"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


19 de diciembre de 2011

Era de cambio (cuento) de Miguel Angel Fraga



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Fuma el puro que le gusta mientras lee el periódico. Tiene la tele encendida pero no le presta atención. Yo soy quien, desde la cocina, escucha las noticias para comentarlas durante la cena. Me esmero para que todo esté en orden, que no falte ni un detalle en la mesa. Hoy es nuestro aniversario.
Me he maquillado como a ella le gusta, sin exceso. Carmín en los labios y unas pequeñas sombras bajo los ojos. Por supuesto, no podría faltar el rímel para realzar mis pestañas. También me he puesto el vestido que me regaló.
Recuerdo al detalle la primera vez que fuimos juntos a la cama. Mi vida dio un giro de ciento ochenta grados a partir de ese día. Doblegó mi espíritu y mis convicciones. A pesar de su juventud, su capacidad de seducción no tiene límite.

Al mes de conocernos, después de tanto insistirle para que nos descubriéramos tal como somos, me preguntó si podíamos ir a un motel lejos de la ciudad. Hicimos el viaje en silencio, estábamos preocupados por lo que iba a suceder.
Al llegar al motel, entramos al bar; tomamos sendas copas de vodka con zumo de naranja y subimos luego a la habitación. Después del primer contacto, los besos, las caricias, me apartó con suavidad y me pidió que me desnudara y me acostara en la cama. Yo estaba a tope y obedecí al instante. Desnudo, sobre las sábanas, comprobé que ella no había hecho ni el intento de soltarse el pelo. De pie, frente a mí, me contemplaba. Me vi atrapado en un escenario inusual; me sentí, de repente, incómodo. Era la primera ocasión que sentía pudor ante una mujer.
Después de observarme, admitió que no le gustaban los hombres con pelos, debía afeitarme. Sacó de su bolso un par de cuchillas de afeitar y las tiró sobre la cama. Regresaría al bar a darse un trago y estaría de vuelta en media hora, tiempo suficiente para que yo me hubiera afeitado. Su actitud me sorprendió tanto que no llegué a responder. Salió de la habitación dando un portazo.
Nunca solía llevar barba ni bigotes, me rasuraba a diario; así que supuse que se refería a mi pecho y a mi abdomen. Sin lugar a dudas, le excitaban los chicos metrosexuales. Decidí complacerla. Ardía en deseos de hacerle el amor y con tal de conseguirlo, era capaz de cualquier cosa.
Cuando regresó, me inspeccionó y me dijo que tal vez no se había explicado bien. Me lo repitió otra vez. No le gustaban los hombres con pelos y para que comprendiera a qué parte del cuerpo se refería, me haló los vellos del pubis y también los de los muslos. Yo quedé helado.
Como no estaba seguro de complacerla esa vez, me dijo que no le importaba ayudarme. Ella misma me rasuraría. Sería mucho más erótico de esa forma y, con dulzura, me convenció para que la acompañara a la bañera. Y me metió en ella.
–Sé bueno –me dijo.
Me afeitó primero los muslos y luego las piernas. Yo no daba crédito a lo que me estaba haciendo. Asombrado, meneaba a un lado y otro la cabeza sin comprender. De vez en cuando ella rozaba mis genitales. Me miraba y mordía sus labios. Mi rabo se ponía rígido y ella continuaba, entonces, el afeitado. La tiesura del miembro no duraba mucho. La labor del afeite es demorada y uno se va relajando. A veces sentía cosquillas y sensaciones de caricias que no podía asociar a algo específico porque nunca antes las había experimentado. Me afeitó también las axilas. Por supuesto que me negué. Pero, metido en una bañera y desnudo, ante una mujer con una cuchilla en la mano, mejor era acceder a sus caprichos. Minutos más tarde, no pude creer que los pelos de mis axilas hubiesen desaparecido.
–Te ves mucho mejor –afirmó y besó cada una de las cavidades.
Siguió con el pubis. Halaba con delicadeza mi rabo para estirar la piel y se esmeró al máximo por desaparecer toda huella de vello en la zona y en la bolsa de los testículos. Para dar el acabado, me chupó el miembro que se volvió a endurecer en el acto. Pero cuando más enardecido estaba me ordenó:
–Date la vuelta.
–¡Qué!
–Date la vuelta. No pensarás que después de afeitarte el cuerpo, te voy a dejar con los pelos del culo. Date la vuelta.
Increíble. Las piernas, el pubis, las axilas y también el culo.
Cuando terminó, entusiasmada por su labor, me duchó, me secó y me llevó de la mano a la cama. Reconoció que había quedado estupendo. Siempre me imaginó así. Me hizo prometer que, a partir de ese momento, debería mostrarme de esta forma para ella.
–Me gustas –y besó mis labios.
Yo me veía como un pollo desplumado. Me sentía horrible. Ella se tendió a mi lado y me manoseó a su antojo. Caí en cuenta que había estado desnudo todo el tiempo mientras ella no se había quitado ni una prenda.
–¿Piensas desnudarte, verdad? –le pregunté.
–Sí –respondió, y de un tirón se arrancó el vestido.
Yo me paré para admirarla a mi gusto. Ella me observó como si tramara algo.
Se quitó las medias con lentitud, una a una y me las entregó. Me invitó a ponérmelas. No entendí lo que se proponía, me costaba trabajo seguir el juego.
–No tengo apuro, puedo esperar –me dijo con ironía para que me decidiera a ponérmelas de una vez. Como no estaba diestro en cosas de mujeres, fue difícil colocar los pies dentro de las medias, me enredé con ellas y no pude desenrollarlas completamente para cubrir los muslos. Sin perder su calma, añadió–: No las rompas, por favor. Hazlo con cuidado.
Ni siquiera fue capaz de orientarme. Me miraba y sonreía con malicia. Cuando por fin creí que había conseguido colocármelas, di unos pasos y, en broma, le pregunté cómo me quedaban. Ella dudó con la cabeza. Yo me percaté que mi miembro colgaba flácido y lo protegí con mis manos.
Ella rió mi ingenuidad y, para darme ánimo, como si hiciera un strip-tease, se despojó de sus calzones. Con un dedo los hizo girar como un par de aspas y me los lanzó.
Los atrapé en el aire, eran muy sexy. Los llevé a mi nariz y respiré su olor.
Con autoridad me dijo:
–Me los regalaste porque te gustaban. ¿Recuerdas? Entonces, póntelos.
Mecánicamente cubrí la desnudez de mis genitales con sus calzones y me pregunté por qué obedecía.
Terminó por quitarse el sostén y quedar completamente desnuda. Me lo entregó y yo no sabía, en principio, qué hacer con él. Me lo puse también. Ella se desenvolvía muy bien desnuda, no tenía pudor. Se recostó al espaldar de la cama y extendió sus piernas al frente. Me pidió que me acostara a su lado.
Con las medias, el sostén y los calzones de ella me sentía muy frágil. Apenas pude plantar firme los pies. Llegué de puntillas a la cama. Era una situación muy extraña, estaba cohibido y, para ser honesto, sentía temor. Me arrimé con timidez a su lado y fui incapaz de moverme. Ella tomó la iniciativa y me estrechó con fuerza.
–Estás súper guapo –me dijo para animarme.
–¿Eres lesbiana? – pregunté.
Sus ojos brillaron y, de pronto, soltó una carcajada.
–¿Te burlas de mí, verdad? –insistí en preguntar. Como respuesta, se me encimó y colocó sus tetas sobre mi pecho. Me besó apasionadamente. Luego me quitó con habilidad el sostén y yo, de manera instintiva, cubrí mi desnudez.
–Me gustas –confesó–, que tengas recato.
Separó mis piernas pero volví a cerrarlas de inmediato. Forcejeamos y, finalmente, logró su objetivo. Estaba bajo su cuerpo y su control. Volvió a besarme para tranquilizarme. Alborotó mi pelo, murmuró frases calientes y me acarició el pecho y el abdomen. Succionó incansablemente mis tetillas. Introdujo la mano en mis calzones y apretó los testículos con suavidad. Me besaba en todas partes. Relajado abrí las piernas un poco para que su cuerpo encajase en el mío. Me subió los brazos y los cruzó por encima de mi cabeza. Me mordió la barbilla, el cuello. Hurgó con su lengua en mis orejas para arrancarme un par de suspiros. Disfrutaba lo que hacía. Eché mi cabeza atrás, le ofrecí todo mi cuello para que no parara de darme placer. La apreté contra mí. Quería más, todo su cuerpo sobre el mío.
Me quitó los calzones y me subió las piernas. Lo mamó todo: rabo, testículos, culo. Su boca ágil podía abarcarlo todo de arriba abajo y de abajo arriba en movimiento constante. Yo daba riendas sueltas a mis exhalaciones cada vez más fuertes en la medida que me entregaba. Me metió un dedo en el culo y abrí los ojos.
Me besó otra vez el cuello, los labios, las orejas. Volví a suspirar y me percaté que no había sacado su dedo de mi culo. Me dilataba mientras me entretenía con pequeñas mordidas en los lóbulos de las orejas al tiempo que pellizcaba mis tetillas con su mano libre. Jadeaba esta vez y no supe si era por lo que me estaba haciendo en el culo, en las tetillas o en las orejas. Jadeaba.
Hizo una pausa. Se distanció un poco, pero me mantuvo con las piernas en alto y el culo al aire. La miré y me quedé así, esperando. Soy de ella, que haga lo que quiera. Se levantó, buscó su bolso y sacó de él un pene plástico con correas. Lo ajustó con rapidez a su pelvis. De tan pasmado que estaba, no me dio tiempo a bajar las piernas. Antes de que intentara protegerme estaba otra vez sobre mí sujetando mis pantorrillas para mantenerlas en alto.
–No, por favor –le imploré.
–Te va a gustar –me dijo con ternura.
La picardía de sus ojos me hizo confiar en ella.
Untó saliva en su mano y me embadurnó el culo. Me lo dilató poco a poco masajeando mis nalgas y friccionando con la prótesis toda la zona.
–Te va a gustar –insistió.
Quise repetirle que desistiera de esa idea, pero se echó sobre mí y buscó mis labios. Fui yo quien la besó esta vez sin llegar a prohibirle nada. Volví a ser consciente de la situación cuando aullé de dolor. Me había clavado el consolador en el culo.
–¡Para! –grité–. ¡Me duele!
Lo extrajo y comenzó a mamarme la zona dolorida. Aflojé mis músculos. Yo no sabía si suspiraba, si me quejaba o si resoplaba. Mis piernas envueltas en medias de mujer seguían apuntando al techo. Mi ano se dilataba como un túnel. Sentí en mi interior el pene como algo suyo y ya no opuse resistencia. Me poseyó mientras aprisionaba mis muñecas para que no cambiara la posición. Me lo sacó y me lo metió a su voluntad. Me gozó, sí, en el sentido más amplio de la palabra.
Me dolía, me dolía, me gustaba.

3 comentarios:

  1. Todas las eras son tiempos de cambio que producen nuevas eras.

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  2. El cuento tiene un golpe de efecto o final inesperado. El narrador tiene cautela desde el principio. El lector se da cuenta poco a poco. Magistral.

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"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.