"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", Jorge Luis Borges


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13 de mayo de 2013

El chico de la silla de ruedas, de Eduardo Nadal Aragón


EL CHICO DE LA SILLA DE RUEDAS


EN EL CORAZÓN DE LOS CHAPEROS ANIDAN MARIPOSAS DISECADAS

 

 

Guión teatral basado en el relato homónimo de Víctor Ablanedo.

 


Personajes:



Nacho

Iván

Andrés

Madre de Andrés



 

(Un piso modesto pero coqueto. Un salón amueblado modestamente con una televisión y una biblioteca con un teléfono y un montón de revistas y periódicos desordenados. Dos habitaciones al fondo, dos dormitorios con dos camas grandes. La cocina queda fuera de nuestra vista. Entra Iván, un chico atractivo, tira la gorra sobre los sofás frente al televisor y se dirige al público)



IVAN: Me llamo Iván y trabajo en este edificio. Un edificio elegante, mitad viviendas, mitad bloque de oficinas. Lleno de médicos, abogados y gente dedicada a profesiones liberales. Como nosotros. No sabría muy bien decir porque me dedico a esto. Vendo sexo a cambio de un poco de dinero. Para este trabajo son necesarias tres cualidades: La primera, ser joven. Con más de treinta ya puedes ir pensando en la jubilación. Dos, no fallar nunca. Es decir, estar siempre a punto. Y la tercera, bueno, estar bien dotado. Parece ser que eso a la gente le da mucho morbo. Muchos piensan que este es un oficio degradante. Dicen que preferirían robar, matar o fregar suelos antes que trabajar de putos. Allá ellos. A mi no me va nada mal. También hay quién cree que todos los clientes son viejos, gordos y decrépitos. Yo puedo aseguraros que eso es falso. Suelen ser hombres de mediana edad y también los hay jóvenes y atractivos. Si os soy sincero, creo que debería ser yo el que pagara por estar con alguno de ellos.



Hasta ahora no he tenido problemas con los vecinos. Me cruzo todos los días con médicos, notarios, secretarias o guardias de seguridad pero a la mayoría no he vuelto a verlos. Algunos clientes aprovechan la ocasión de venir a vernos para hacerse un reconocimiento médico o arreglar algún asunto pendiente. (Esto debe ir acompañado de una representación de un hombre de mediana sentado en una camilla y un médico con bata blanca auscultándole)




4 de mayo de 2013

El chico de la silla de ruedas, de Eduardo Nabal Aragón


EL CHICO DE LA SILLA DE RUEDAS
EN EL CORAZÓN DE LOS CHAPEROS ANIDAN MARIPOSAS DISECADAS



Guión teatral  basado en el relato homónimo de Víctor Ablanedo.


Personajes:

Nacho
Iván
Andrés
Madre de Andrés


(Un piso modesto pero coqueto. Un salón amueblado modestamente con una televisión y una biblioteca con un teléfono y un montón de revistas y periódicos desordenados. Dos habitaciones al fondo, dos dormitorios con dos camas grandes. La cocina queda fuera de nuestra vista. Entra Iván, un chico atractivo, tira la gorra sobre los sofás frente al televisor y se dirige al público)

IVAN: Me llamo Iván y trabajo en este edificio. Un edificio elegante, mitad viviendas, mitad bloque de oficinas. Lleno de médicos, abogados y gente dedicada a profesiones liberales. Como nosotros.  No sabría muy bien decir porque  me dedico a esto. Vendo sexo a cambio de un poco de dinero. Para este trabajo son necesarias tres cualidades: La primera, ser joven.  Con más de treinta ya puedes ir pensando en la jubilación. Dos, no fallar nunca. Es decir, estar siempre a punto. Y la tercera, bueno, estar bien dotado. Parece ser que eso a la gente le da mucho morbo.  Muchos piensan que este es un oficio degradante. Dicen que preferirían robar, matar o fregar suelos antes que trabajar de putos. Allá ellos. A mi no me va nada mal. También hay quién cree que todos los clientes son viejos, gordos y decrépitos. Yo puedo aseguraros que eso es falso. Suelen ser hombres de mediana edad y también los hay jóvenes y atractivos. Si os soy sincero, creo que debería ser yo el que pagara por estar con alguno de ellos.

22 de abril de 2013

La ventana enrejada, de Eduardo Nabal Aragón

LA VENTANA ENREJADA



 

Autor: Eduardo Nabal Aragón


 

(Inspirada libremente en el relato homónimo de Klaus Mann y en el filme "Ludwig" de Luchino Visconti, que a su vez están basados en hechos históricos)



 






La libertad la libertad
La libertad es un olvido
En otro cuerpo es un olvido
Es un amor la libertad
Libértame o me muero

Luis Cernuda

 
 
 


Locura, Prisión y Muerte de Luis II de Baviera.


6 de abril de 2013

Al norte del yucón, de Eduardo Nabal Aragón

AL NORTE DEL YUCÓN.

Eduardo Nabal

Pieza teatral basada en un relato original de David Lorenzo Magariño.







 

(El "chamizo" o local donde ensaya un grupo musical juvenil. A la izquierda los instrumentos, sin sus dueños, sobre una tarima, en semipenumbra. Un cartel o una tela negra encima de "la orquesta", en letras blancas, dónde puede leerse "Sin ley" y verse dibujada la imagen de un chico joven tocando la guitarra en posición viril y agresiva. Estos elementos enriquecerían el monólogo pero no son imprescindibles. Si es imprescindible, no obstante, la presencia de un sillón raído a la derecha, sobre el que cae toda la luz, donde se encuentra Vanesa, que está acabando de vestirse. En un extremo del sillón un casco de moto negro, con pegatinas, sin dueño, pero en de aspecto pulcro y recién comprado. En el otro, su bolso, un bolso pequeño y con lentejuelas. Ella, sola en el escenario, se levanta del sillón pesadamente, se atusa un poco el pelo, se ata la blusa y la falda, se ajusta en cinturón. Está cansada y se la ve algo abatida, pero comienza a hablar, alternativamente al público o al casco – sobre todo cuando dialoga, figuradamente, con Jorge, su chico. También puede, en determinadas partes del monólogo pasearse por la orquesta, compuesta por una batería, una guitarra eléctrica, dos baffles y un sintetizador, acariciar o abrirse paso entre los instrumentos -particularmente la guitarra-, pero sin perder de vista ni alejarse mucho ni del sillón y ni del bolso, ni del casco. En la parte final del monólogo se acercará más al público).

 

VANESA: Ya teníamos que vestirnos, porque Ramón y sus amigos llegarían enseguida y no era plan que nos encontran desnudos, o así, a medio vestir, con la ropa desencajada y un preservativo con un nudo del que teníamos que deshacernos. Yo me ofrecí a guardarlo en el bolso (lo señala), porque no era plan, no era plan pasarse de la hora y que Ramón y sus amigos nos vieran a los dos de con estas pintas. Que no somos animales en celo, Jorge, que no. (Pausa)Bastante que nos han dejado el local- decías tú, celoso de tus amigos. Y por eso tenían que saberlo todo, Ramón y sus amigos. Porque si no no nos lo dejan. (Pausa .Vanesa se muestra desafiante pero, progresivamente más dolida y abatida) Pues vaya, y a ellos que hostias les importa lo que hagamos, tú y yo. ¿No eras tú parte del local y de ese grupo musical, los "Sin ley"?. Que sí, que nos lo habían dejado, pero era hora de irse ya. No éramos bestias, no éramos como los osos que yo veía en los documentales de canal plus, no éramos como animales en celo, como esos osos que cazan salmones en los afluentes del Yucón; éramos seres humanos, con sentimientos humanos. Pero ¿Qué importaba ya eso? Había que vestirse, y rápido, yo tenía que guardar en preservativo amarillento en mi bolso, y salir corriendo los dos para no encontrarnos a nadie allí, porque a las ocho empezaría a haber un desfile de miradas lascivas paladeando que había una virgen menos en el mundo, y que tú me habías follado. Eso no era plan, Jorge. (Pausa) Pero tú, que no, que no, y dale, que diez minutos más, que te estoy mamando los pezones. Jorge, joder, vete a la mierda, de haberlo sabido jamás de los jamases habría hecho aquello. Y tú ¿Qué pasa? no es para tanto. Que "yo me había portado" y que si había sido o no había sido un buen polvo, que por qué me quedaba tan callada, ha sido un buen polvo ¿No? Yo ya entonces pensaba en dejarlo, sí Jorge, en cortar contigo y con los "Sin ley" cuando saliéramos zumbados de allí y tú te pusieras los calzoncillos porque yo llevaba ya una hora con las bragas subidas y tu, aquí, sentado, enseñando tu pene flácido, no se a quién, y después aún el "fruto" de la pasión bien guardado, dentro de mi bolso. Y tú, dale, que ¿Por qué me había quedado callada? Y que si ahora resulta que no había sido un buen polvo. Yo era la primera vez que lo hacía, y me hubiera gustado sentir del todo, no sólo a medias, y quedarnos un rato abrazados, sólo un ratito, en tus brazos, un pedacito de ternura, sentirme menos sola. (Pausa; se muestra indecisa, confesional) Pero no te lo podía decir eso yo allí, no podía, como iba a poder, con Ramón y sus amigos asediando ya el local, no se les oía pero yo les sentía llegar como a perros guardianes. No era plan, no era plan, y todo empezó en la motocicleta cuando paramos en la gasolinera a comprar los condones. ¿No habías tenido toda la semana para hacerlo? (Enfadada) Joder, no, no podías haberlo hecho antes y ahorrarme la mirada cómplice, febril, insana que te echó el tío de la gasolinera al pasar el código de barras por el lector láser del paquete de cigarrillos y la caja de condones. Yo entonces, ya había empezado a sentir un crujido en las tripas, como una advertencia maligna, como un signo de decepción en la mirada del tío de la gasolinera. (Se toca el vientre con suavidad, un instante, y retira la mano) Se me habían pasado ya las ganas cuando estábamos aquí y me gritaste: ¡Bájate las bragas! Aunque luego me dieras un beso para arreglarlo. ¡Quítatelas, quítatelas!.