"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


19 de abril de 2011

Mi segundo viaje a La Habana (testimonio)


netoraton.es
Por Tony Pichs

Como algo inesperado y misterioso vuelvo a hacer mi segundo viaje a La
Habana con el deseo de encontrarme en uno de mis favoritos lugares cuando vivía en Cuba: la playita de 110.  Estuve flotando en una rampa que era antiguamente para desembarco de botes. Dije antiguamente porque en la revolución, que fue la época en que  nací y crecí, nunca vi desembarcar ninguna embarcación.
Allí mismo se encontraba el más pequeño de los puentes que salen al agua y
donde, por primera vez, sin querer, alguien me empujó cuando sólo tenía seis
años y me di cuenta que la necesidad de sobrevivir se impone en muchos
momentos. Ese fue uno de esos recuerdos que nunca se olvidan. Nadé. No me ahogué. ¿Cómo lo hice? No podría explicarlo, pero aquí estoy para contarlo.

Al otro lado del puente, se encuentraba un alto muro que separaba a un precioso
club que, antes de la mal llamada revolución, tenía el nombre de Hijas de
Galicia y así nos acostumbramos muchos a llamarlo por su verdadero nombre.
Al otro lado del muro estaba mi lugar favorito, La Costica de 110, como le
decíamos todos. Es una salida al mar donde está solamente cubierta de rocas
que le solíamos llamar diente de perros. Allí pasé los momentos más tristes y
más alegres de mi vida. Recordé que usé la misma trusa de color negra que me
regaló mi amigo Pancho, el salvavidas, por más de una década. Le tuve que
quitar un escudo con una cruz roja que me identificaba como salvavidas.
Pancho fue el que me enseñó a montar bicicletas, los primero golpes de
handball en una cancha, a cazar submarino y, en mis tiempos de receso escolar, me iba con él a la Playa de Guanabo que era en ese entonces donde se encontraba la escuela de Salvavidas.
Cuando me doy cuenta que estoy por segunda vez en La Habana, sin ningún plan ni preparación para ese viaje,  aproveché para dar un paseo por los lugares que siempre me gustaron recordar. Cuando la nostalgia de los primeros años de exilio, recordaba, no puedes evitar el cerrar los ojos y vas a la cama pensando que estás entre los tuyos. Es algo inevitable para un exiliado, creo que a todos nos ha pasado lo mismo.
Partí hacia mi recorrido. Primero fui a visitar mi pequeña cancha de
handball y dije,  mi cancha, porque fue allí donde pasé, posiblemente, la mayor
parte de mi vida. Jugué ese deporte desde que tenía unos 12 años. Recuerdo
que esperaba a que los adultos desocuparan las canchas para luego  tirar mis pelotas. Bueno, aclaro que cuando había pelotas.
Al llegar fue una tristeza muy grande. Las paredes ya no eran tan verdes y la
raya roja que era de aluminio para que se escuchara cuando era un tanto
malo, estaba ahora con una pintura colorada.  Algunos huecos en el piso donde ya la pelota, al picar, no se sabía a dónde iba a dar. Quise cruzar al otro Club, El famoso Cubanaleco, que lo dividía otra rampa para desembarcar botes y dos puentes, uno chico que pertenecía a las Hijas de Galicias y el otro, mucho más largo que pertenecía al Cubanaleco, los dos estaban derrumbados. Me sentía que estaba en una ciudad después de una guerra.
Al cruzar el Cubanaleco, visité las dos canchas que eran más grandes y vi
que las utilizaron para parquear camiones. No me podía explicar tan
semejante barbarie. No creí que estaba en Cuba o al menos la Cuba que yo
conocía. Nada me era agradable a mis ojos.
- ¿Dónde está la gente? No veo a nadie conocido- me preguntaba a cada
instante.
A lo lejos vi a alguien, ya viejo, pero su cara me era familiar. Un negro
que en su juventud era lo más fuerte que yo conocí.
- ¿Reynaldo?- le grité con mucho entusiasmo y con el deseo de por fin ver a alguien conocido.
- Sí, el mismo que viste y calza -me respondió - ¿Te conozco?
Reynaldo me miró  como si la vista le fallara.
- Sí, soy Tony, Tony Pichs ¿No te acuerdas, el amigo de Jesús, de Felo,
Lali , que jugábamos handball con Melquíades Cuatro Patas, Charles...?
Él recordaba los nombres pero a mí no, por una sencilla razón, yo era un
chico que andaba con ellos ya más adulto. No creo que quisiera recordar a
un adolescente y menos cuando tenía tantos amigos.
- Te refrescaré la mente- le dije - ¿te acuerdas cuando Dorticos y tú
trajeron a la playa las escopetas de aire comprimido, algo que nadie se
podía dar el lujo de tener en Cuba en esos tiempos?
- Sí - me dijo con una alegría y como si estuviese viviendo el momento.
- Pues yo estaba allí ese día que tú saliste con Tony Margarita a pescar y
regresaron con muchas Viejas Loras y les quitaron las escamas encima del
puente.
- Aquel día fue inolvidable para mí - me dijo Reynaldo con un tono bajo y de
nostalgia.
- Te comprendo -le dije para animarlo- Yo tengo esa misma nostalgia, pero
también los bonitos recuerdos de haber tenido buenos amigos como tú, Felo,
Lali, Charles, etc.
- Cuéntame ¿qué haces por aquí? - me preguntó Reynaldo.
- Chico, la verdad es que no sé, he estado dos veces en La Habana y no me
explico el por qué ni para qué, pues es como que ya no estoy vivo y me
transporto a lugares que me traen bonitos recuerdos, de mi infancia, pero la verdad es que esto de viajar a La Habana, las dos veces que lo he hecho, me siento más deprimido. Mira esto , ya no es lo mismo.
- ¿Qué pasa con la gente, no cuida nada, no le importa nada, sabes algo o
tienes una respuesta para esto? - le pregunté con insistencia.
- Qué puedo decirte yo, Tony, que me quedé rezagado con la esperanza de que
algún día mis amigos regresaran y pudiéramos jugar un partidito de cancha todos juntos con unas cervezas. Los buenos se fueron y abandonaron todo. La gente de ahora no conoce de lo bueno que era este país y de lo bueno que teníamos antes de que llegara ese hijo de puta de Fidel al poder. ¿Quién les
va a enseñar a los jóvenes lo que era esto antes? Yo les cuento a mis hijos
y a mis nietos, pero es como si les estuviera leyendo un cuento de hadas.
Pero, cuéntame, ¿qué sabes de la gente del barrio?- Reynaldo me preguntó, más insistente.
- Te diré que me enteré que Mario Alderete está en España, el hermano de Manolo que jugaba con nosotros Polo acuático, ¿recuerdas?
- Sí, claro - me respondió.
Y comencé a ver en su cara cómo la alegría le venía y se transportaba a su
juventud.
- Cuenta, cuéntame más- me insistió.
- Todos estamos bien. Te alegrará saber que Felo es el abanderado de los
cubanos en el exilio. Ha logrado reunir más amigos y conocidos en su casa de
los cayos, que la casa de Transito que inició Arturo Cobo cuando salían los
cubanos en balsas y les daban refugios.
- ¿Cómo, Felo vive en los Cayos?- me preguntó.
- Sí, él no pudo, como nosotros, vivir lejos del mar. Es algo que nos ha
marcado para siempre, a todos los del barrio. Con decirte que yo tengo la
necesidad de cada una de las dos vacaciones que me tomo al año, una tiene que ser en el mar, si no me ahogo.
- Felo es un caballo. Alguien me dijo que sigue siendo el mismo - me dijo
Reynaldo con un suspiro que hasta a mi me dieron ganas de llorar. ¿Y sabes
algo del Águila?
- No, a él lo dejé de ver en los ochentas.
- Mira quién viene por ahí ¿A qué no lo conoces? - Reynaldo me giró la
cabeza y señaló hacia alguien que venía a nuestra dirección, alguien rubio y
que al parecer tenía una figura de atleta notable en su juventud. ¿Sabes
quién es?
- No - le respondí -. Es Juanito ¿no?
¿ Juanito, el hermano de Jorgito?-exclamó con alegría.
- Sí, el mismo. Es uno de los pocos que quedamos. Corrí a abrazarlo y él,
sorprendido... pero  no me reconoció.
- Mi hermano, cuánto tiempo sin vernos- Juanito seguía sorprendido.
Reynaldo le dijo:
- Es Tony, el de 110 ¿no te recuerdas, que siempre te daba paliza en la
cancha?
Y se rió diciendo:
- A mí nadie me daba paliza en la cancha. Yo era el campeón.
- Ja, ja, no cambias, eres el mismo - le dije.
- Pero, Tony ¡qué cambiado y gordo estás! A primera vista no imaginé que eras tú.
Siempre fuiste el más flaco de nosotros.
- Sí, eso era antes - le contesté- cuando tenía que jugarme la malta o la
empanada gallega en una cancha para comer.
- Pero, cuéntame ¿qué haces aquí?- Juanito me preguntó - Pensé que más nunca nos veríamos.
Y yo le contesté lo mismo:
- No, ni yo tampoco pensé estar más nunca aquí. Es algo inexplicable que
ahora no le quiero dar cabeza pues lo más importante es que estoy con
ustedes y eso me hace feliz.
- ¿Has estado por tu casa? - Juanito me preguntó.
- No, la última vez que la visité no fue de mucho agrado.
- ¿Cómo, pero ya habías estado aquí anteriormente y no me buscaste?- Juanito, sorprendido tanto como yo de mi primer regreso, le tuve que explicar que tampoco fue un viaje planificado y que ni yo supe cómo, ni cuál fue el motivo de mi regreso.
- ¿Qué saben de Breno y de Eddy?
- Lo último que sé de Breno es que vive en California, y de Eddy que tiene
unos hijos hermosos con Daniel el loco.
- Y, ¿cómo está Daniel?- me preguntó Reynaldo.
- Él está gordísimo, si lo ven no lo reconocerían.
Bueno, muchachos, les dije, quiero recorrer algunos lugares más. ¿Alguien me acompaña? No sé qué tiempo estaré en Cuba y quiero aprovecharlo al máximo.
- OK, yo voy contigo - me dijo Juanito.
Y me despedí de Reynaldo después de algunas fotos que le tomé a él y a los
alrededores para enseñarlas a mi regreso a Miami.
- ¿A dónde quieres ir? - me preguntó Juanito.
- No sé, ¿qué te parece si pasamos por mi casa y hacemos algo como cuando
éramos chicos? ¿Recuerdas el pasillo que estaba entre la Genética y la casa
de huéspedes?
- Si, claro que por ahí cortábamos camino para ir a casa de Mike o de
Manolo.
- Pues, ¿qué te parece si hacemos lo mimo?
Juanito estaba muy entusiasmado con hacer las mismas travesuras que cuando éramos chicos. Confieso que no fue lo mismo, ya no éramos los niños que teníamos la misma agilidad para brincar muros ni pelear con los otros barrios a piedras y espadas que nos fabricábamos como si fuéramos vikingos. Al lograr salir de los pasadizos que nos llevaban a la otra calle, encontramos el edificio donde vivía Mike Arista y los garajes estaban llenos de agua estancada y una higiene desagradable con mosquitos y todo. El paso de un temporal de hacía unos meses atrás inundó todo y esperaban que el agua desapareciera por su propia vía,
como todo lo que pasa en Cuba, a esperar que todo coja su propio destino.
Recordé la casa de María Elena y el edificio de Mario y Manolo. Les tiré fotos para mandárselas a España, donde vive Mario. Era una cuadra muy bonita y escondida, diría yo, como que privada. En la esquina estaba todavía muy bien conservada la casa que más me gustaba, que estaba al frente de los talleres de la Genética. Era una casa de dos pisos que se la dieron a unos extranjeros y hacía esquina como yendo para 112, en frente. En mi tiempo estaba un gran terraplén donde guardaban camiones, ahora estaban unos edificios prefabricados donde Juanito me contó viven algunos extranjeros. Doblamos como para coger la calle 110 y vimos la casa de Toti ( el chino ), solamente vivía la mamá, Asia, y la casa seguía hermosa.. Traté de entrar y  me contó un vecino que ella estaba en Miami, visitaba a los hijos, y me pareció gracioso: yo en Cuba y Asia en Miami.
- ¿Será que estoy muerto?- me dije.
En frente, el majestuoso complejo de los becados, así le decían, pues ese
edificio que no recuerdo qué era antes de la revolución, lo llenaron de
becados que vinieron de todas partes a internarse para estudiar y formar al
hombre nuevo como decían las propagandas comunistas. Esos hombres nuevos ahora viven en varias partes del mundo menos en Cuba. Todo es una falsa como este segundo viaje a La Habana y que todavía no me explico después de treinta años... fuera del lugar donde me vio nacer.

¿Alguien tiene la respuesta?
Por favor, compártanla conmigo, y entonces sabré que no estoy muerto, porque regresar a La Habana fue una agridulce experiencia, al menos para mi.

Tony Pichs
Poeta Cubano


2 comentarios:

"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.