"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


22 de noviembre de 2018

Un guiño a la gratitud

"El agradecimiento es la memoria del corazón”, Lao-tsé.


Por Leonardo Venta 

"La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes".  
José Martí 

            En nuestra sociedad estadounidense, más que en ninguna otra de las que yo tenga conocimiento, damos las gracias por casi todo y constantemente. Las damos personalmente, por teléfono, por correo postal y electrónico, en las redes sociales y otros medios. Por lo general, lo hacemos instintivamente, por puro formulismo, como una simple norma de urbanidad, carente de suficiente sinceridad. El legítimo agradecimiento va más allá de la mera cortesía.
            En contraste, la ingratitud sigue multiplicándose. Es una forma de egoísmo, un defecto incluso mayor que la envidia. “No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendes que necesita; y soporta luego la ingratitud”, son palabras de Miguel de Unamuno. José Martí, mientras preparaba la Guerra de Independencia de Cuba, escribió en una misiva dirigida a Máximo Gómez: “… no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
            Comúnmente, el que otorga favores espera reconocimiento. No se trata de recibir el favor de regreso, sino de recoger muestras de gratitud. Sin embargo, no siempre se reciben dichas manifestaciones. Existe una gran diferencia entre dar las gracias y el estar agradecido. El filósofo chino Lao-tsé afirma que “el agradecimiento es la memoria del corazón”. Agradecer, en cierto sentido, es recordar. “Nadie da gracias al cauce seco del río por su pasado”, sentencia Rabindranath Tagore.
            En la obra cumbre de la literatura española, leemos en la carta que le envía don Quijote a Sancho, al ser nombrado el singular escudero gobernador de la ínsula de Barataria: “Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido; que la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de continuo le hace”.
            Hay seres que ignoran (al menos así lo aparentan) las mercedes recibidas, o las retribuyen con prisa para no quedar moralmente endeudados. “Demasiado apresuramiento en pagar un favor ya es una muestra de ingratitud”, afirma François de la Rochefoucauld, autor francés del Siglo XVII, célebre por sus máximas morales.
            En ocasiones, la amargura causada por la envidia recibe las dádivas como ofensas. Otros consideran el agradecimiento como una muestra de debilidad, de sentimentalismo, es decir, una manera de otorgar a los sentimientos la dirección de la conducta. Existe el caso de aquellos que reciben favores como si se les pagara una deuda. Los peores pagan con la traición.
            Existen dadores, aunque parezca extraño, que pueden hacer más mal que bien al brindar ayuda. Se puede dar para resaltar una generosidad inexistente. "Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa" (Mateo 6:2); algunos, después de ayudar, se lo echan en cara a los beneficiados, humillándolos; lo comentan por doquier o emiten juicios que violan la intimidad de los receptores del aludido favor.
            No hay mejor obsequio que el desinteresado, fomentado en la relación vencedor-vencedor, en la que ambas partes se benefician. Debe causar la misma satisfacción dar que recibir. Toda ayuda que rebaje la dignidad y estima personal de quien la reciba, es indigna. Por eso, debemos saber cómo pedir y ofrecer.
            Cuando ofrecemos, no debemos esperar nada a cambio y realizarlo con alegría, tal como lo sugiere el apóstol Pablo: "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría" (2 Corintios 9:7).
            Del mismo modo, es saludable recibir con humilde gozo y gratitud. Aunque no nos lo propongamos, siempre recibiremos favores (somos entes sociales); de la misma forma, nos veremos involucrados en situaciones que nos presionen a otorgar ayuda.
            En esta celebración a la gratitud y el amor, cuyo irrefutable origen es honrar a Yahvé –"Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también" (1 Corintios 8:6) –, nos preguntamos: ¿qué lugar ocupa la gratitud en la lista de nuestro sistema de valores éticos?

Cuerpo de espiritu (novela de realismo magico, ciencia ficcion, e historica)


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CUERPO DE ESPIRITU, fragmentos. Novela disponible en inglés.

Gary tosió un poco. Había tragado un poco de agua. Volvió a coger el objeto. Le resbalaba entre sus manos.  Pudo asirlo por una parte que se había dejado coger como si fuera un pez ciguato o borracho. Por un instante creyó que el objeto cobraba vida o tenía algo similar a baterías en su interior que lo hacía moverse. Al rato lo perdía. Se le perdía a través del roce con las yemas de los dedos. Febles no podía creer que pudiera ser un pez extinguido o una nueva especie aún por descubrir. Juró que jamás había visto algo así, atrapado entre arrecifes y luego emerger y moverse por las ondas del mar y las suyas, sí, y las suyas.
Se mueve, ¿se mueve?
No, tío. Es la corriente marina.
Gary se reía como un muchacho que había encontrado un juguete extraviado. Solo que ahora tenía que hacerlo suyo. De su propiedad.
Claro que sí, repetía, es mío, mío. Lo encontré yo.
Para que sea tuyo, expresó Febles, tienes que nadar hasta aquella orilla.
Dónde... ¿allá?
Febles le señaló un punto de la costa por donde podía acceder a un trillo. Desde el bote tenía una mejor ubicación del itinerario. Le pidió calma a su sobrino. Que no lo abandonaría, pero que no podía subir el objeto a bordo.
Al cabo de unos instantes, Gary se dio cuenta que el objeto reposaba sin preocupación como él. Se había dejado domesticar como una mascota. Solo faltaba que hablara o emitiera un gemido.
Comenzó a nadar como un profesional, con estilo libre, a la vez que empujaba con su cabeza el objeto. Febles lo siguió mientras pudo. Por detrás del bote Gary nadaba en dirección a una parte de la costa donde no se divisaba a ningún bañista.
Febles desistió. Ya no podía cubrirlo más. Pensó que era copartícipe de un robo. De algo que tenía que devolver. Recordó las veces cuando su sobrino le hablaba de la fragata española Navegador. También dudó que ese raro objeto perteneciera a ese barco español. Volvió a pensar en  tantas cosas que le dio unos dolores de cabeza. Creyó que todo le daba vueltas: el bote, los guardacostas, su privilegiada licencia de pescador, los bañistas, un buzo furtivo que vio rondar próximo al bote y muy cerca de Boca Chipiona, su sobrino, y otra vez el mentado objeto que no sabía su estructura, pero que ´podía ser un baúl de media braza, sí, debe medir media braza´. 
¡Recuerda envolverlo bien!, le gritó a Gary.
Casi no lo escuchó. Seguía nadando a estilo libre mientras empujaba el objeto con su cabeza. Supuso que debía envolver el regalo del mar en un saco de yute que Febles le había tirado dentro de una mochila. Apenas llegara a la costa tenía que envolverlo. No quería que nadie lo viera llegar. Al dar pie sacó el saco de yute. Metió el objeto cilíndrico dentro del saco y lo encestó en la mochila. Comprobó que la táctica de Febles iba a dar resultado. Que sí cabía el objeto en el saco de yute. Que la mochila camuflaba  el interior, el regalo del mar. Entonces respiró feliz. Pero caviló que aún no tenía seguro ese antiquísimo objeto. Tendría que andar por la calle; esperaría que su ropa se secara; abordaría un ómnibus público y luego llegaría a casa. Solo  hasta allí, hasta su casa, estaría seguro.
Jamás imaginó que un huracán le iba a evitar comprar equipos de inmersión para buscar lo que había encontrado, asido entre arrecifes.

Aliento del viento atento (novela fantasia juvenil)

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ALIENTO DEL VIENTO ATENTO, fragmentos. Novela disponible en inglés.

A medida que se agrandaban aquellas bolas de aguas, se reventaban y la imagen  de otros seres también se desaparecía, pero convertida en otra existencia. Varios miembros de la tribu de los Magcaguas que aseguraron ver dichas bolas en tiempos inmemorables, no eran más que anécdotas, cuyo comienzo estaba escrito en la espalda de varias ancianas. La escritura era imborrable. Solo se perdía el hilo informativo en caso de que ese miembro tribal soportara una quemadura o alguna lesión que le raspara o desprendiera la piel. Astutamente, esa  información se diseminaba en jóvenes de ambos sexos para que la leyenda sobreviviera hasta el día actual.
”Habían llegado desde lo ALTO __decía parte de la leyenda__ para posarse en la superficie”. Mucho antes de topar la tierra o el suelo, esas bolas de aguas flotaban y flotaban más allá y más allá __afirmaban los ancestros que venían “ desde el otro lado”__. Tenían reflejos multicolores. Algunas ancianas expresaban que podían ser contaminaciones de la muerte hacia la vida.
Algunos bólidos o bolas de aguas se habían separado. Parecían formar una afinidad mediante grupos de tres, siete y hasta diez y quince bolas.
Un grupo de tres se distanció  más que los demás. Fueron deslizándose por entre montañas. Aquel grupo escogió la montaña más grande. Encima de cada bola había una mínima cantidad de nieve. Parecía haber raspado la cresta de unas montañas a través de su paso. La nieve se  fue derritiendo al sentir el calor de la superficie del suelo.
El tamaño de los tres bólidos se fue reduciendo. Cada bólido reflejaba lo que existía a su alrededor: follaje, animales y seres magcaguanos como testigos oculares del acontecimiento.
Evidentemente, los tres bólidos no tenían la misma masa corporal. Tampoco la misma fuerza al rodar encima de unas copas de los árboles, de arbustos, de plantas más débiles e insectos sobrevivientes de aquel encontronazo.
Habían descendido tan abruptamente que el reflejo le anunciaba a cada cual de un peligro cercano: una laguna o río.
Por lo visto, evitaron contacto con la laguna. No les era conveniente acercarse a aquel depósito acuoso.  Quizá porque  se les asemejaba físicamente. Tal vez porque no querían rivalidades, no solo ese grupo de tres bolas sino los demás grupos de cinco, siete, de diez y quince bolas que rotaban y se trasladaban de un lugar a otro. A su paso quedaba una resequedad, en vez de humedad.
Apenas avistaron el lago, se desviaron unos metros. Comprobaban que el itinerario no les afectaría. Ya no caerían en la laguna. Aquel mar de aguas, como a ellos  no les llamaba la atención confrontarle, se desviaban. Para siempre habían grabado en su intrínseco razonamiento aquella porción acuosa como su enemiga.
Se dieron cuenta que unos niños magcaguanos les espiaban.  Para los pequeños magcaguanos eran seres de otro confín que los buscaban para jugar.
Las tres bolas se detuvieron ante los pequeñines. Un adulto magcaguano había avistado el suceso. Se dispuso a avisar a la  tribu. A ratos viraba el cuello y no quería admitir lo que veía: niños que trepaban encima de esas bolas de aguas y se deslizaban por toda su masa corporal. Cada bola reflejaba su presencia aún más grande de lo normal. Exageraban los rasgos físicos de los pequeñines. Les adelantaba la edad.

Tayno cubao (novela historica)


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TAYNO CUBAO, fragmentos. Novela histórica disponible en español.


La expedición “pacífica”, en vez de conquistadora, se sentía confiada mientras andaba por aquellos parajes del Nuevo Mundo.
La vegetación a veces se le parecía o la confundían con algunas regiones de las Españas. A uno de los soldados  le había llamado la atención una de las plantas que sin querer estaba pisando.
¡Madre mía, exclamó Campo, esta planta se parece a la verdolaga!
¿Verdolaga?, se interrogó García.
En Castilla crece una como esa… ¿no lo crees?
Esta tiene los tallos marrones como la has visto allá.
¿Eres de Valladolid, García?
Pues sí, Campo, y la extraño como a una jodida florecilla marchita.
Se fijaron en la verdolaga o manibari, en sus florecillas que irradiaban primavera. García sentía deseos de regresar. De volver a respirar el aire de Castilla, en Valladolid. Caminaron encima del bacbey, un vegetal de los taínos. Observaron las hojas de bijao muy parecidas a las matas de plátano con que los aborígenes cubrían sus bateyes, sus techos; solo que estos no producían frutos. Un sinnúmero de plantas les atraían: el cojibi, la curia,  el donguey o planta trepadora, la guanina, el bejuco guaniquí, la guáyiga, la güira y el güiro,  el henequén o planta textil,  el macaguaro, la majibacoa, el tibisí, el saragüey, y hasta una variedad de palmera llamada yarey.
¿Qué te llamó la atención embarcarte en una carabela hasta acá?
Una mala cosecha, García. Era campesino.
¿Me hablas en serio, Campo?
Pues sí, claro… ¿o me ves cara de bufón? Miró de reojo a García: ¿Y qué hacías en Valladolid?
Quedé libre y a merced de… No me juzgaron, y decidí borrar el pasado acá.
Campo comprendió que la aventura tampoco era un engaño. Que todos sabían que no perderían lo que no era recuperable.
Este lugar es bello, expresó Campo, pero esconde secretos, más secretos que… lo que gozad de un tesoro.
¿Por qué dices eso?, inquirió García.
A otros soldados les había llamado la atención otra planta de hojas verdes, profundamente verdes, de florecillas amarillas con pétalos caedizos.
Con esos…se preparan buenos guisos, le dijo Armenteros a Mendoza.
Oh, sí, la buena sopa con carnes.
Se habían agachado con suma prestancia. Arrancaban unas ramitas con mal genio. Las partían sin  piedad. Los tallos eran verdes, con secciones amoratadas, que daban una consistencia de plantas rastreras.
Otro soldado se detuvo, de momento. Pateó unas ramitas de una planta que se asemejaba al bledo.
¿Esto se parece al bledo?, repetía, con dudas, Zubizarreta. No sé qué diablos…
A ver, se entremetió Campo, pues sí. Se parece al bledo.
¿Es bledo? ¿Así que es un bledo?, se hacía el desentendido el soldado Armenteros. Pues… ¡me importa un bledo, jodida!

El sabor del paraiso (novela historica)



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EL SABOR DEL PARAISO, fragmentos. Novela histórica disponible en inglés.

Un día de 1916, la madre, después de intentos le confió un plan para que su hijo viajara a Cuba.
— ¿A Cuba?
—Sí, Milton. Debes viajar cuanto antes. Ya el azúcar de remolacha está escaseando en el mercado. Su precio sube como la espuma y es muy importante que tomes cartas en el asunto. Te recuerdo que necesitamos dinero  para la obra de Dios. Por EL tú tienes un gran negocio. ¿Te acuerdas que me juraste, debido a la ausencia de tu padre y de tu hermanita, que ibas a ayudar a los  niños huérfanos y que donarías a nuestro Ministerio?
Sentado en una silla, su vista pendía hacía una ventana, y la alternaba con la silueta de Fanny:
—Oh, sí, mima. Dile a  Murrie que venga otra vez. Vamos a hablar de negocios.
— ¡Eso es… sí, ese es mi hijo amado!
Minutos después se personó el administrador más importante que cuidó del pueblo de Hershey, en Pennsylvania, durante décadas.
En la quinta de High Point se respiraba otro aire de ambiciones y energías.
—No le hables del pasado —susurró Fanny al señor Murrie.
El administrador asintió y comprendió que su silencio valía más que todos sus años de trabajo para la compañía.
Milton  escuchó a descifrar lo que parlaban. Sin  embargo, con autoridad y respeto le dijo a su administrador:
—Ante todo —hizo una pausa—, quiero honrar la presencia y el recuerdo de mi ex esposa. Así que deseo colgar cuadros de Catherine Sweeney en un local que ya escogí. Luego de que esté listo el… las fotografías de nuestros viajes, la boda en la Catedral  de San Patricio en New York… —volvió a hacer  otra pausa—, quiero que reúnas a todo el personal  de la fábrica para un trabajo serio, que no es una aventura, fíjese bien, y no quiero errores. Ahora pediré lealtad a nuestra firma, a la empresa que juntos construimos, ¿entendió?
—Lo de su ex…
—Ya le daré —le interrumpió Milton— las indicaciones a la servidumbre. A usted lo llamé porque quiero que… después de mi viaje a Cuba… —hizo una pausa—, pediré que me acompañen jóvenes y experimentados obreros y profesionales “a evangelizar” esa isla.
—Qué bien, MS —expresó Murrie—, hacía mucho tiempo que no lo escuchaba así.
Murrie miró hacia Fanny, quien elevó una plegaria al techo de la quinta que bien pudiera atravesarlo y llegar, subir más allá de las nubes.
—Otra cosa: ¿por qué Cuba… hay otro país con el que podamos negociar?
—MS, Cuba es la mayor productora de azúcar de caña desde el siglo XVIII. Los españoles la descubrieron, y por eso, tal vez, fue su última colonia.
—Manos a la obra —enfatizó Milton— que para luego es tarde.
— ¿Luego? —Bromeó Murrie— ¡Arriba, espanten a las moscas para que no se ahoguen en el pantano de chocolate!

18 de agosto de 2018

CONFESIONES DEL LOBO DE CAPERUCITA.



Pues sí, yo soy el Lobo, el villano de ese cuento tan popular que ha recorrido el mundo y al que lo hacen ver tan malo y feroz, al extremo que nadie me quiere. Algo así como el D.J. Trump de los cuentos infantiles. Pero ¿qué creen? Pues, sí, todos ustedes han sido manipulados y engañados por los medios de comunicación, porque estoy seguro, que ninguno o muy pocos de ustedes conocen la verdadera historia de este cuento. Y den las gracias a Carlos, porque por él es que he accedido a dar esta declaración a los medios que nunca antes había hecho. Empiezo pues…

No fue Perrault el primero en la idea de escribir este cuento, aunque si fue el primero que recogió la historia y la incluyó en un volumen de cuentos para niños por allá del año 1697, en el que destacaba sobre los otros por ser, más que un cuento, una leyenda bastante cruel, destinada a prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos —Así que fíjense desde cuando viene esto del abuso infantil—, y cuyo ámbito territorial no iba más allá de la región del Loira, la mitad norte de los Alpes y el Tirol. (pa’que vean que soy un ducho en geografía politica)

La idea original fue de un tipo con menos escrúpulo que me vio fortachón y además negro y me dijo —: Tú eres el gallo—. Bueno, más bien el lobo y escribió esta historia con elementos más perturbadores. Yo, ya disfrazado de abuelita invito a Caperucita a comer carne y sangre, pertenecientes a la anciana a la que acababa de descuartizar, y después de habérnosla comido completa, la obligué a acostarse conmigo desnuda —después de hacerle quemar toda su ropa.

Como ven esta versión me hacía ver como un asesino sin escrúpulos, como un caníbal, y además tenía toques pornográficos con escenas de sexo muy candente —me recuerdo que tenía una leyenda que decía: Lenguaje de adulto, escenas de sexo y no apta para menores de 18 años)

Perrault  suprimió estos elementos de la primera versión e hizo una versión más «ligth» queriendo dar una lección moral a los jóvenes que entablaban relaciones con desconocidos, añadiendo una moraleja explícita, inexistente hasta entonces en la historia aunque, al contrario de la versión posterior que hicieron los hermanos Grimm, la de Perrault no tenía un final feliz. Ahí me jamé a la abuelita y la caperucita, pero sin tener nada de sexo. ¡Pinche Perrault!

Fue en 1812, que los hermanos Grimm, dieron otra vuelta de tuerca a la historia. Retomaron el cuento, y escribieron una nueva versión, que fue la que hizo que Caperucita fuera conocida casi universalmente, y que, aun hoy en día, es la más leída. Es en esta versión donde aparece la figura del leñador, que salva a la niña y a su abuelita y me empieza a disparar hasta que me jodió. Me dio un tiro en una pata y fue entonces que empecé mi incansable lucha por el control de armas, y como fracasé en todos los países por lo que pasé, fue entonces cuando por allá de los 60’s cuando El Cenicero, declaró el carácter socialista de la revolución cubana y le quitó las armas al pueblo, me dije —: Lobo, de ahí somos—, y me fui a vivir para Cuba.

¡Qué maravilla! Ñooo. Ahí se podía vivir sin trabajar y vivir del invento. Me compré una guitarra y me puse a cantar por las calles del pueblo al que me fui a vivir —No sé si ustedes lo conocen. Se llama Cienfuegos—, y ahí para embarajar la talla —para ese tiempo ya había aprendido hablar cubano, así que de aquí pa’lante ya se lo traduciré textual—, me metí al movimiento de la nueva trova y pues fue un vacilón. Por el día, me sentaba en un banco del prado, cantaba par de canciones que escribía usando temas de actualidad revolucionaria, me regalaban unas monedas y me paraba y me iba a sentarme a otro lugar. Por las noches iba a tocar a cualquier galería de arte, o a algún evento que organizaban, en algo que llamaban CTC, y así me ganaba mis kilitos pa’comprar lo que me daban por la libreta. ¡Qué buena idea esa de la libreta! Nunca antes había visto nada parecido. A todo el mundo le daban una ración controlada de comida que tenía que durarte todo el mes. Eso, la verdad que me ayudó mucho a bajar de peso y me puse en talla. Ñooo, todas las jevitas me decían —: Negro, llévame contigo a la oscuridad, donde no se vea no sea ná… Y fue ahí donde empezó mi vida de galán. Bonito y cantante, pues ya podrán imaginarse a cuantas jevitas me pasé por la chaguara… a todas les decía —: Bianca, el día que me dejes vas sufrir como nadie.  
Bueno, vuelvo a la historia. Todo iba muy bien hasta que llegó el año 1970. Ahí empezaron mis desgracias. Me dijeron en la casa de la nueva trova —: Oye mi negro, tienes que irte pa’la caña—. No sé si ustedes se acuerdan pero en esa época a loco se le ocurrió decir que «los 10 millones van» y todo el mundo tenía que dejar lo que estaba haciendo e irse pal’corte.  Y si a eso le suman que en Cienfuegos había un jefe del partido al que le decían Canuto o Cañita por eso de que tenía un pedazo de caña atravesao en la cabeza, pues podrán imaginarse como se puso la cosa de fea. Ahí me sublevé y dije —: Ni pinga. Yo no vive pa’Cuba pa’estar cortando caña y además yo no quiero ser millonario ni esa fana—, y que me agarró la ley esa de recogida de los vagos y me mandaron pa’la UMAP.

Lo único bueno de recuerdo que tengo de esos campos de concentración, fue que conocí a gente muy linda. Pero coño, nos trataban a patá por el culo a todos. Bueno ustedes saben todo lo que se vivió en esas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Fue un infierno. La veldá. Son cosas de las que no quiero acordarme. Me levantaban a las 5 de la mañana y a cortar caña hasta que se fuera el sol. De Pinga… pa’qué les cuento.

Ya para cuando salí de ese infierno, volví con mi guitarra y a mis andanzas hasta que llegó el famoso periodo especial en tiempo de paz y apareció la nueva y última versión de la caperucita que circula por el mundo. Debo confesarle que desde ahí me fue más mal “entodavía”. Que he estado loco por salir echando de aquí, pero no he podido encontrar a nadie que me reclame y salirme de esta mierda. Debo también confesar que he sido víctima de abuso, de acoso sexual y hasta he sido bulleado por esa niña a las que todo creen una santa. Pero la realidad es otra… Si me permiten, les cuento también esta historia.

¿Dónde me quedé? Ah… ya me acordé. Estaba en esa época donde todos nos volvimos especiales. Ñooo caballero, ese Periodo Especial fue un tormento. Imaginen por un momento como puede sobrevivir un lobo, con picadillo sin carne. Es algo así como comer un flan sin leche. Definitivamente tuve que ponerme pa’las cosas. Yo, que ya tenía un master en invento, aquí sí logré mi doctorado.

Fue entonces que me dije—: A ver Lobito, tienes que ponerte a hacer lo que tú sabes hacer bien—.Y fue entonces que después de mucho tiempo volví a ser el Lobo de Caperucita Hablé con un amigo —que por allá de los 80’s protagonizó una serie de televisión en la que los Policías eran los buenos, y nosotros los del invento, éramos los malos—, que además de la actuación le entraba a eso hacer guiones para teatro y le dije:
—Acere. Necesito que me escribas la nueva versión de La Caperucita Roja, pero que no tenga nada que ver con esas historias que escribieron Perrault y los hermanos Grimm.

—Coño Negro, ¡Qué buena idea! Creo que estos tiempos que vivimos, hay que mostrarle al mundo que el Lobo no es tan feroz como lo pintan. Es hora de empoderar a la Caperucita y así quedamos bien con el sistema. Una mujer es arrinconada a hacer cosas inmorales por culpa de un sistema inepto y corrupto que es incapaz de salvaguardar la vida de su gente.

—Acere ¿y si nos meten en Cana…? Ya yo no quiero estar allá adentro man. Si aquí afuera pasamos hambre, imagínate en Ariza. No, no me gusta esa idea.

—Negro, entiende. La Gestapo verá esto como un alineamiento nuestro a alcanzar el igualitarismo pleno. Ya basta que la mujer sea usada por el hombre. Hagamos que ella sea la que nos use. Hagamos ver al hombre como un pendejo, un trajín, un mequetrefe… Convirtamos a Caperucita en una reina de la noche.

Les confieso que no me gustó mucho la idea. Y ustedes saben por qué. Hoy día en las redes sociales, hay que andar bien contenido. Como dice mi amigo el Machín —no porque sea machista sino porque así se apellida—. Y es muy cierto. Si dices negro, te tildan de racista. Cuando en Cuba siempre hemos usado esa palabra de cariño y como expresión de la cubanidad —oye mi negra, oye mi negro—. Si mencionas la palabra Jinetera, no lo ven como estás hablando de las que se prostituyeron, y se creen que uno está generalizando que por salirte  de Cuba y casarte con un extranjero ya tienes la etiqueta. No señores, ni señoras, cubanos y cubanas, cienfuegueros y cienfuegueras —imitando ese nuevo estilo de abolir el gentilicio y de entrar en la moda de lo políticamente correcto—. ¡No! La cosa no va por ahí. Cuando uno habla de jineteras, no pretende ofender a esas chicas que tuvieron que prostituirse para vivir y sobrevivir. Al contrario, se trata de criticar a un sistema que abandona a ese pueblo al que tiene esclavizado. No es para etiquetar a todo aquel que se empató con una gringa o con un Pepe —así les decían a los españoles— para poder salirse de Cuba. Sean coherentes y lean para divertirse y no para verse reflejado.

Y bueno después de esta catarsis políticamente incorrecta, les digo que fue así como surgió la nueva versión de la historia, titulada:

La Caperputita roja, el Lobo Mandilón.
(Narrado por el lobo en primera persona)

Érase una vez en una pequeña pero hermosa ciudad, situada al centro sur de Cuba, había una tremenda jeva, de la que todo el mundo enamoraba a primera vista por lo buena y bonita que estaba. Siempre andaba con una minifalda roja, una blusa roja bien escotada y unos zapatos de tacones, también rojos. Como se veía tan bien,  y atraía a muchos clientes, todos los días se vestía así —no porque tuviera una sola muda de ropa, sino que todas sus mudas eran iguales; por esa razón, todos la conocían como LA CAPERPUTITA ROJA.

Un buen día la madre le dijo:
—Mira Caperputita Roja, aquí tienes un poco de picadillo de soya, un trozo de pan viejo y una botella de vino casero que hizo tu papá  para que se la lleves a tu abuela, anda malita y necesita reanimarse. Arréglate antes de que te agarre la noche, y no te vayas a tomar el vino por favor.
—Sí, mamá —asintió La Caperputita con cara de fastidio—. Mamá, yo tomo mejores cosas que ese vino casero que hace Papá.

La abuela vivía en Reina, y la casa de la Caperucita estaba en la Juanita. Así que para llegar a casa de su abuela tenía que atravesar casi toda la ciudad.

Yo, a esa hora siempre andaba sentado en un banco del prado, con mi guitarra en mano y al verla pasar caminando meneando su cinturita le dije:

—¡Buenos días, Caperputita Roja! ¿A dónde vas tan bonita? —pregunté.
—¡Qué bolá, acere! Ya sabes, lo de siempre. Ahora voy a casa de mi abuelita a llevarle esta jabita que le manda mi mamá y después a darle duro. Tu sabes que hace falta el fula, y la cosa está dura.
—Ñooo amiga, si quieres te acompaño y después te invito a mi gao, está ahí en reina, en un biplanta que me dieron por el sindicato. Dame chance, yo te puedo pagar lo mismo que te paga un tío de esos.
—Acere, desmaya esa talla. Tú tendrás fulas, pero no eres yuma. Me acuesto contigo y me pagas, sí, pero contigo no me puedo salir de esta mierda.
—Coño Caperputita, no seas igual que este gobierno que discrimina al cubano por el turista. A mí con fula no me dejan entrar a un hotel por no ser extranjero. Ya estás cayendo en lo mismo. Mis dólares valen lo mismo. No seas mala, anda, déjame echarte un polvo.
—Te dije que ni pinga. Entiéndeme negro, yo lo que quiero es largarme de este país, y tú no me puedes dar eso. Pero mira, para que veas que no soy tan mala gente. Déjame hacer mi luchita y si no consigo nada entonces te caigo en tu gao. ¿Te parece?
No saben qué clase de sonrisa dibujé en mi boca de lobo.  La Caperputita se fue a hacer lo que tenía que hacer en casa de su abuelita y como a las 7 de la noche se fue a buscar a un punto por allá del muelle real. Yo me fui pa’l gao y como a las 11 de la noche tocaron a mi puerta.

No tienen una idea de la cara que puse cuando abrí y ante mis ojos vi a la mismísima Caperputita.

—No lo puedo creer —dije casi temblando.
—Bueno qué… ¿Me dejas pasar o te vas a quedar ahí pasmado? No vine a que me cantes ninguna canción, vine a trabajar. Son $40 fulas y por adelantado.
—Ñoooo amiga, hazme una rebajita. Imagina que yo fuera tu padrote, al que le pasas $10 fulas por buscarte al punto y después pagas $5 fulas por un cuarto… descuéntame $15 y te prometo que si te gusta el trabajito que te voy a hacer, podemos hasta hacer negocios juntos.  
—Fíjate que no es mala idea. Ya la pura me está haciendo la vida imposible. Así que convénceme y hasta me vengo a vivir contigo.
El reto era divino. Así que entramos y sin mucho preámbulo nos fuimos a mi cuarto, me desnude y me acosté en mi cama. Al verme Caperputita exclamó:
—Oh, Lobito, ¡qué orejas tan grandes tienes!
—Para así, poder oír mejor tus ayes y gemidos —le comenté.
—Oh, Lobito, ¡qué ojos tan grandes tienes!
—Para así, poder ver mejor tu escultural figura —dije mientras abría más mis ojos.
— Oh, Lobito, ¡qué manos tan grandes tienes!
— Para acariciarte mejor —respondí ya casi excitado.
—Oh, lobito, ¡qué boca tan grande tienes!
—Para besarte mejor —susurré.

Y cuando la vista de la Caperputita bajó hasta mi entrepiernas grito:
—Oh, Lobito ¡qué cosota tan grande que tienes!... pero para que hagamos algo, primero bañate lobito que apestas a rayo…

Primer ataque… me fui a bañar. Me di una ducha de casi media hora y Salí del baño dispuesto a todo. El agua helada me había relajado y me había hecho recuperar también mi confianza.  «No es fácil hacer un papelazo en un primer encuentro amoroso. Y más con una mujer como ella» Pensé.

Mientras secaba mi cuerpo me acerqué a los pies de la cama. Ella me esperaba acostada. Su mirada tierna pero penetrante, me lo decía todo. Sonrió mostrando su dentadura que a pesar de no ser perfectamente pareja la hacía lucir en extremo sensual.
Con un movimiento muy estudiado descorrió las sábanas blancas y mostró su apetecible figura.

Su cabello castaño reposaba sobre su piel blanca salpicada de una multitud de pecas que cubrían parte de sus hombros y el torso, simulando al firmamento lleno de disímiles estrellas. Un firmamento por el que justamente me disponía a navegar.
Todo en ella brillaba y armonizaba a la justa medida. Pecas sin pecado, piel de terciopelo, senos magistralmente operados pero hermosos y convencidos a no ceder bajo el influjo de las leyes gravitacionales. Pezones que irradiaban la misma sensualidad que esos que solo había visto en películas, abdomen liso y firme, piernas perfectamente talladas y unos brazos que sostenían lo que más me había impresionado de ella. Sus manos.

¡Qué manos! Hechas para hablar con su finura y transmitir energía a lo que tocan. Manos hechas para inundar de ternura sus caricias y dibujar en el aire el don divino que poseían.

― Quiero que beses el interior de mi vientre. ― me dijo mientras deslizaba sus pies sobre la cama elevando sus rodillas al tiempo que abría lentamente sus piernas. ― ¿Crees que puedas hacerlo?

― Trataré ― respondí sonriente aunque por dentro mi osamenta temblaba.
Me incliné y apoyando mis rodillas en la cama fui a gatas hasta acercar mi bocota a su entrepierna. Su cuerpo temblaba, pero el olor a hembra provocó el clic perfecto para que cerebro y sexo se interconectaran. Me miré hacia dentro implorándole a los dioses permitirme realizar un exitoso desempeño.

El reto era ambicioso. Besar el interior de su vientre implicaba… NO MAMEN, me pasé, esto parece una película erótica y no el cuento de la Caperucita Roja… Así que no se crean que les voy a contar lo que le hice. No, los hombres lobos no tenemos memoria. Basta con resumir que le besé hasta la sombra…Y un poco más —a caray, creo que eso es de Arjona.

Bueno para no hacerles el cuento tan largo… hasta nos casamos y a partir de ese momento me convertí en su chulo. No más que no imaginé lo que se venía después.
Noche por noche, salíamos y yo le buscaba sus puntos, nos íbamos p’al gao y lo único que podía hacer era mirar hueco. Eso del poliamor no se los aconsejo. Cuando tu dejas que pasen esas cosas de compartir tu pareja, si aparece uno que le haga un trabajito mejor que el que tú hacías, valiste madre.

Y así fue. Caperputita se enamoró de un Italiano, se piró y me dejó como un perro callejero, porque hasta me chivatearon los del comité, me metieron cana 6 meses por jinetero y hasta perdí el gao.

Y aquí me tienen, haciendo las crónicas de mi fracaso y contándoles la historia de un Lobo, que de feroz, pasó a ser trajín, bulleado y hasta menospreciado por aquella bella dama me cambió por un puñado de fulas.

Ah, se me olvidaba, por favor… si alguien puede ayudarme a conseguir una visa para la Yuma, ayúdenme… yo canto, actúo, recito, y hasta cuento cuentos. Lo único que no se hacer es trabajar… pero sáquenme de aquí. Igual los ayudo a organizar manifestaciones contra el control de armas, o protestar cualquier cosa que diga el 45 o hasta desfilar en pro de los derechos de los animales o de cualquier cosa que quieran. Soy muy bueno pal’invento y pa’todo en lo que no haya que pinchar. Eso sí, les garantizo que no tengo nada que ver con el Hombre nuevo y que no me iré pal Yuma como político ni nada por estilo.

Los veo en el próximo post. Si Dios quiere.

30 de abril de 2018

El Arte Corzo de "Patrizia"

Hola, lectores y escritores, les presento un ensayo sobre mi obra pictórica titulada, El Arte Corzo de "Patrizia", la cual se encuentra disponible en español e inglés en Amazon:



Usted puede acceder al link haciendo clic en el título de arriba, o en AMAZON,  para leer gratis unos fragmentos en ebook y luego la opción de tapa blanda. Muchas gracias a este blog donde confluyen autores latinoamericanos.

14 de abril de 2018

La sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Vista panorámica del patio exterior Charles Engelhard, donde se encuentra ubicada
 la renovada sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Por Leonardo Venta 

            El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (conocido como el "Met”), uno de los más grandes y visitados del mundo, fue fundado en 1870 por un grupo de destacadas figuras públicas, filántropos y creadores artísticos. Las colecciones del museo están seccionadas en 18 departamentos, responsable cada uno de ellos de la adquisición, conservación y exposición de sus propias obras.
            La sección de arte estadounidense –dentro de un perímetro de 136 mil metros cuadrados, enmarcados en el espacio de un hermoso palacio de cristal en el Parque Central–  se extiende desde el período colonial hasta nuestros días. Su renovación, por un costo de 100 millones de dólares, culminó en 2011. La primera fase, que se concentró en remozar las galerías del primer piso, había terminado en 2007.
            Inaugurado en 1980, como extensión del museo original, con muebles, artes decorativas y pinturas, el muestrario de este sector ha crecido considerablemente en número y calidad dentro de un ambiente en que visitantes y curadores coinciden en la búsqueda de elementos novedosos.
            El patio exterior Charles Engelhard –en donde la luz penetra armoniosamente a través de los cristales– cuenta con la fachada del edificio bancario estadounidense Martin E. Thompson, de corte griego y piedra caliza, así como otras salas correspondientes a diferentes períodos.
Fachada del edificio bancario estadounidense Martin E. Thompson
            El espacio actual, con 30 por ciento más de su capacidad original, está ocupado por algo más de medio centenar de monumentos de mármol, bronce, mosaicos, ventanas de vitrales y elementos arquitectónicos, muchos de los cuales están situados de forma tal que los visitantes pueden examinarlos desde un ángulo más cercano. Antes, las esculturas realizaban una función simplemente decorativa; mientras ahora se enfocan mayormente en ilustrar de forma global la trascendencia del arte estadounidense.
La escultura de bronce dorado “Diana”, del artista Augustus Saint-Gaudens, 
se erige en el centro del patio exterior Charles Engelhard
            Entre las obras exhibidas en el patio, resalta en el centro la escultura de bronce dorado “Diana”, del artista neoyorquino de origen dublinés Augustus Saint-Gaudens, apuntando hacia la entrada, colocada sobre un pedestal de mayor dimensión que el que tenía antes. También se admiran piezas de mármol del escultor romántico Daniel Chester French, que estaban previamente colocadas en el balcón del segundo piso, donde no resultaba fácil admirarlas.
Una vista de la sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que muestra tres esculturas de mármol de Daniel Chester French: "Memory" (extremo izquierdo), "Mourning Victory" (izquierda) y "The Angel of Death and the Sculptor" ( derecha)
            Además, se exhiben dos monumentales lámparas de estilo francés, de 1902, diseñadas por Richard Morris Hunt, que estuvieron guardadas por décadas y que ahora relumbran a cada lado de la entrada del museo. Asimismo, domina un puesto significativo en la exhibición un púlpito de piedra caliza tallada del escultor de origen vienés Karl Bitter, famoso para los neoyorquinos por su célebre fuente frente al Hotel Plaza. 

El púlpito y la barandilla del coro de la Iglesia de todos los Ángeles (ahora demolida), 
es una de las obras eclesiásticas más hermosas ejecutadas en Estados Unidos

Se pueden admirar, conjuntamente, las ventanas de vitral Tiffany, a cuya colección fue agregada una de 1867 de Henry Sharp, llamada “Fe y Esperanza”, de la Iglesia St. Ann de Brooklyn; así como un nuevo entresuelo de vidrio con sus balcones originales.

Henry Sharp proporcionó esta ventana, 1867-69, y muchas otras para la Iglesia Episcopal de Santa Ana en Brooklyn –de colores intensos, típicos de la época–, bajo el marco de una gran estructura de estilo neogótico construida por la firma Renwick and Sands
          Alrededor de doscientos cincuenta obras de alfarería estadounidense, hechas entre 1876 y 1956, fueron donadas al museo por Robert A. Ellison Jr., un importante coleccionista neoyorquino. Se exhiben poco más o menos mil objetos decorativos y joyas de hasta el siglo XVIII. Ajustándose a la luminosidad arquitectónica del lugar, un nuevo elevador de cristal transporta a los visitantes a las salas representativas de las diferentes épocas.
Un elemento central de la renovación del "Ala estadounidense" es un llamativo ascensor de cristal
          Después de la remodelación de 2011, los “curadores” decidieron agrupar los trabajos (3400 han sido añadidos en los últimos 30 años) cronológicamente, integrando los elementos como la plata con la cerámica para alcanzar efectos visuales más deslumbrantes. Los visitantes se enfrentan a una arquitectura que va desde la Massachusetts puritana del siglo XVII hasta un comedor de principios del siglo pasado, diseñado por el estadounidense Frank Lloyd Wright, uno de los principales maestros de la arquitectura del siglo XX. Las diferentes salas tienen pantallas sensibles al tacto, a través de las cuales los visitantes pueden informarse sobre los diferentes objetos en exhibición.