúnda de misión y crimen
Se arrojan muchos a la gran hoguera
Que aviva con tal saña el mismo viento,
Y arde por fin el viento bajo un humo
Sin sentido quizá para las nubes.
¿Sin sentido? Jamás.
No es absurdo jamás horror tan grave.
Por entre los vaivenes de sucesos
—Abnegados, sublimes, tenebrosos,
Feroces—
La crisis vocifera su palabra
De mentira o verdad,
Y su ruta va abriéndose la Historia,
Allí mayor, hacia el futuro ignoto,
Que aguardan la esperanza, la conciencia
De tantas, tantas vidas.
Jorge Guillén
(La sangre al río)
 
 
 
Ángeles malos o buenos,
que no sé,
te arrojaron en mi alma.
Sola,
sin muebles y sin alcobas,
deshabitada.
De rondón, el viento hiere
las paredes,
las más finas, vítreas láminas.
Humedad. Cadenas. Gritos.
Ráfagas.
Te pregunto:
¿cuándo abandonas la casa,
dime,
qué ángeles malos, crueles,
quieren de nuevo alquilarla?
Dímelo.
Rafael Alberti
(Desahucio)
 

(Para ver los otros rounds entre Guillén y Alberti y votar hacer clic aquí)

 

26 de febrero de 2015

DESOVILLANDO
//

Por unas palabras suyas

aderezadas en alfabeto binario
vengo a subastar el alma,
la libertad,
mi escapulario,
no importará si me cierra su casa
con un portazo,
porque su vientre es refugio
el centro es y corolario,
desde donde alzan su vuelo
mis verdades como abrazos.
//
Por un saludo mezquino,
entresacado con desgano,
oteo  deseos y el vino,
que son reos en sus labios,
sus perfumes asesinos,
sus terrores solitarios,
mariposa de luz y brillo,
que no osa romper larvario,
falso ovillo, cruel sagrario,
seco ombligo sin milagros,
gritos en tono lapidario
//
Por hurtar un universo
de mieles que nutran
como eterno orgasmo,
haré lumbre de mis versos
y reptaré  por las redes
de su inquieto regazo,
donde los sexos se besan
donde la Luna está desnuda,
plateada Luna en sagitario,
desovillando las cadenas,
manos que por posesas
son como elíxir en secano,
aguas llenas de vida
y de incienso libertario.
//
© Eduardo Vladímir Fernández Fernández, 2015

A propósito de Escribiendo un cuento

A guisa de prefacio
El cuento es un género literario que pertenece a la ficción. Desafortunadamente,  es uno de los géneros literarios más abusados por ¨cuentistas¨ desde hace varias décadas. Muchas generaciones de narradores o escritores han apelado al libre albedrío de la creación en esa aventura de la narrativa corta. A través de la digresión y la anécdota se han construido mundos imaginativos que no han dejado deseos de una relectura a los discriminados e irrespetados lectores.
De ahí que muchas editoriales prestigiosas se hayan mostrado reacias a publicar cualquier fardo de hojas que esboce o se asemeje al cuento.
Cabe  aclarar que la narrativa se subdivide en tres segmentos: el autor, el narrador, y los personajes.
En pocas cuartillas voy a trazarme el reto de ¨desmembrar¨ las siete características del cuento que son: gancho o ¨hook¨, síntesis, conflicto, intensidad, tensión, economía de medios, elipsis, que esperamos conquiste al lector y que el futuro cuentista quede agradecido.

El autor del blog Quinta de la Caridad

NOTA: este es un ebook que deseo hacerlo llegar a tod@s los quieran aprender a escribir un  cuento. Favor de comunicarse por email (pmerino67@yahoo.com)

19 de febrero de 2015

LLANTO DEL RAPAZ
//
En la cresta de la nube
suelo avizorar
la vastedad mutante,
donde hormiguea voraz
el destino.
//
Como un obús
hambriento de hastío
me precipito alucinando
sobre el indefenso nido,
ciego de angustias,
borracho de opio
y sombrío,
execrable soy,
gavilán o halcón,
soy yo el rapaz,
la saeta tremebunda
del camino.
//
Manos enfundadas
en elegante guantelete
de señor altivo,
conducen mi percha,
para controlar
con mimos de cetrero
mi impulso asesino.
//
Nada me perturba,
ni la indefensión,
ni el miedo al abismo
 pues no tengo Dios,
ni creo en los cielos,
ni en el tormento del averno,
sin dimensión tangible,
hondo y mohíno.
//
No hay oración,
ni sacramento pío;
no hay devoción,
ni halo del amor,
ni apego tierno,
ni un soplo de trino
que perfumen el hedor
de ser marioneta
del hombre maldito.
//
Empero,
yo que nací muerto
y que soy instrumento
del ocio envilecido,
quisiera ser sólo rapaz
en la medida justa
de mi natural sino,
sin servir al amo
que me selecciona
y usa mi brío
en perjurio del sol,
quien regala su aliento
a todo lo vivo.
//
Libre quiero estar,
 ojos sin capucha
en mi propio nido,
en vez de medrar
como un sicario,
ni sembrar la muerte,
ni volar drogado,
ni vivir dormido...
//
© Eduardo Vladímir Fernández Fernández, 2015





11 de febrero de 2015

Traslaciones



Para Mercy, la Pastora
Suena el despertador y lo pienso dos veces antes de abrir los ojos, tratando de adivinar dónde estoy. Quiero saber si me he trasladado durante el sueño, para evitarme decepciones. (A falta de una palabra mejor he dado en llamar traslaciones a estos inexplicables incidentes.) Tanteo a mi alrededor y respiro, aliviada: la suavidad del colchón, la blandura de las almohadas, el aire acondicionado que me acaricia los poros indican que estoy en mi cama. Aunque… ¿acaso la otra no es mi cama también?
Despego los párpados y contemplo mi cuarto con la claridad que me dejó la operación con láser, la que me liberara hace dos años de los odiados espejuelos. Y recuerdo de pronto todo lo que tengo pendiente: revisar la cámara oculta que debió filmar mis andanzas durante el tiempo en que no estuve (o no estuvo mi espíritu) en ésta, mi casa californiana. Y la cita con el psicólogo. Hoy me toca encontrarme con el Dr. Patterson, que debe de considerarme uno de los bichos más raros que ha tratado en su larga carrera de loquero profesional.
Lo bueno que tienen estas traslaciones, si es que algo bueno tienen, es que me permiten apreciar mejor mi cómoda existencia en este mundo. Este mundo es San Diego; el otro, al que salto sin motivo aparente, es La Habana de mis calores, la que me vio nacer.
Camino descalza hasta el baño, consciente de la suavidad de la alfombra en que se me hunden, deleitados, los pies, y me detengo ante el espejo, donde se refleja una mujer de cuarenta años que quiere parecer de treinta. Cabello con mechas doradas y largo hasta los hombros, bata de seda blanca, aretes de brillantes y un rostro que todavía conserva restos de la crema hidratante Estee Laudee con que me embadurné antes de acostarme. Gracias al gimnasio al que acudo tres veces por semana y a los menjunjes anticelulitis, luzco, si no una quinceañera, al menos juvenil. 
Les tengo, sin embargo, un miedo atroz a los espejos. A veces me ha ocurrido que dos imágenes se cruzan en la luna de azogue. La de aquí y la de allá se superponen como fotos borrosas y se taponan mutuamente. Por suerte no sucede hoy. El día comienza bien.
Me doy una ducha. La lluvia tibia que me envuelve como un aura de protección me reconforta. Después voy al jardín, donde tengo plantados tomates, albahaca, perejil y un montón de flores que ponen una nota psicodélica sobre el césped recién podado. Compruebo que la tierra todavía está húmeda, corto una rosa y la coloco en un florero del comedor. Luego me dirijo al teléfono y escucho dos mensajes de Annette Foster y de Janet Branch, agradeciéndome el tea party que organicé ayer por la tarde y del que, por supuesto, no tengo el más leve recuerdo.
Dennis, mi marido, ya salió para su trabajo (yo soy ama de casa, lo que aquí llaman homemaker). Aunque no entiende este fregado de las traslaciones, la idea de que empezara a verme con el Dr. Patterson fue de Dennis, lo único que se le ocurrió para ayudarme. Y comprendo que, cualquiera que mire lo que sucede desde afuera, concluirá objetivamente que tengo la azotea llena de guayabitos verdes, o los cables cruzados, o un tornillo fuera de su lugar.
A Patterson intenté aclararle el asunto con una referencia a La noche boca arriba, pero este buen señor, que vivió en Argentina diez años y habla un español bastante pasable, no conocía la obra. Así que no sirvió de nada decirle que, como el personaje de Cortazar, me encuentro flotando entre dos mundos, con la diferencia de que los míos coexisten en el tiempo y de que no me estoy muriendo, que yo sepa. Por otro lado, mi problema no es de una noche: hace más de diez años que vivo así.
Todo empezó en La Habana. Es otra cosa que tengo que contarle a Patterson cuando nos veamos. Que no se trata, como él piensa, de una reacción de nostalgia a la patria que dejé atrás, de un ramalazo de añoranza que me hace imaginarme en la isla varias veces cada la semana. No, las traslaciones comenzaron hace años, justo la noche en que conocí (o que no conocí, según como se mire) a Dennis.
Saco la cámara que he ocultado en lo alto del librero (perfecta para el espionaje casero, tal como la anuncian en SkyMall. Empiezo a bajar las imagines y voila… aquí estoy yo, la fecha es la de ayer a las diez y media de la mañana. Me veo tomando el desayuno en la mesita de la cocina, preparando el comedor para el tea party, pidiéndole a Lety que por favor sacuda bien los forros de las sillas para que estas gringas tan criticonas no salgan diciendo que qué cubana más cochina… Todas las acciones son cien por ciento compatibles con mi personalidad habitual. Para todo el que me conoce, sigo aquí durante mis traslaciones, y es tan solo mi espíritu, mi alma, mi materia pensante, lo que vuelve a Cuba de contrabando.
El día de ayer se desenvuelve en la pantalla: recibo a Janet y a Annette, les sirvo té, scones y mermelada. Comemos, hablamos boberías, se termina el tea party, llega Dennis, le doy un beso y en el Spanglish que hemos inventado como un juego lingüístico de a dos me burlo de mis invitadas… Sigo mirando escenas anodinas hasta que me doy cuenta de que se hace tarde para la consulta. Entonces apago la computadora, escondo la cámara de video y saco el coche del garaje.
Por el camino hago nota mental de pasar a la vuelta por la casilla de correos para ver si ha llegado mi pasaporte cubano actualizado, que pedí hace seis meses. No es que tenga intenciones de regresar a Cuba desde aquí (ya vuelvo lo bastante en mis traslaciones) pero como el pasaporte antiguo se había vencido y una nunca sabe… En fin.


...Doctor, perdone, pero usted está equivocado. Aquí no se trata de morriña, ni ése es el camino. La primera traslación me sucedió en Cuba, una tarde en que mi mejor amiga, Pastorita Méndez, fue a buscarme para que la acompañara al Museo Napoleónico, a una conferencia que iba a dar un profesor de la Universidad de California. Yo le dije que no, que me dolía la cabeza y que no tenía ganas de oí hablar mierda. Usted dispense, pero una charla de historia de Francia era lo que menos me interesaba escuchar entonces. Estábamos en pleno periodo especial, en el año 94, y yo me había pasado el día corriendo de un lado para otro y lidiando con los camellos (no, no son animales de cuatro patas, sino vehículos de doce ruedas, una especie de buses ensamblados), y estaba mal comida y mal vestida, y encima de eso venga un tipo a hablar de revolución francesa, anda ya.
A mí la historia me fascina y hasta me considero culta, no me interprete mal. Allá en Cuba enseñaba literatura en la universidad y me gusta muchísimo leer, ya le he contado que hasta cruzo la frontera a Tijuana todos los meses nada más que para buscar libros en español. Pero en aquel momento, señor mío, con la panza vacía y el cerebro calenturiento, no estaba la Magdalena para tafetanes ni una servidora para charletas.
…¿Qué? No, esa tarde no pasó nada más. Me quedé muy tranquila en casa (es decir, en el apartamento de mi madre, allá en la Avenida Carlos III). Por la noche, sin embargo, soñé que iba a la conferencia y conocía a un americano llamado Dennis Page, que primero se ponía a hablar conmigo y luego me invitaba a cenar. Al Polinesio nada menos, un restaurante donde hacen el mejor arroz frito de La Habana y un pollo a la barbacoa para chuparse los dedos.
A la mañana siguiente no me extrañó el haber soñado con comida, algo muy natural cuando una se acuesta con el estómago vacío. Luego Pastorita me contó de la conferencia, lo divertida que había sido y demás, pero todo quedó ahí, y en mi vida real, en mi vida cubana, no volví a saber del conferencista y ni siquiera me enteré de cómo se llamaba.
¿Pastorita? Ah, es mi mejor amiga, vecina de Centro Habana con quien me escribo todavía. Mi socia le mete en la misma costura a la santería, al espiritismo de cordón, a la teosofía y trata de tú a tú a Madame Blavatsky. ¡A ella es a quien en justicia debían pasarle estas rarezas, no a mí!
El caso fue que a partir de ese día en que no fui a la conferencia, mis sueños dejaron de ser como los sueños de otra gente, o los míos hasta entonces. De secuencias normales y corrientes relacionadas con lo cotidiano, o pesadillas, o vaguedades de esas que no se pueden describir pasaron a convertirse en otra vida, en ésta, en la que el conferencista llamado Dennis Page se enamoraba de mí y nos casábamos en La Habana y me traía a vivir aquí a San Diego.
            Conforme pasaban los años, el sueño se hizo cada vez más complejo. Soñé que traía a mi madre (ahí por poco se me convierte en pesadilla, hasta que la zumbé de cabeza para una nursing home) y que hacía nuevas amistades y en fin, que me hallaba muy pancha en esta vida, en la que lo conozco a usted, y estoy aquí. Dígame con franqueza: ¿estoy loca, Dr. Patterson? ¿Usted cree que lo estoy?

           
—¡Que sí, carajo, que estás más loca que una cabra! Mira que quedarte dormida en esa butaca, toda encogida que pareces un garabato, en vez de irte a la cama anoche. Levántate de una vez que llevas doce horas roncando y te vas a volver más anormal de lo que eres.
Ésa es mi dulce madre, madre que no es de vinagre aunque merecería serlo, halándome las piernas para que me despierte. Abro los ojos miopes (porque aquí no me he hecho cirugía láser), tanteo hasta encontrar los espejuelos y toco los muelles salientes del viejo butacón donde me quedé aletargada anoche, y en el que he amanecido hoy. Y me agobia, aun antes de poner los pies en las baldosas, el calor asfixiante de esta mañana de mayo habanero. Camino hasta el baño perseguida por la voz ácida de mi progenitora:
—Que te apures y bajes a la bodega, ¡dale! Que me dijo Manina que ya llegó el pollo y si no corres se acaba y comeremos mierda.
Mierda es lo que hay en el inodoro, que tiene rota la cadena, y tampoco puedo usar el único cubo de agua que nos queda para descargarlo. Me lavo a jarrazos con ese mismo cubo y me miro de reojo en el espejo desazogado y roto que está encima del lavamanos. Desde la luna turbia me contempla una mujer de cuarenta años que parece ya cerca de la cincuentena: pelo castaño corto, con canas en las sienes, arrugas en las comisuras de los labios y patas de gallina, que aquí no hay Restilene ni Botox, ni crema Estee Laudee.
Todavía no he acabado de secarme y ya se me ha cubierto el cuerpo entero de gotitas cálidas y salobres. Me visto y bajo a la carnicería, donde me entero de que, en efecto, ya se terminó el pollo.
—Vino muy poco, pero cuando te toque la otra quincena entonces comes más —me dice el carnicero para consolarme.
Sigo hasta la universidad. Menos mal que me queda cerca porque aquí, desde luego, no tengo más coche que el de San Fernando. La clase que debo impartir (literatura española decimonónica) empieza a las once. Cuando llego, a las once y cuarto, ya no quedan más de dos  estudiantes, los abelarditos de siempre, esperándome en el aula con paciencia benedictina. Los despacho diciéndoles que me duele una muela y que tengo que ir al dentista, y me escabullo.
Hasta aquí, el plan me va saliendo bien. Un plan que empezó a cocérseme en la mente después de mi consulta con Patterson ayer por la tarde.
—Sería bueno que regresaras a tu antigua casa —me dijo—. Vuelve a encontrarte con tu ciudad, con tu barrio, y así te darás cuenta de que no te dejaste a ti misma atrás, que ése es el leitmotiv de esos sueños que te atormentan.
            A mí aquello me pareció una estupidez mayúscula, porque yo sé perfectamente que, en mi vida de allá, no estoy aquí. (Parece un trabalenguas, pero no es así.) Yo hablo con Pastorita a cada rato y ella me mantiene informada de los chismes del barrio y si me hubiera visto por alguna parte, no habría dejado de advertírmelo.
Después de la consulta pasé por la nursing home a ver a mi madre. Ella también sabe de las traslaciones pero allá no se atreve a llamarme loca, Dios la libre. Que si se pone a joder mucho la mando a uno de esos asilos de pobres que hay en Miami con una patada por el fondillo. La encontré comiéndose unos tacos de pollo de Rubio´s y quejándose, por variar, de las asistentas y de los ruidos que hacen los otros viejos por las noches. Puyas disimuladas para que la lleve a vivir de nuevo conmigo pero forget it. El pobre Dennis, que nunca se disgusta ni pierde la paciencia, me dijo un día: querida, tu madre is such a bitch. Un día se le ocurrió a la doña meterse en nuestro cuarto y empezar a hocicar, Dennis se dio cuenta y hasta ese día le llegó el amor a la suegra. Él mismo le buscó la nursing home y hasta me ayudó a transportar sus trastos.
Dennis es un encanto, pero no creo que haya muchos cortados por su molde. Aquí no me he casado todavía, y me parece que ya no lo haré. En primer lugar, porque no he encontrado quién cargue conmigo, y en segundo, porque a no ser que mi marido cuente con un sitio adónde llevarme (algo poco probable en estos tiempos) tendríamos que apencar con mi madre y eso sería suficiente para matar la más apasionada de las relaciones carnales.
Pero volviendo a ayer, a allá, al salir de la nursing home me encontré en la casilla de correos el pasaporte y el visado que llevaba seis meses esperando. Entonces pensé que era algo sincrónico el que Patterson me hubiera hablado de regresar a Cuba y que me llegase, de improviso, la manera de hacerlo. Algo sabría el hombre, que no estudió en Harvard por gusto. ¿Y si tenía razón…?
Llamé ipso facto a una agencia de viajes de Miami y reservé pasaje para hoy en un vuelo de Cubana. Después tomé un avión, de San Diego a Miami. El boleto me costó mil trescientos dólares, por ser de última hora, pero Dennis, tan comprensivo, dijo que valía la pena si el viaje iba a curarme de esas pesadillas insólitas. Y hoy debo haber tomado otro avión, vuelo Miami-La Habana, que aterrizará en el aeropuerto José Martí a las dos de la tarde.
Voy hasta la parada de la ruta 76 y me pongo en la fila. Esto es una locura, ya lo sé. Lo más probable es que pase un calor de espanto en el bus y huela pestes de todos los colores por una idea que no tiene pies ni cabeza, pero yo quiero hacerlo. Suena ridículo, lo admito, pero me reconforta la idea de que voy para el aeropuerto… a recibirme a mí.

A recibirme a mí, según tengo entendido, no fue nadie. En primer lugar, porque nadie sabía de mi visita a Cuba. Pastorita no tiene teléfono, sólo usa (a veces) el de una vecina de malas pulgas, y me daba apuro llamarla para decirle que llegaría, literalmente, de un día para otro. De modo que no recuerdo nada del viaje ni de cómo transcurrieron mis primeras horas en La Habana, puesto que ese día me había tocado estar… allá.
            Calculo que tomé un taxi y le pedí que me llevara al Hotel Habana Libre (o Habana Meliá, o como se llame ahora) porque allí amanecí al día siguiente. Lo primero que hice fue volver a mi barrio. Cuando pasé por frente al edificio donde viví con mi madre por más de veinticinco años descubrí que estaba pintado de un color diferente al que veo cuando me traslado. En nuestro apartamento se había aposentado una familia de veinte santiagueros que, muy amables, me dejaron pasar y examinar el sitio, y a los que  acabé regalándoles veinte dólares por la molestia.
            Luego le di la gran sorpresa a Pastorita. Le expliqué de las traslaciones, cosa que ya había insinuado por carta y por teléfono, en esta vida —en la otra tampoco le había dado muchas explicaciones. Me dijo, seria, que aquello había que investigarlo a fondo.   
            —Voy a consultar el caso con GuruBai, un amigo que sabe más que yo de todas estas cosas, y ya verás que le encontramos una solución.
Desafortunadamente, GuruBai estaba en Pinar del Río, así que no nos fue posible hablar con él.
            De los tres días que pasé en La Habana, sólo estuve consciente uno, el segundo, así que me perdí la llegada y la salida. Pastorita me acompañó a tomar el avión el tercer día. Según ella, a quien llamé en cuanto me desperté aquí San Diego, aquel último día, en que yo no era “yo,” me comporté normal… Por normal entiéndase que recordaba que me sucedían las traslaciones, así como todo lo que habíamos hecho antes, y que seguía intrigada por el misterio de mis sueños…
Ahora estoy en San Diego sin haber aclarado más que un punto: la Cuba que visité en la vida real no es la Cuba a donde me traslado por las noches. Big deal! Eso lo sabía yo sin necesidad de gastarme casi dos mil dólares en el chiste.

El chiste fue el regreso, en otro bus apestosísimo, después de que pasé dos horas plantada como una estaca en el salón de espera del aeropuerto. El chiste fue que un viejo me tocó las nalgas y yo, que ya venía furiosa, me volví y le menté la madre a boca llena, ante una audiencia de cien pasajeros. ¡Descarado!
Y cómo no iba a estar furiosa, tocamientos aparte. El vuelo de Miami llegó con retraso, y me pasé aquellas dos horas cocinándome al fuego lento de la impaciencia y la ilusión. Al fin salieron los pasajeros con sonrisas de cumpleaños y maletas de rueditas y mochilas y paquetes de todas las formas y tamaños imaginables, pero la única persona a la que yo esperaba jamás apareció. Así que me volví a la Avenida Carlos III cansada, jodida y sin dinero para tomar un taxi. Porque el dinero sí que no se traslada, mira que he hecho la prueba de dormir con un billetito de a veinte en el bolsillo de la bata o entre los dedos de los pies, sin resultado alguno.
            Cuando volví a amanecer aquí, fui a ver a Pastorita y se lo conté todo. Ella, siguiendo la sugerencia que su otro yo (porque todos tenemos dobles, y Dios sabe si triples) me había dado, se puso en comunicación con GuruBai y éste concluyó que yo viajaba a un universo paralelo. ¿Y había alguna posibilidad de contactar con ese otro universo y encontrarme a mí misma en él, ya que no en éste? Pues sí, me aseguró, y la mejor manera de establecer ese contacto era usar un espejo y un par de velas, a la manera rosacruz.
Ahora me hace falta encontrar las dos velas, a ver dónde las hay. Todo se dificulta, hasta conseguir lo más mínimo: ése es el problema de estar aquí.

Estar aquí, estar allá… what´s the difference? He venido a entender que los dos universos, o paraversos, como los llama GuruBai, se encuentran conectados. Cuando hablé ayer con Pastorita (le dejé cincuenta dólares para que pudiera pagarle a su vecina por mis llamadas a horas intempestivas) ella me transmitió la sugerencia de su amigo de que usara dos velas y un espejo, a la manera rosacruz.
Voy a Target y compro un par de velas aromáticas, perfumadas con esencia de naranja. Dennis acaba de regresar de la universidad y, como otras veces, me pregunta si no extraño el contacto  con los alumnos, si no quiero volver a la enseñanza, que con gusto él me “apoyaría” mientras me preparo. Gracias, le digo.  Gracias, pero no.
Aunque revalidé mi licenciatura al año de llegar, aquí tendría que estudiar para una maestría y probablemente un doctorado si quisiera ingresar en la academia. Francamente, no tengo ganas. Es tan fácil y cómodo ser sólo una homemaker, alguien que no se interesa más que en plantar un jardín, comprarse ropas, hacer tea parties para las amigas y, por remate, dar viajes de gratis a otro paraverso. Bien mirado, ¿de qué me quejo?
Me asomo a escrutar las nubes por si viene la lluvia. Porque el agua de tuberías no es igual a la que cae del cielo, que pinta de verde el césped, que hace florecer a mis rosas y enrojecer a mis tomates… Dennis me acompaña. En el fondo, sé que le agrada tener una mujer tradicional, que le cocine, que le tenga la casa como taza de oro y que le perfume las sábanas con lavanda.
¡Aleluya! Empieza a caer un aguacero de esos que estremecen de vez en vez al sur de California, con truenos y relámpagos. Corro a la casa y me siento detrás de la ventana, a mirar la lluvia caer. Y así llega la noche, sin que amaine el chubasco, que se convierte poco a poco en amago de tempestad. Dennis se acuesta, yo entro al baño, cierro la puerta y me siento delante del espejo con una vela a cada lado. Pero retumba el trueno y me estremezco. Tengo miedo. Mi abuela me enseñó que cuando tronaba los espejos debían cubrirse con sabanas para no atraer los rayos.
¡Los rayos! Un poco avergonzada de mi terror tercermundista, apago las velas, tomo una sábana del clóset, cubro el espejo y me escurro despacio hasta la cama donde Dennis ya ha empezado a roncar. Pa su escopeta. A mí me gusta mucho esta vidita californiana, de la que disfruto a retazos, para ponerla en peligro. Más vale prevenir que tener que lamentar.

—¡Más vale prevenir que tener que lamentar! —proclama mi madre a grito pelado—. Ponte a comer basura con esas velas a ver si quemas la casa y nos achicharras a las dos, idiota.
Son las dos y media de la mañana. Debo haberme quedado dormida allá hace poco rato, un par de horas tal vez. Me desperté de golpe, con un espasmo, por culpa de la lluvia que azota los cristales del balcón y sacude los framboyanes cual si quisiera desgajarlos. Me levanté, me puse los espejuelos y me encerré en el baño con las velas mientras la otra despotricaba. Espero a que se calle para empezar mi experimento porque con este escándalo no se concentra ni el propio Allan Kardec.
Mi otra yo, allá, tuvo miedo. Yo no lo tengo aquí. Ella querrá cuidar su vidita californiana, pero mi vidita cubana no es tan rica ni tan dulce para que me importe un comino preservarla. Si nos cae un rayo y nos achicharra a las dos, como dice mi madre, poco se va a perder.
Recuerdo uno por uno los consejos de GuruBay: “enciende las dos velas, pon una a cada lado y con todas las luces apagadas mírate a los ojos hasta que se empiece a difuminar tu imagen. Esto es lo que se hace para reconectar con encarnaciones anteriores, pero apuesto a que ahora lo que saldrá es tu encarnación en el otro paraverso. Tu otra yo casada con Dennis, la que viajó a una Cuba que no es ésta, porque vive en una California que no es la misma que tú y yo vemos, cuando la vemos, por la televisión.”
Con las velas prendidas me siento ante el espejo mientras escucho el llanto de la lluvia que se hace trizas contra el pavimento. Me concentro y ya creo ver una cara no del todo desconocida (mechas  iluminadas, ojos con menos arrugas, un cierto aire de juventud) cuando un estruendo horrísono estremece el edificio hasta sus cimientos. Pasa un relámpago rojo y dorado por la luna de azogue, zigzaguea como una culebra, se me llena de chispas el cerebro y sólo tengo tiempo de preguntarme si habrá caído también, justo en este momento, otro rayo en San Diego.