"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


2 de mayo de 2010

Cuello y corbata (cuento anecdótico)



metropolitana.evisos.net

Autor: Alexei Dumpierre, escritor cubano exiliado en Brasil




Vestirse de cuello y corbata siempre fue una gran distinción impuesta por la práctica de la sociedad burguesa, en cuyo sistema los valores externos pasaron a tener una gran importancia. Desde la época de los grandes hacendados vestidos de dril cien hasta hoy el traje ha sido la prenda de vestir que le confiere una cierta categoría social al hombre, un estatus de distinción y presencia que infelizmente conllevan mayor reconocimiento social. Digamos por ejemplo los abogados, categoría profesional que sin razón gozó siempre de alta reputación, lucían sus vestimentas de muselina inglesa confeccionados por famosos sastres y los de más alta posición social los mandaban a crear en las mejores sastrerías francesas a la medida. Algunas marcas – también de camisas de cuello y corbatas – llegaron a adquirir tanta fama que cuestan una fortuna.
En Cuba, después que los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra se cansaron de sus fétidos uniformes verde olivo, invadieron los roperos de la burguesía que emigró de la isla y empezaron a sentir el gusto de vestirse de etiqueta. Pero claro, con la escasez los tejidos y confecciones importados fueron desapareciendo y pasó a ser una prenda de lujo, sólo en poder de los altos funcionarios del Gobierno para asistir a los enormes banquetes de recepción en embajadas, casas de protocolo o el Comité Central del Partido, en cuya invitación venía escrito: “Imprescindible cuello y corbata”
Me recuerdo que en cierta ocasión la presidenta de la Casa de las Américas recibió una de esas invitaciones, que eran las mismas para hombres y mujeres. Entonces, con el ánimo de ridiculizar a los organizadores, se puso un traje, camisa de cuello y corbata del marido y se apareció de esa forma en una actividad de alto nivel. Demás está contar lo sucedido.
Para los funcionarios de menos nivel que viajaban por el Gobierno, fue necesario abrir una tienda llamada “El Louvre”, donde se les vendía un traje, camisa, corbata, zapatos, cinto y alguna ropa interior y prendas de invierno. El gran problema era que no había variedad de los modelos y todos parecían uniformados, pero al menos estaba de cuello y corbata. Claro esta prerrogativa era de los dirigentes de categoría A, o sea: Ve A Roma, A París, A Londres. Porque a los había B, a los que se les ordenaba: B a Camagüey, B a Pinar del Río… Los de clase C: C honesto, C sincero, C fiel; Ya a los de la D se les pedía: D la vida, D la sangre, Del sudor. Y por último los infelices de la E, cuando se aparecían en una recepción les preguntaban: ¡E! y tú que haces aquí.
Pero este no fue el caso de Manolito, quien en combinación con una amiga decidieron casarse obligados por la escasez. Porque para esa ocasión de carácter nupcial el Gobierno abrió otra casa en la que se les vendía a los novios algunas ropas y productos para el hogar. Muchos hasta se casaban varias veces para adquirir los productos, que incluían comestibles y bebidas para la fiesta, con el objetivo de venderlos después a precios descomunales.
Aunque Manolito no era muy cuidadoso de su presencia física, pues se había dedicado por entero a los estudios, sintió deseos de vestirse de cuello y corbata, de manera que estaba con grandes expectativas de adquirir el suyo. Pero el pobre no tuvo la suerte de otros y al llegar su turno en la tienda sólo había trajes de tallas mayores. Con mucho esfuerzo la falsa suegra consiguió arreglarle los pantalones, pero con el saco no hubo forma. De manera que el día del simulacro de fiesta el pobre parecía un estropajo dentro de un saco de yute.
Con el tiempo el joven talentoso se fue decepcionando con todas esas vicisitudes que atraviesa el pueblo en la isla y acabó saliendo clandestinamente del país. Durante los primeros meses en Venezuela no descansó un día buscando trabajo y enviar su currículo para cuanta agencia encontraba, pero el alto índice de desempleo y las calamidades de la nación suramericana conspiraban contra sus expectativas. Finalmente un día recibió un telegrama de una multinacional en el área de turismo en el que elogiaban su extraordinario currículo. Necesitaban a un joven como él, que dominara tres idiomas y con amplio bagaje cultural, para el cual ofrecían un alto salario. Finalmente lo convocaron para una entrevista con el Gerente de la empresa una semana después.
Durante esos siete días no descansó un minuto a fin de prepararse ante las posibles preguntas. Se dedicó a repasar todos sus conocimientos de historia y geografía; tendencias del mercado turístico; vocabulario en las tres lenguas más empleados en el área de turismo; literatura universal y otros campos de la cultura; compró un libro sobre el arte de la oratoria para causar mejor impresión con las respuestas y diariamente hacía ejercidos de dicción y postura frente a un espejo. De manera que su preparación era amplia y rigurosa.
Finalmente llegó el día señalado y Manolito se levantó bien temprano. Vistió una camisa nueva de mangas largas que le había comprado la enamorada en una tienda cara, cerró el portafolio donde había colocado todos sus documentos, los tres títulos universitarios, otros de escuelas de idiomas y diplomas. Llegó al edificio en el centro de la ciudad quince minutos antes de la hora marcada, pues entre otras virtudes, era muy disciplinado. En la recepción lo interceptó un negro alto vestido de cuello y corbata.
- Buenos días. ¿Qué desea?
- Vengo a una entrevista en el décimo piso.
- Me muestra su documento de identidad, por favor.
- Si, claro, aquí está mi pasaporte.
- Efectivamente. Usted tiene una entrevista a las diez de la mañana con el gerente general. Pero infelizmente no puedo dejarlo subir.
- ¿Pero por qué? Tengo aquí todos los documentos solicitados.
- No lo dudo, pero usted no vino de cuello y corbata.

Nota: tomado del libro Dispersos por el mundo

No hay comentarios:

Publicar un comentario

"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.