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Por Tony Pichs
Como algo inesperado y misterioso vuelvo a hacer mi segundo viaje a La
Habana con el deseo de encontrarme en uno de mis favoritos lugares cuando vivía en Cuba: la playita de 110. Estuve flotando en una rampa que era antiguamente para desembarco de botes. Dije antiguamente porque en la revolución, que fue la época en que nací y crecí, nunca vi desembarcar ninguna embarcación.
Allí mismo se encontraba el más pequeño de los puentes que salen al agua y
donde, por primera vez, sin querer, alguien me empujó cuando sólo tenía seis
años y me di cuenta que la necesidad de sobrevivir se impone en muchos
momentos. Ese fue uno de esos recuerdos que nunca se olvidan. Nadé. No me ahogué. ¿Cómo lo hice? No podría explicarlo, pero aquí estoy para contarlo.

