"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


19 de abril de 2013

Al filo de la realidad, de Fernando Ambrosino


fragmentos de la novela Al filo de la realidad

EN ALGUN LUGAR DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES, FINALIZANDO EL OTOÑO, DURANTE EL AÑO CRISTIANO DE UN MIL NOVECIENTOS NOVENTA Y UNO.


El señor Rigth miraba hacia la calle desierta de aquella tarde de domingo. A través de él, pasaban en ese momento un sinnúmero de vagas imágenes de lo que había sido su vida.
Era un hombre relativamente joven, nacido allá por el 45.
Mientras, sobre la calle de aquel departamento de Ayacucho caía una imperceptible llovizna. Esta no hacía más que acentuar esa sensación de vacío, por la que nuestro hombre estaba transitando.
Toda su existencia la había invertido, luchando tras la búsqueda del bienestar, del equilibrio, del crecimiento moral y, hoy, en ese mismo momento, se acababa de dar cuenta, que una vida bien vivida no es precisamente aquella en la que se cumplen objetivos, en la que se llega a “metas”, si esto no va acompañado de algo que por desgracia no se compra. Ser protagonistas de nuestra propia existencia.
El placer de poder disfrutar de cada instante como si fuese el último, de vivir la angustia de lo inesperado, percibiendo como la adrenalina corre por las venas.
Si alguien, al menos en pequeñas pinceladas, no cuenta durante su paso por nuestra bendita tierra con esto, será simplemente un espectador, de lujo, pero espectador al fin.
De pronto sintió que todo se desbarrancaba, que había perdido el timón, que iba por el rumbo incorrecto. Se vio sentado por  un momento en su sillón del diario, donde día a día golpeaba la vieja máquina de escribir tratando, tras su fachada de crítico y analista de arte y espectáculos, poder evaluar las obras de quienes en el fondo, y muy a su pesar, habían tenido el coraje de volcar al papel experiencias, fantasías, vivencias y frustraciones.
El hablaba de otros, de lo que hicieron otros……
La noche caía sobre Buenos Aires.                                                                                                                        
Lo sorprendió el neón  de una marquesina cercana, mientras las primeras sombras inundaban la habitación. El lugar había tomado con la penumbra una imagen algo mística.
Toda la decoración del ambiente era pesada, sobria, con casetones de madera forrando las paredes, una gran biblioteca con dos pequeñas pantallas. El mobiliario contenía solo lo básico, escritorio, un sillón, una mesita, y un par de sillas todo en estilo Victoriano.
Así, meditando, cayó en la cuenta que el tiempo había pasado, que ya era de noche, y el último hilo de luz solar se terminaba de marchar.
Se alejo de la ventana y fue hacia el escritorio a encender la lámpara. Miro el reloj: 19,00 hs.
Pensó en la necesidad de revertir la situación, de darle una vuelta de tuerca, de intentar hacer algo que de por si modificase, de alguna manera, al mundo que lo circundaba. Poder salir, de una vez, de la gris butaca de observador, en la que se encontraba sumergido.
  Así fue pasando el tiempo, mientras iba penetrando en un estado de letargo. No de sopor, que irremediablemente te lleva al sueño, sino por el contrario de concentración, una sensación que podría tener algún paralelismo con el autismo, en donde el mundo exterior pasa a estar como mucho más atrás, y solamente queda en la superficie de la conciencia uno, simplemente uno y sus pensamientos.
Seguramente, cada oficio tiene aquellas herramientas que te ayudan a encontrar el pulso justo para lograr la tan ansiada musa inspiradora, como por ejemplo para los actores es la memoria emotiva, capaz de hacer caer en una profunda tristeza a estos, con la mochila de sus personajes a cuestas.
Aunque, si bien todo lo anterior es cierto, no surge de la noche a la mañana, como por generación espontánea.
La capacidad de aislarse, abstraerse, desde luego es una gimnasia que sin dudas, necesita mucha dedicación sobre todo para alguien que siempre participo en el otro “bando”.
Volvió a la realidad. Había estado al menos dos horas delante de la maquina, sin lograr dar forma a ningún texto con el que escalar hilo narrativo alguno.
Recordó la canción de Serrat, aquella en la que la musa viajó de vacaciones y se conformo con el valor de aquel primer intento, pensando en que si persistía seguramente pronto lograría su cometido.
Arranco el papel de la maquina y lo tiro al cesto. Se preparo un sándwich, un vaso de coca, y enfilo por el pasillo hacia su habitación, con el fin de enganchar alguna peli  que lo fuese, de a poco, llevando al sueño.
                                                                          HOJA 1                                                                                            
Sonó el despertador: Las seis y media de la mañana.
Poco a poco el sonido lo fue acercando a su autentica cotidianeidad, sacándolo de un sueño del que no estaba seguro hubiera querido volver.
Como un acto reflejo propio de alguien con hábitos de conducta ineludibles apago semejante tortura y comenzó a acomodarse los huesos, con el infaltable “crack” de su cuello.
Por un momento le paso por la mente la idea de dejar todo y seguir durmiendo. Se pregunto qué pasaría si eso sucediera. Nada, seguramente lo llamarían del diario y tendría que inventar alguna excusa para la que coartadas no le faltarían.
Se sacudió por enésima vez la modorra y en un esfuerzo supremo se levanto.
Sintió un escalofrío al atravesar el pasillo rumbo a la cocina. Cayo en la cuenta que afuera era pleno invierno y que además, en esta época, con la estufa del dormitorio no alcanzaba.
Instintivamente, miró el almanaque de la pared: 9 de junio de 1991, - Para peor, lunes, se dijo.
Colocó dos tostadas en la maquina, puso el café a calentar y enfilo para el baño.
Al mirarse en el espejo, sintió un casi inevitable paralelismo con aquel, “El show debe seguir”, que tan maravillosamente dirigiera Bob Fose, así que chasqueo los dedos y se estimulo con la idea que al menos el todavía podía desarrollar un proyecto de vida sin el riesgo de morir en el intento.
A medida que se iba despabilando acelero el proceso para salir. Paso por el quiosco de diarios y compro un ejemplar de “Pagina” y otro de “Nación”, acto casi compulsivo porque tenía todos los ejemplares a su disposición en la redacción. Igualmente lo hacía para informarse al menos escuetamente de la actualidad y no ser así “madrugado” por algún compañero al llegar al diario. Bien se podría llamar histeria profesional.
Se “tiro” del colectivo y antes de entrar compro en la esquina su clásico paquete diario de Marlboro suave box. Caminó lo más rápido que pudo hasta el ascensor para evitar tener que saludar a cincuenta personas, sin lograrlo con una o dos que lo fueron a cortar *“con los dos pies hacia adelante”.        
Se encerró en su oficina, y ya tenía sobre su escritorio todas las revistas de actualidad de la semana. De ellas, en más de una ocasión, extraía el pie para algún editorial.
Pero ese día no tenía ganas de leer.
Recordó su fúnebre tarde de domingo y le vino la necesidad de hablar con alguna voz amiga, alguien que le sirviese de oreja, pero que al mismo tiempo jugara en el mismo bando.
Habiéndose quedado todo el feriado en su casa, reparó en el detalle que no conversaba con alguien desde el sábado a la noche, momento en el que había ido con unos colegas al preestreno del último filme de Almodóvar que se presentaría en cartel a partir del jueves venidero.
Golpearon a la puerta.  
-Pase, grito
-Buen día, Ale -¿Estas ocupado?
-No, Jorge, pasá, pasá y cerrá la puerta.
-¿Qué pasa? -¿Algún chisme suculento? mirando la cara de su amigo, con expresión de que se callara de una vez.
-¿Entonces? Insistió Jorge, haciendo caso omiso.
-Pasa que toque fondo y la verdad es que lo visto no me gusto para nada…
-No te hagas problema viejo, después de un domingo de invierno y con lluvia como el de ayer, hay que tener mucha guita para que la pálida no te moleste.
-Pero mirá, ya que tenemos la posibilidad de ser vagos pero con carnet, porque no nos cruzamos enfrente y nos tomamos un “feca,”-¿Te parece?
Salieron del diario y enfilaron hacia un bar ubicado en el “bajo” y Tucumán, típico lugar de paso rápido, reuniones de trabajo y encuentros non santos.
-Bueno, cuando te corte estabas en el fondo y -¿Que viste?
-¿Qué queres que te diga? -Me di cuenta que era un tipo hibrido.
-¿Cómo es eso de hibrido?-Pasamelo al idioma barrial. -Si negrito sin vida, sin algo, sin un mísero motivo en la vida que me haga vibrar, sacudir el apresto que nos da la rutina, que paulatinamente nos acartona y de alguna manera nos paraliza.
-Pará, pará, no hables tan largo que te pones patético, -¿Te diste con algo, empezaste con algún tratamiento?
- No boludo, -¿Vez como sos? -¡Así no se puede hablar en serio!
-Escúchame Ale -¿Podes parar la moto un minuto? -¿Vos tenes cuarenta y seis, si?

*En el futbol, agresión punible de tarjeta.                      HOJA 2

-¿Vivís solo, si?
-¿No estarás necesitando cierta compañía, permanente me refiero, que no tenés?
-No negro, no es eso.-Tal vez, para serte sincero, si yo tuviese esa compañía, “permanente” a la que te referís, tendría evidentemente otras prioridades. -La cabeza, al tenerla ocupada en el día a día, permanecería un poco menos libre para utilizarla con planteos existenciales. -Naturalmente, no hubiese tenido un domingo como el de ayer.
-¿Pero? Lo interrumpió Jorge.
-Pero eso no quita todo lo que yo siento con respecto a mi vida. -Cada palabra que te he dicho hasta ahora fue perfectamente razonada, y no propia de un trasnochado sino racionalmente pensada y elaborada.
-Esto es algo que me viene horadado desde hace largo tiempo, Jorgito.
-¿Desde la muerte de Claudia? Inquirió Jorge.
-Negrito: Vos sabes perfectamente lo que fue Claudia para mí. -A partir del accidente mi vida ya no fue la misma.
-¿Pero fundamentalmente, se te agrando la cama, o miento?
-¡NEGRO! -¿Me queres hacer calentar? -No juegues con los recuerdos de esa manera.
-Lo único que quiero es que cambies esa cara de mierda que tenes hoy. -Si te ofendí, o sentís que no respete el recuerdo de Claudia, te cuento que nada estuvo más lejano de mi intención.               -Además, no te apropies del dolor como si fuese de tu patrimonio porque ya sabes muy bien lo que significaba la flaca para todos nosotros.
-SI, está bien. Se disculpo Alejandro.-Pero…
-Pero nada, Ale, afloja. -Necesito de alguna forma hacerte ver las cosas de otra manera.    
-Entendé esto amigo. -Ni siquiera Robinson Crusoe pudo abstraerse del mundo y al final de cuentas, todo lo que sufrió y aguantó fue simplemente para poder soportar el tiempo suficiente hasta que alguien lo rescatase.
- Creo que llego el momento de volver al  servicio activo, Ale, porque te quiero te lo pido, desempolvá el almidón y conectate con el mundo.
-Pero negro, replico Alejandro. -Yo no quiero de ninguna manera desconectarme del mundo, simplemente quiero cambiar, dar un giro.
Mueca y silencio de Jorge -Y una forma de conectarte con el mundo sería dejar de hacer ese papel de ermitaño que no te queda bien.  
-Tal vez tengas algo de razón, prometo al menos pensarlo,- ¿Te parece? aflojo Alejandro.
-Mira, mira, nos conocemos desde hace el suficiente tiempo como para tener la autoridad de intuir que detrás de todos estos nubarrones negros hay algo más -¿Que movida estas elaborando?
-¿Vos tramas algo, porque no largas prenda?
-Mira, la verdad, Jorge, es que me vino el impulso de sentarme a escribir.
-¿Escribir? -Pero si no has hecho otra cosa en los últimos veinte años.
-No fui claro, quiero decir, escribir mi propia obra.
-¡PERO ESO ES UN NOTICION! -Amigo, hubiésemos empezado por ahí -¡La verdad es que me pone muy contento la noticia! -Pero decime, -¿Tenés algo en mente?
-Se adonde quiero llegar. Seco Ale -Pero no me pidas mas detalles porque por ser un ermitaño, ye conté bastante.
Jorge, sonriendo -Es verdad, Ale, y me pone muy feliz.-Se me ocurre una idea, porque no te venís el viernes a cenar a casa y se lo contas personalmente a la bruja, le va a encantar la noticia.
-Me parece una idea bárbara, llevo postre.
-Flaco, Disculpame, lo cortó Jorge,  pero si no vuelvo a la oficina rápido, me matan, el jefe ya debe haberse apiolado de mi ausencia, y no son épocas para estar haciéndose el pelotudo.
-Si, por supuesto, no hay drama, Negrito, y de paso, mientras subimos, vamos hablando un poquito de futbol. -¿O para eso si es buena época para hacerse el señor que vos acabas de invocar?
Los dos se fueron riendo, mientras cruzaban la calle, de regreso.



                                                                      HOJA 3
                                                                   

                                                                         3

Volvieron a la redacción. La charla con Jorge lo había tonificado, reconfortado.
-Martha, dirigiéndose a su secretaria -¿Hubo algún llamado para mí?
-Si señor, lo llamaron de editorial Perfil y también lo hizo su madre.
-Bueno, comunícame con “mi vieja” y Pasamelo a “la cueva”.
Ale, pensando- Con el bajón se me paso el domingo y me olvide de llamarla, seguro viene de sermón. Siempre solía pasar un rato de la tarde de los domingos con su madre.
Ella es una persona con un carácter y temple inigualables. Pertenece a la casta de mujeres inglesas que habían forjado su moral sobre la sangre derramada.
Desde muy pequeña, se vio obligada a sobrellevar junto a su madre y abuela del hoy periodista,  la lucha titánica de sostener un hogar sin hombres, pues su padre, abuelo de Ale, había muerto en la “gran guerra” a manos de una bala Alemana allá por el “17”.
Desde ese momento, y a medida que su edad se lo fuera permitiendo se empezó a consolidar como el pilar de la familia.
Contrajo nupcias en Londres, durante agosto del “37” con el Mayor de la Royal Air Force, Sir William Rigth. Con este, tuvo tres hijos de los que nuestro protagonista resultó ser el que nació en medio de sus dos hermanos, varón el mayor y mujer la menor. Luego de un brevísimo tiempo de paz en donde el oficial pudo sostener una vida normal, es decir, de casa al trabajo y viceversa, comenzaron los acuartelamientos, mientras la vigilia del Comando de operaciones Aéreas, esperaba que los aviones del “Eje” violaran el espacio aéreo ingles.
No tardo mucho en ocurrir y muy pronto iniciaron las hostilidades. Ya en acción, el Mayor se destacó por su pericia y notable heroísmo, teniendo el fuselaje de su Spitfire cubierto con los derribos ocasionados al enemigo. En una de estas misiones, sobre la costa Francesa, persiguiendo a dos “Stuka” sedientos de combustible luego de haber “depositado” sus bombas sobre suelo británico, se produjo una escaramuza entre los tres aparatos, pudiendo el británico derribar a uno de los cazas alemanes.
El mayor, concentrado en la certera ráfaga que derribo al primer aparato, perdió de vista a su segundo oponente por un momento, lo que le basto a este, para encaramarse desde abajo a toda velocidad y atacar la panza del avión del padre de Alejandro.
Consecuencia de la metralla fue la pérdida total del tren de aterrizaje del “tigre volador” y además, sendos impactos en los tanques de combustible.
Al creer que había terminado con su adversario, el avión nazi restante tomo rumbo a su base. De no haber sido por la falta de gasolina, seguramente el Stuka hubiera ultimado a William. Luego de un segundo en donde solo esperaba el final, con un esfuerzo supremo logro destrabar el timón, haciendo que el maltrecho aparato enfilara para su base.
El piloto había quedado con el hombro y pierna izquierdos destrozados por la metralla.    
Al llegar cerca de la costa, “Ghost Rider” ,nombre clave del Mayor dentro de la fuerza, fijo con su base la posición, y, abriendo la escotilla, salto al mar con su paracaídas, siendo recogido varias horas después por una patrulla de la guardia costera.
Las heridas recibidas, más el congelamiento por flotar a la deriva en el canal de la Mancha, dejaron al mayor sin la posibilidad de volver a pilotear.
Su esposa, entre tanto, lucho a brazo partido para que el ex piloto no cayera en la típica depresión por la que transitan aquellos hombres del aire a los que les sacan las alas.
Con la guerra todavía en su clímax, corría el 1942, Helen, tal el nombre de la madre de Alejandro, convenció a su marido de la urgencia por dejar Inglaterra, y emigrar a Sudamérica, escapándose del martillo nazi.

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"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.