La literatura salvadoreña contemporánea, la construcción de las protagonistas femeninas sirve como un espejo crítico para desmontar los discursos oficiales de la posguerra. Al introducir a Horacio Castellanos Moya en esta comparativa, se observa un cambio radical en la perspectiva de clase y tono respecto a las propuestas de Claudia Hernández y Jacinta Escudos.
En las obras de Claudia Hernández, como Roza, tumba, quema, las protagonistas son mujeres anónimas —muchas veces excombatientes o madres de la periferia— que cargan en sus cuerpos el trauma biológico y psicológico del conflicto armado. Hernández retrata a una mujer subalterna que sobrevive en un entorno hostil y deshumanizado, donde la violencia se ha normalizado por completo en la cotidianidad.
Por el contrario, Jacinta Escudos rechaza la figura de la mujer víctima o de la heroína revolucionaria tradicional. En novelas como A-B-Sudario, su protagonista Cayetana es una escritora intelectual, contradictoria y atormentada que se aísla para explorar su propia psique, sus demonios internos y su pasión erótica. La mujer en Escudos no representa una causa social colectiva, sino una profunda y compleja subjetividad existencial posmoderna.
A su vez, Horacio Castellanos Moya adopta una postura completamente satírica y cínica en La diabla en el espejo. Su protagonista, Laura Rivera, es una mujer de la alta burguesía salvadoreña que narra toda la novela a través de un monólogo frenético e hilarante. A diferencia de las mujeres de Hernández (marcadas por la supervivencia) o las de Escudos (centradas en el existencialismo), la protagonista de Castellanos Moya es profundamente clasista, racista y frívola; mediante su chisme e hipocresía, el autor desnuda la corrupción moral y los nexos criminales de las élites tras los acuerdos de paz.
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"Criticar no es morder; es señalar con noble intento el lunar que desvanece la obra de la vida", José Martí.