"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


1 de abril de 2011

En un Rincón cerca del Cielo (fragmento), de Miguel A. Fraga



En un Rincón cerca del Cielo
Entrevistas y Testimonios sobre el Sida en Cuba
Autor: Miguel Ángel Fraga

“Si alguien me hubiera dicho estas cosas hace seis años, quizás mi historia hubiera sido diferente”.

César Manuel Ribé, artesano y pintor. Irónico, cáustico, de él guardo muchísimos y variados recuerdos que no se revelan en esta conversación. Fue la entrevista más difícil porque César era mi amigo, compartíamos la misma casa en el área del Marañón y mirando su estado, era como escarbar mis propias heridas. El encuentro tuvo lugar durante uno de sus períodos de convalecencia.
2 de junio de 1996.

Para mí el SIDA es la cosa más importante que me ha sucedido después de nacer. Cuando te digo importante, puede ser en cualquier sentido, lo mismo bueno que malo. Por supuesto, en este caso, es malo. Mi primera pregunta la ha contestado sin mirarme y es que está concentrado en la labor que realiza. Prácticamente me da la espalda. Sentado ante su mesa de trabajo, se afana cuidadosamente en pintar con delgados pinceles las figuras de barro secadas al sol que él mismo modeló hace algunos días. Antes de tener las primeras enfermedades oportunistas, cuando aún eras un portador asintomático le pregunto ¿qué pensabas, qué esperanzas tenías? Tampoco me mira. Su atención la dirige al acabado de sus piezas. Termina con una de ellas y la coloca sobre una repisa para que el aire la seque. Enseguida toma otra e inicia la misma tarea. Veía las cosas diferentes. Remueve el pincel dentro de un recipiente con agua para quitarle la...
pigmentación anaranjada y en lo que vuelve a humedecerlo, ahora de color amarillo, me dice que tenía un concepto distinto respecto a la enfermedad, el cual cambió completamente cuando empezó a enfermarse con frecuencia. Antes no me sentía tocado, me imagino que esto le pasa a casi todo el mundo; sí, tienes el virus que produce el SIDA, pero somos un poco irresponsables en ese sentido. Hasta que me di cuenta que estaba aquí, que no es un juego, que estaba aquí y que se puede uno morir. ¿Qué piensas de la muerte? Ahora sí desvía su mirada en mi dirección como preguntándome a través de sus ojos pequeños, protegidos por las gafas, a qué viene esa pregunta. Rápidamente regresa a su labor. No le tengo miedo a la muerte, pero no me gustaría sufrir. Quisiera morirme y ya, así suena los dedos de su mano izquierda algo rápido. Después me aclara que eso no significa que desea morir. Trato de insistir en este tema. Actualmente sufre la secuela de la neurotoxoplasmosis por lo que se ha vuelto un poco lento en sus reacciones. La medicación con sulfas le ha provocado una serie de alergias cutáneas que le resecan la piel y está recibiendo un tratamiento severo para impedir el avance de la cryptosporidiasis, parásitos intestinales que le obligan constantemente a tener deposiciones líquidas. Prácticamente no asimila los alimentos y su pérdida de peso es alarmante. Por si fuera poco, hay que añadir las lesiones de la cándida bucal y esofágica y la variedad de herpes que insisten en aparecer cíclicamente en algunas zonas de su cuerpo. A mi pregunta de que si ha pensado alguna vez en morir responde con gran ironía y deja asomar cierta extravagante sonrisa en sus labios. ¿Alguna vez? No... Muchas veces. Ante la posibilidad de morir...  Hace una pausa, la mano que sostiene el pincel queda muy quieta. Tampoco interrumpo el silencio y espero que medite su respuesta. Luego me dice que en primer lugar piensa en su vida, lo que queda de ella, y después en todo lo que dejaría, su madre sobre todo, que es una persona a la cual quiere mucho. Le pregunto, entonces, sobre sus experiencias relacionadas con el miedo. ¿Cómo lo ves? Yo le tengo mucho miedo a la oscuridad. Hace otra pausa. El silencio también me da mucho miedo. Sí, puede que sea eso, es la falta de visión y sonido lo que me da... puede que eso sea lo que significa el miedo para mí. ¿Sientes miedo a menudo? Regresa a su actividad como restando importancia a la conversación. Cantidad de veces, imagínate. La última vez que estuve ingresado sentí mucho miedo. A veces trataba de no exteriorizarlo para no alarmar a las personas que estaban a mi alrededor que me quieren, es decir, mi madre, a ti mismo. No me gusta la histeria. Pero sí, muchas veces he sentido miedo y de alguna manera le tengo también miedo a la muerte porque es algo que uno no conoce. Sin embargo, está ahí. ¿Crees que vas a morir? Bueno… sonríe con sorna y sus cejas negrísimas se expanden por encima de las pequeñas gafas. Trata de decirme que mi pregunta ha sido verdaderamente tonta. Imagino que todos vamos a morir. Lo que tú quieres preguntarme es que si pienso que voy a morir de forma inminente, o sea, más rápido que los demás. Eso varía. Hoy te puedo decir que sí y mañana decirte que tengo esperanzas: eso depende de cómo me encuentre de ánimo. No puedo dar una respuesta categórica. Pero en sentido general, como me siento hoy sonríe ahora de manera escéptica pienso que sí.
Entonces soy yo quien decide tomar un respiro y lo dejo concentrarse en su trabajo. Me entretengo contemplando las piezas que ya ha terminado de colorear, rollizos angelotes desnudos que me recuerdan las formas de Rubens, pero mucho más agresivas que las de aquél pintor legendario. Estos cuerpos obscenos y cómicos al mismo tiempo, copulan unos con otros desinhibidamente. También llama mi atención un dinosaurio de unos nueve centímetros de altura aproximadamente, algo afeminado, de color verde y con manchas amarillas. Su expresión es muy tierna y entorna sus ojos mientras sostiene entre sus manos una hermosa margarita. Otro de sus caricaturescos personajes de barro, esta vez a modo de relieve, es la bruja desdentada con cabellos blancos, largos y desordenados, que remueve la pócima de su caldero en el fondo de un plato de cerámica. El plato ha sido decorado como si fuera el interior de una gruta, con luminosas y plateadas estalactitas y seres fantásticos, indefinidos, que recuerdan a murciélagos, sapos y serpientes. Me recreo también en los pequeños niños adosados a cortezas de árboles, y acompañados de mariposas y flores silvestres. En la mayoría de las gorras de estos simpáticos y traviesos chicos aparece escrito el nombre Tito en honor a uno de sus más admirados amigos. En resumen, es una obra festinada y colorida donde priman los colores amarillos, verdes, naranjas y rosas con un carácter aparentemente infantil que sustituyen la alegría que no hallo en su creador. Todos estos personajes, que muy bien pudieran aparecer en tiras cómicas, muestran un indudable aire de inocencia. Están cargados de una doble intención que descubro en la forma en que miran y esperan desde sus congeladas posiciones. En realidad, no los creo ni tan serenos ni inofensivos.
¿Crees en la trascendencia del alma? ―Le pregunto. En eso he pensado. De mi obra no va a quedar nada importante como para que yo espere una determinada trascendencia. Por muchas razones no me considero un artista con letras mayúsculas o con todas sus letras. Pasaron otras cosas para que esto no sucediera. Pero sí, pienso que lo poco que he podido hacer, al menos, lo he hecho con cariño y son las cosas que siento. Si llegaran a recordarme... no sé. Eso tendrá que decirlo otro; desgraciadamente yo no voy a estar para ver eso. Van Gogh, por ejemplo, salvando la distancia entre él y yo, murió pobre, muy poca gente le conocía y ahora, “Los Girasoles”, uno de sus cuadros más famosos, ha alcanzado cifras astronómicas de millones de dólares. Con el arte nunca se sabe lo que puede pasar. Lo que sí te garantizo es que casi todo lo que he hecho ha sido con muchísimo amor. ¿Te has sentido frustrado? A veces sí, pero he llegado a la conclusión de que uno se frustra si se exige demasiado, más de lo que en verdad uno es capaz de hacer. Si se tiene la medida exacta de hasta dónde llegar, no hay frustración. Yo sé que puedo llegar hasta aquí. Y cómicamente echa a un lado la pieza que hasta hace un par de minutos pintaba, un niño divirtiéndose dentro de un globo aerostático sobre fondo azul y nubes blancas. Me mira fijamente con sus ojillos achinados a través del vidrio de sus espejuelos. Quiere explicarme lo desagradable que resulta para un artista hablar de sus limitaciones y reconocerlas públicamente. Te lo digo ahora porque estamos conversando. Yo lo sé y muchos artistas saben hasta dónde pueden llegar. No insisto más y le pregunto si ha amado alguna vez. Varias veces. El amor es una cosa difícil de encerrar o conceptuar. Si amar es sentirse bien, pensar en alguien con agrado, pasar momentos felices con una persona, creo que sí he amado. Te estoy hablando desde el punto de vista afectivo y carnal. Pero también amo a mi madre, los libros, la vida, muchas cosas. Actualmente, ¿qué esperas de la vida? Su respuesta no se hace esperar. Tiempo, que me dé tiempo para encontrar la solución de este problema. Si tuvieras la posibilidad de sanar, ¿cómo enfrentarías la vida?  Se acomoda en su silla y vuelve a darme la espalda, parece demostrarme que ninguna de mis  preguntas logrará sacarlo de paso y desconcentrarlo de su trabajo. Esa pregunta es algo difícil de responder; tendría que sentirme sano nuevamente. La responderé hipotéticamente, pero de manera real, no. Si quieres la respuesta ahora, hoy año 96 con treinta años...  (Pausa) sería un poco más maduro. También sería un poco más viejo. Vería la vida de forma diferente, creo que sí, diferente y  más tranquila. Hoy en día tengo mucha inquietud aunque no lo aparente, inquietud en todo. Le pregunto si teme que puedan aparecer otras enfermedades oportunistas. Su expresión es imperturbable; una vez más me observa, pero otra vez regresa al coloreado de sus obras. Su pulso es normal, el pincel va y vuelve sobre la superficie del barro con máxima precisión. Hasta el pasado diciembre esperé para que el neurocirujano me viera. Desde esa fecha no he tenido nada nuevo, ni nada que afecte mi vida de forma inminente. Pero todos los días cuando me levanto (y también cuando me acuesto) pienso en esas cosas y sí, en cualquier momento puede aparecer algo desagradable.
Creo que es bueno hacer otra pausa, pero en esta oportunidad no me entretengo en inspeccionar los detalles de su habitación sanatorial que él ha convertido en un taller colmado de obras de barro y muñecos de tela. Hago una introspección profunda y cada vez más me identifico con su actual estado. Para muchos es lamentable su deterioro físico y su bajo peso. La pregunta que sigue ya no es tan desenfadada ni tan alejada de mi presente.  ¿Sientes temor cuando te notifican el resultado de tus chequeos y análisis? Sí responde con seguridad. Me da miedo, pero es necesario que lo sepa. Confiesa que no le gustaría ser engañado ni que le ocultasen algo que él debería conocer. La primera vez que fue ingresado vino a enterarse de lo que había padecido al cabo de cuarenta y dos días, cuando le dieron el alta del Hospital Pedro Kourí. En realidad había estado muy mal. Los síntomas comenzaron con excesivos dolores de cabeza, pérdida del apetito y rechazo al trabajo. Estuvo casi una semana sin hacer nada. Cuando todos los convivientes de la casa nos percatamos de que no tenía fuerzas para levantarse del sofá, nos preocupamos sobremanera y lo notificamos a las enfermeras del área. Una parte de su cuerpo, las piernas, no respondían a los estímulos externos que le proporcionaba el médico de guardia con un martillo de goma. Más tarde, perdió la memoria y comenzó a hablar incongruentemente. Estuvo al borde de una demencia por SIDA. Con eficaces tratamientos fue recuperándose hasta regresar a la normalidad; pero las secuelas quedaron en su cerebro y su carácter se tornó mucho más ácido e hiriente. Probablemente pilló este parásito en el sofá donde suele acostarse en las tardes para ver la televisión. En reiteradas ocasiones, a la vuelta del pase del fin de semana, como dejamos abiertas algunas ventanas, para la ventilación e iluminación de las plantas que el propio César cuida celosamente, hemos sorprendido a una gata con su prole acomodada en el sofá. Lamentablemente estos felinos transmiten el parásito que lo afectó de manera tan dramática.
En aquellos momentos yo no sabía lo que era una neurotoxoplasmosis me dice, ahora me he documentado. Los dos nos sentimos, de alguna manera, incómodos. Hemos llegado a un punto donde la conversación nos hace revivir momentos no deseados y ya está bueno de hurgar en lo que no tiene remedio. Prefiero finalizar mi cuestionario antes de caer en peores y oscuras oquedades. ¿Qué mensaje puedes dar a las personas que aún no conocen el SIDA? Otra vez su sonrisa pícara y doble intencionada. Supongo que actualmente no existan personas que no conozcan el SIDA. Imagino que todo el mundo deba conocerlo. Pero en ese caso, lo mismo que digo siempre, que traten de protegerse. Añade que no hay que dejar de amar ni disfrutar los placeres que la vida nos regala. Me dice que la vida es muy corta y esas cosas se pueden hacer con cuidado. Si alguien me hubiera dicho estas cosas hace seis años, quizás mi historia hubiera sido diferente. Nos miramos fijamente por breve tiempo. Interrumpo la aparente pausa con mi última pregunta. ¿Quieres agregar algo más? Con una sonrisa más amplia que las anteriores, verdaderamente sincera y con mucho de alivio, deja que sus expresivos ojos vayan directamente a los míos y así recorre todo mi cuerpo sin dejar de sonreírme. NO.


César Manuel falleció seis meses después, víctima del SIDA.

2 comentarios:

  1. Será cierto todo lo que se dice?

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  2. La duda no hace la fe, pero las pruebas convencen al ignorante.

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"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.